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Frente a una terca e innecesaria importación de billetes

Aun cuando el desborde de la capacidad de impresión de la Casa de Moneda puede explicarse en parte por la necesidad de paliar, entre otras cosas a través de la emisión, las consecuencias sobre la economía y la situación social de las medidas adoptadas para afrontar la pandemia de Covid-19, también parecen reproducirse hoy la necedad y la obstinación con que en el pasado se rehuyó la adopción de soluciones más racionales y menos onerosas al problema.

Una década después de que la capacidad de la Casa de Moneda de proveer de efectivo al mercado se viera desbordada a tal punto que hizo necesaria la importación de billetes desde Brasil, una licitación internacional en marcha da cuenta de la reaparición del mismo cuello de botella que en teoría había sido dejado atrás después de la controvertida estatización de la imprenta Ciccone Calcográfica. Aun cuando el desfase puede explicarse en parte por la necesidad de paliar, entre otras cosas a través de la emisión, las consecuencias sobre la economía y la situación social de las medidas adoptadas para afrontar la pandemia de Covid-19, también parecen reproducirse hoy la necedad y la obstinación con que en el pasado se rehuyó la adopción de soluciones más racionales y menos onerosas al problema.

La convocatoria en curso llama a proveedores de cualquier origen (aunque en la Argentina no hay empresas que puedan asumir la tarea) a elaborar 250 millones de papeles de 500 pesos, de modo que las desbordadas máquinas de la Casa de Moneda, que están trabajando a pleno, puedan concentrarse en los de 1.000. No obstante, también trascendió que existe una negociación directa en marcha para una compra de billetes a Brasil, en el marco del convenio que quedó como legado de la operación anterior. En cualquier caso, será más complicado y más caro que mantener la fabricación en el plano local, tanto por los costos de producción como por las medidas extraordinarias en materia de seguridad.

Lo notable es que, tal como había ocurrido durante las administraciones de Néstor y Cristina Kirchner, se deja de lado la solución más lógica y económica de imprimir billetes de mayor denominación, a pesar de que la propia administración de Alberto Fernández la había contemplado en sus inicios. Inclusive se difundió un modelo de billete de cinco mil pesos, con las imágenes de los médicos Ramón Carrillo, ministro de Salud del gobierno de Juan Domingo Perón, y Cecilia Grierson, primera mujer en ejercer la profesión en la Argentina y precursora en impulsar las reivindicaciones de género; hasta llegó a generarse una incipiente polémica en torno del primero, antes de que el Presidente desestimara la idea.

Los motivos parecen ser los mismos que los subyacentes cuando la decisión la tomaba su actual vicepresidenta, quien hasta ordenó la impresión de billetes nuevos, el que incluye la imagen de Eva Perón y el que reivindica la soberanía sobre las Islas Malvinas, pero los hizo duplicar denominaciones ya existentes. A pesar de los reclamos que incluían, por ejemplo, los problemas para la provisión de los cajeros automáticos, terminaron por prevalecer ideas como la de que imprimir billetes de más valor implicaba un reconocimiento del proceso inflacionario, o la de que en el imaginario popular un mayor número de papeles transmitía la sensación de tener más dinero.

Dado que el billete de mayor denominación hoy equivale a entre ocho y trece dólares -según la cotización que se tome, entre la oficial y la llamada “contado con liqui”-, la conveniencia de sacar a circulación otro de más valor ya era obvia, pero la saturación de la capacidad de imprimir moneda en la Argentina la vuelve poco menos que imprescindible. Es lamentable el empecinamiento en apelar a alternativas cuyas supuestas ventajas son tan ramplonas como incomprobables, y que en términos de política monetaria revelan un infantilismo impropio de un país medianamente serio.