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Alto, rubio y con el gol en el alma

Ricardo Gareca fue un goleador extraordinario que dejó su marca en todos los equipos en los que jugó. Como DT se ganó el respeto del fútbol argentino y ahora es un héroe peruano

No era fácil para un joven periodista acercarse con un grabador en mano a Ricardo Gareca.

Un goleador extraordinario, algo hosco con la prensa, al menos en ese tiempo de su aparición en la Primera xeneize, en 1978. Debutó un 20 de septiembre de ese año en Rosario, en el Metropolitano que ganaría Quilmes. Boca le ganó a Central uno a cero con gol de Abel Alves en el minuto 88. Boca fue con Carlos Rodríguez; Squeo, Bordón, Hugo Alves y Alonso; Barrera, Victorio Cocco, Abel Alves y Álvarez; Saldaño y Rodríguez. Ricardo Gareca reemplazó a Saldaño a los 20 del segundo tiempo.

Boca repartió ese torneo entre la Copa y el Metro, y Quilmes se lo terminó ganando, justamente en Rosario, en la última fecha, tres a dos ante Central, con zapatazo de Gáspari, el 29 de octubre.

Gareca jugó un par de años en Boca y pasó a Sarmiento de Junín en el 81, justo cuando llegaba Maradona a la Ribera. En su primera etapa en Boca había jugado 15 partidos y convertido tres goles. Explotó en el Verde de Junín. Jugó en ese 81 y en 33 partidos marcó 13 tantos. Alguna de las formaciones del equipo que dirigía Roberto Perfumo fue con López; Lamolla, Peremateu, Bachino, Polo, Aguero, Maletti, Cordero, Iglesias, Gareca y C.López. “Sarmiento cambió mi vida”, dijo Ricardo.

Volvió a Boca para meterla y mucho entre el 81 y el 84; en 114 partidos marcó 62 tantos. Y llegó el momento polémico. El que desató la ira de los hinchas de Boca. Oscar Ruggeri y Ricardo Gareca pasaron a River. Fue el 1° de febrero de 1985. Dentro de un contexto económico nacional desfavorable, sobre todo desde el fin de la tablita de Martínez de Hoz, Boca Juniors entró en una situación económica y financiera muy delicada, que hizo eclosión en 1984. Atraso de varios meses de sueldo y otras carencias significativas llevaron al plantel a tomar medidas drásticas. A comienzos de 1985, los futbolistas hicieron una huelga para que se les reconociera la libertad a los jugadores que se les había vencido el contrato, llevaban dos años sin firmar uno nuevo y con sólo el 20% de aumento anual. A principios de febrero, el gremio consiguió la libertad para los afectados, entre los que se encontraban Ruggeri y Gareca.

Pocos días después llegó la noticia que desató la ira de los hinchas boquenses: ambos habían firmado con River Plate y eran presentados en el Monumental. Olarticoechea y Tapia pasaron a Boca, en un acuerdo entre los clubes para no perjudicar abiertamente a Boca por la libertad del Flaco y el Cabezón. “La idea había sido de Hugo Santilli. El día que nos pusimos la camiseta de River para El Gráfico, yo lo miraba a Oscar, él me miraba a mí y no entendíamos nada. Imaginate el contraste del azul y amarillo al blanco y rojo. ‘Nos van a matar’, decíamos con la mirada”, contaba en el 2009 a la revista.

Y así como Ruggeri ganó todo con River, Gareca jugó poco. Apenas 12 partidos en ese 85 con sólo 4 goles. Llegaría el momento de emigrar. Ya estaba “tocado” por la no convocatoria para México 86, a pesar de haber jugado una buena eliminatoria y conseguir incluso el gol de la clasificación en el Monumental ante Perú, después de una gran jugada de Passarella. América de Cali fue su destino para jugar hasta el 89: hizo 57 goles y ganó dos torneos colombianos. Sufrió las frustraciones de las finales perdidas en la Libertadores ante Argentinos Juniors, River y Peñarol. Falcioni, Willington Ortiz, Cabañas y De Ávila eran algunos de sus compañeros.

Y le llegó el tiempo de “su” Vélez Sarsfield. Daniel Willington, Carlos Bianchi, Pichino Carone y el Gato Marín eran sus ídolos de pibe, cuando junto a su padre seguían por radio y si podían, iban a ver a El Fortín. Cuenta Ricardo que de chico era un buen arquero y hasta casi lo contratan para las inferiores de San Lorenzo para jugar en ese puesto, en Juvencia de Tapiales, partido de La Matanza, el lugar en donde Ricardo nació, el 10 de febrero de 1958.

En Vélez jugó del 89 al 92 y la metió 24 veces. Cuando habla sobre sus técnicos dice: “Yo tuve a los mejores: Menotti, Bilardo, Basile, Veira, Ochoa Uribe, Brindisi, Manera. De todos saqué algo, pero si me apurás y me pedís uno, te digo el Bambino. Es práctico, directo, veía bien la situación, trabajaba lo indispensable”.

El hoy técnico de Perú, amado por la afición incaica, terminó su carrera de jugador en Independiente entre el 93 y 94. En este club marcó 11 goles y fue campeón del Clausura 94.

Disputó en total 456 encuentros y convirtió 174 veces. En la selección jugó 20 e hizo 5.

Su alma fue herida por las muertes de dos amigos del fútbol: el Gallego Vázquez y el Búfalo Funes. Tiene para contar siempre la historia del Rolex que le regaló Diego, a quien considera un gran compañero: “En la gira que hizo Boca por China, en 1982, yo compartía la pieza con Diego. Un día pasé por un negocio y comenté, al pasar: ‘¡Qué lindo reloj!’. Unos días después, para el 10 de febrero, que es mi cumpleaños, me lo regaló. Diego es así. Conmigo fue muy generoso, aunque creo que es generoso con casi todos”, comentó a nuestro amigo Diego Borinski en El Gráfico, 10 años atrás.

Una extensa carrera como técnico. San Martín de Tucumán en el inicio, en 1995 y luego Talleres tres veces, Independiente, Colón, Quilmes, Argentinos Juniors, América de Cali y Santa Fe de Colombia, Universitario de Perú (fue campeón en el 2008), Vélez Sarsfield en donde ganó cuatro títulos, Palmeiras y ahora la selección peruana, a la que llevó a un mundial después de una eternidad.

Fue un ícono en la historia de Talleres y algunos recuerdos sobre su paso en la entidad de Barrio Jardín dicen que uno de sus días más felices fue el ascenso por penales de la “T” ante Belgrano, y que el hincha de Talleres conmemora tres fechas clave: el 5-0 a Belgrano después de 15 años sin ganarle, el ascenso a Primera al vencer a Belgrano por penales y la Copa Conmebol. Y hay un recuerdo especial para el Lute Oste, que marcó el penal decisivo de aquella final y es cuando hace un paralelo con su no convocatoria a México 86: “En ese sentido puedo entender a Bilardo. A mí me pasó con Oste en Talleres: nos dio el ascenso con el último penal y después no lo tuve en cuenta para Primera y respaldé a Astudillo”.

Más o menos así la historia del Flaco Gareca, del Tigre Gareca. Un buen tipo, serio, laburante. Un goleador excepcional. Uno que vivió momentos muy especiales aquí contados a vuelo de pájaro. “Parece que juega en tacos altos”, decía Víctor Brizuela de él.

Parecía altanero. Fue un gran goleador y un buen técnico. Hoy es héroe peruano.



Osvaldo Alfredo Wehbe

TEMAS: futbol futbol
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