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El año de la peste

Hace exactamente un año se declaró el primer brote de coronavirus. Fue en Wuhan, China. Y desde entonces el mundo cambió. Los efectos sobre la economía, la sociedad y cada una de las personas fueron devastadores

Todo empezó hace exactamente un año. El 31 de diciembre de 2019, según informa la Organización Mundial de la Salud en su sitio web, se notificó por primera vez en Wuhan, China, el primer brote de coronavirus. Desde entonces, todo cambió a un ritmo vertiginoso. Hoy, a 12 meses, 82,5 millones de personas en todo el mundo se han infectado y casi 1.800.000 murieron. En Argentina, que recibió los primeros casos más rápido de lo que se esperaba y debió decretar la cuarentena desde el 20 de marzo, ya se acumulan más de 1.600.000 enfermos reportados y las víctimas fatales superan las 43.000.

El 2020 será recordado como el año del coronavirus, de la pandemia que llegó a cada rincón del planeta. El año de la peste. De una peste para la que la humanidad y la ciencia no tenían respuesta.

Pero en los últimos días, antes de la llegada de 2021, una cantidad importante de países, entre ellos Argentina, comenzaron con la vacunación después de que laboratorios rusos, británicos, chinos y estadounidenses emprendieran una carrera frenética para dar con la fórmula de la inmunización. La competencia no fue sólo médica y científica sino también geopolítica.

El coronavirus cambió el paisaje urbano y el barbijo se convirtió en un elemento cotidiano. El distanciamiento social. El alcohol en gel. El rociado con sanitizante y los termómetros digitales que parecen pistolas amenazantes en las puertas de los supermercados.

Al principio, cuando la cuarentena fue total, las ciudades parecían fantasmas. Apenas un puñado de comercios abiertos para garantizar la subsistencia. En la calle, muy poca gente. De pronto, lo que era multitud se convirtió en desolación y la impresión fue que, de un momento a otro, la realidad se trastocó, mutó y se convirtió en una entidad onírica, más propia de una serie de ciencia ficción que del mundo que conocíamos.

Pero las medidas sanitarias aplicadas para tratar de aplacar al coronavirus, o al menos para achatar la curva de contagios y evitar que el sistema de salud colapsara, tuvieron un rápido, extendido y devastador efecto en todos los planos de la vida pública y privada. La desolación fue mucho más que la imagen de las ciudades vacías. La vida de mucha gente empeoró, quedó al borde del precipicio. Cerraron fábricas, comercios, empresas.

Las estadísticas son catastróficas. Según las mediciones que hace el Indec, el producto interno bruto sufrió una caída interanual del 10,2 por ciento en el tercer trimestre del año. En octubre, último mes relevado, la actividad económica había padecido una baja del 7,4 por ciento. Y la comparación se hace no precisamente con un año bueno, sino con uno como el 2019, que ya arrastraba una profunda caída de la economía y una recesión de dos años.

En términos laborales, se produjo un abismo. Según datos oficiales, en el segundo trimestre del año, cuando la pandemia comenzó a manifestarse en toda su magnitud, se perdieron 3.757.000 puestos de trabajo. Hubo una caída del 18 por ciento en la cantidad de puestos laborales en el país.

Los índices de desocupación también saltaron a niveles de crisis extrema. En el tercer trimestre, el índice arrojó un 11,7 por ciento. En Río Cuarto, la tasa subió casi 8 puntos en un año y se ubicó por encima de la media nacional: 12,2 por ciento.

La profunda caída de la actividad obligó al Estado a intervenir de manera urgente. Las empresas que más sufrieron el impacto del parate económico pudieron pagar los sueldos por el ATP y casi 8 millones de personas accedieron al Ingreso Familiar de Emergencia (IFE).

Aún así, la pobreza alcanzó niveles récord. Hoy, según el informe del Observatorio de la Universidad Católica Argentina, el 44,2 por ciento de los argentinos se encuentran por debajo de la línea de la pobreza. Una de las razones, además de la caída de la actividad, es que los precios siguen teniendo, si bien menos que en 2019, fuertes incrementos.

El 2020 fue un año-terremoto. El año en que todo lo sólido se desvaneció en el aire. Y que puso a prueba a cada uno de los gobiernos. Y también de los individuos.