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La autoritaria fascinación por la mordaza

Luego del anuncio y la posterior suspensión de una charla que iba a brindar vía teleconferencia en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires el exjuez y exministro brasileño Sergio Moro, no puede menos que despertar alarma la concreción de lo que no puede sino interpretarse como un acto de censura previa.

A pocos días de su escandaloso alejamiento del gabinete brasileño, en medio de un duro intercambio de acusaciones con el presidente Jair Bolsonaro, el exjuez y ahora exministro Sergio Moro se convirtió en protagonista de una polémica en la Argentina, a partir del anuncio y la posterior suspensión de una charla que iba a brindar vía teleconferencia en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Independientemente de la opinión que se tenga sobre una figura cuya actuación pública resultó decisiva en la historia reciente del mayor país de América Latina, y hoy aparece como víctima paradójica de la compleja situación que contribuyó a generar, no puede menos que despertar alarma la concreción de lo que no puede sino interpretarse como un acto de censura previa.

Con la enérgica arremetida contra la corrupción que llevó adelante como cara más visible del llamado “Lava Jato”, una trama de licitaciones amañadas y sobornos en la obra pública que llevó a la cárcel a numerosos políticos y empresarios de primera línea de su país y tuvo importantes ramificaciones en otras naciones, Moro se transformó en una suerte de héroe de una gran parte de la sociedad brasileña. Pero también pasó a ser villano para otro sector, sobre todo después de que investigaciones centradas en el expresidente Luiz Inácio Lula Da Silva condujeron a una muy discutida condena a prisión posteriormente ratificada en todas las instancias.

Incluso muchos que tenían sobre él una opinión positiva consideraron que rifó su prestigio cuando aceptó ser el ministro de Justicia de Bolsonaro, por dos razones igualmente valederas: porque ya el entonces presidente electo, con su discurso totalitario, racista y misógino, había demostrado sobradamente su potencialidad para erigirse en una amenaza para las instituciones de la democracia, y porque en la práctica su llegada a la primera magistratura había sido facilitada por el propio Moro, al haber impedido por su condena la candidatura de Lula. El hecho de que fuera eyectado del gabinete por oponerse al intento de su jefe de manipular a la policía para evitar que fuera investigado su hijo demostró que su aceptación previa no fue sólo una penosa falta ética sino un grueso error político.

Pero nada de eso justifica la pretensión de colocarle una mordaza, como hicieron numerosos referentes del oficialismo -incluyendo a integrantes del Gobierno, como la ministra Elizabeth Gómez Alcorta- hasta ejercer una presión que la dirigencia de la entidad organizadora de la charla fue incapaz de resistir. Una vez más, se impuso el criterio de que para oponerse a alguien con quien no se coincide no es suficiente discutir o rebatir sus opiniones, sino que hay que impedir que sean escuchadas.

Está claro que a la par que condenan con toda razón los abusos de poder del gobierno del que Moro fue integrante hasta hace poco, en parte de la coalición oficialista anida un germen autoritario no tan distinto del que más toscamente exhibe Bolsonaro. Y que luego del éxito obtenido, seguramente se sentirá envalentonado y estimulado a seguir operando para silenciar las voces de aquellos que no quiere escuchar.