Opinión | Argentina | Marcha | Sanitaria

Un panorama que oscila entre la esperanza y la duda

El flujo informativo de los últimos días sobre la marcha de la crisis sanitaria en la Argentina parece orientarse a transmitir de manera más o menos explícita que el final de la pesadilla podría estar cerca. Un mensaje esperanzador que como tal debería ser bienvenido, pero que no alcanza a despejar las sospechas de pecar de exceso de optimismo cuando pasa por alto los reparos que acompañan cada uno de los datos pretendidamente alentadores.

Con la incorporación de noticias como la inminente puesta en marcha de campañas de vacunación contra el Covid-19, la estabilización en el número de contagios y muertes -seguida incluso de una todavía incipiente disminución-, los planes para la temporada de verano en sitios turísticos y el reemplazo del aislamiento por el menos riguroso distanciamiento en la zona del país históricamente más afectada, el flujo informativo de los últimos días sobre la marcha de la crisis sanitaria en la Argentina parece orientarse a transmitir de manera más o menos explícita que el final de la pesadilla podría estar cerca. Se trata de un mensaje esperanzador que como tal debería ser bienvenido, pero que no alcanza a despejar las sospechas de pecar de exceso de optimismo cuando pasa por alto los reparos que acompañan cada uno de los datos pretendidamente alentadores.

La polémica por el anuncio de principios de la semana pasada sobre la compra de millones de dosis de la vacuna Sputnik V, una operación de inmediato atacada con consideraciones ideológicas y posteriormente, hasta con sospechas de involucrar un negociado, debería morigerarse con la aclaración posterior de que también se adquirirá otro producto al cual no le caben las mismas observaciones críticas. La decisión de no apostar todas las fichas al mismo número es un acierto del Gobierno, desde el pragmatismo pero también en lo comunicacional, si se aspira a vencer la resistencia de una parte de la sociedad a este tipo de recurso.

Pero en cualquier caso, y más allá de la confiabilidad de la información sobre estas dos vacunas o sobre otras posibles opciones, los procedimientos científicos para garantizar su seguridad y efectividad no han concluido, ni lo harán en lo inmediato. Incluso después de concretada una aprobación formal que todavía no existe, determinar hasta cuándo se extiende la inmunidad que proveen es imposible, así como examinar posibles efectos adversos a largo plazo, sencillamente porque no ha pasado tiempo suficiente desde la inoculación de los voluntarios que participan de los ensayos.

Por lo demás, resulta inevitable señalar que el relativo “amesetamiento” en los números que reflejan la expansión de la enfermedad no ha impedido que la Argentina continúe creciendo en el penoso ranking de las naciones más afectadas, con un porcentaje de muertos en proporción a la población total que ya ha superado los de Estados Unidos, México y casi todos los países de Europa -salvo España y Bélgica- y se acerca a los de Brasil y Chile. Y no puede descartarse la posibilidad de una “segunda ola” como la que en el hemisferio norte algunos observadores ya definen como peor que la primera: si allí la idea de que lo peor ya había pasado demostró ser ilusoria, sería poco realista no preguntarse si no podría ocurrir lo mismo en el sur.

Sin embargo, las medidas de apertura -y probablemente también los mensajes de aliento en relación con la crisis- no se vinculan tanto con la mejora objetiva en la situación sanitaria, o con la posibilidad de que esté cerca un cierto retorno a la “normalidad”, sino con un nivel de destrucción de la economía imposible de atender con los magros recursos disponibles, además del visible agotamiento psicológico de crecientes sectores de la sociedad. Con o sin una vacuna efectiva en el horizonte, difícilmente pueda haber retorno hacia una estrategia que, para colmo, tampoco salvó las vidas que prometía salvar al altísimo costo que sí pagó con creces una Argentina exhausta.

Lo que se lee ahora