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El hombre que leía la Historia en la borra oxidada de las medallas

Por Iván Wielikosielek

Acaso suene a magia leer el futuro en la borra del café, como hacían los adivinos de la antigüedad. Sin embargo, no es más fácil leer el pasado en el disco duro de una medalla. Y es que en esa efigie acuñada en relieve, en su diseño y metal, en su inscripción breve como un haiku, suele haber mucha más información implícita que explícita. Si a esto se le suma la relación con las demás piezas del universo, se caerá en la cuenta que estudiar un hecho numismático es algo sumamente complejo. Casi un  modo de profecía.

Y bien, hubo en la ciudad un hombre que consagró su vida a traducir lo que dicen las medallas. Y no sólo eso. El hombre inventó, lisa y llanamente, una ciencia que no existía: “la medallística villamariense”. El hombre se llamaba Carlos Martín, era coleccionista de monedas y en 2001 publicó la primera parte de sus investigaciones; “Villa María en la Medalla”; un libro donde hablaba del arte de desenterrar tesoros de la historia local grabados en metal y fuego. Discos de oro y de plata, de cobre y bronce, que nos hablaban en su lengua. Monedas de pura memoria para que su contabilidad quebrara el debe y haber del olvido. 

Hete aquí sus palabras tomadas de un viejo reportaje que le hice cuando aún trabajaba en el Archivo Histórico de la ciudad.

Palabras de un traductor

 “En el año ´61 hicimos una exposición en el Centro Filatélico y yo mostré, casi como curiosidad, las cuatro medallas villamarienses que tenía. Pero el presidente de la Sociedad Numismática Argentina, José María Gonzáles Conde, vino a la inauguración. Y cuando las vio, me dijo: “Negro, vos tenés que dedicarte a las medallas de tu ciudad, es una colección que te va a dar muchas satisfacciones”. Yo casi lo mando a la... (risas) Y le dije: “José María, no me hacés un gran favor con tu sugerencia, porque cuando tenga 15 medallas las tengo a todas”. Y él me contestó: “No estés tan seguro, Negro. No te olvidés que en esta ciudad hay dos colectividades muy fuertes. También hay trenes, escuelas y una gran obra pública… Seguro que hay mucho más de lo que te imaginás”… 

-¿Y qué hizo?

-Le hice caso… Por ese entonces yo trabajaba para la Junta Nacional de Granos. Y cada viaje que hacía a Buenos Aires me quemaba los viáticos en monedas y medallas. Pero cuando empecé a buscar las locales, me gasté lo que no tenía. Porque como me había dicho mi amigo, las medallas de Villa María empezaron a aparecer. Estaban al fondo de tachos llenos que a nadie le interesaba, perdidas en las casas para coleccionistas de Buenos Aires. Y yo me tomé el trabajo, el deber de ir desenterrándolas de a poco…”

Segunda parte de un catálogo inconcluso

Once años después de la publicación de su libro (dedicado a sus nietos y a la memoria, precisamente, de Gonzáles Conde), don Carlos, como yo le decía siempre, me preguntó si no lo podía ayudar con la segunda parte. Quería volver a fotografiar y describir todas las medallas que había censado más las nuevas que había conseguido, casi otro centenar de piezas, para una edición corregida y aumentada. Pese a que mis tiempos eran bastante apretados, le dije que lo intentaría. Y así, en el crudo invierno del 2012 asistí puntual, dos veces por semana, a su casa de calle Mendoza. Don Carlos (debo decirlo) estaba sensiblemente deteriorado. Su corpulencia apenas si le permitía moverse, le temblaba las manos cuando sostenía una medalla entre el pulgar y el índice y tenía algunas extrañas lagunas en la conversación. Pero cuando hablaba de numismática, su rigor y su memoria eran implacables. 

“Esta pieza es de la Tercera Romería Española de la ciudad. Vamos a describirla. Poné así. Anverso. Abarcando todo el campo, dentro de un círculo de puntos perlados, escudo de España entre guirnaldas  de palma. Adornos de rosetas. Sin gráfila. Borde resaltado. Ahora poné Reverso. Abarcando todo el campo, dentro de dos círculos de puntos entre adornos y en tres líneas, las leyendas: 8 de setiembre 1897. Exterior semicircular superior: 3ra Romería Española. Inferior: Villa María y Villa Nueva, separada en sus extremos por puntos perlados. Adornos de rosetas. Sin gráfila. Borde resaltado. Metal: Bronce dorado. Módulo de 30 milímetros (octogonal punteada). Grabador, no figura”

Así pasaban esas tardes en su estudio, datando con precisión de egiptólogos esas piedras rosetas de la memoria; sólo interrumpidos por su esposa, doña Pocha, que nos invitaba un café para luego seguir hasta las siete, las ocho de la noche. 

Sin embargo por esos días, y como si se tratara de un niño alimentado con el pan de la desgracia, empezó a fermentar en mi imaginación un presagio más bien funesto. Era la sensación inminente de que todo aquello acabaría pronto; de que don Carlos no viviría mucho tiempo más y que toda aquella empresa con la segunda parte de un libro para el cual aún necesitábamos “sponsors” era tan inútil como condenada al fracaso. Que más que trabajar con un experto yo estaba haciendo algo parecido a un “acompañamiento terapéutico” y que, si bien no me molestaba en absoluto, me parecía absurdo. También me angustiaba pensar que con él se iría un conocimiento único de la ciudad y que, a falta de descendientes coleccionistas, era muy probable que ese patrimonio que guardaba celosamente en un escritorio especial, empezara a desperdigarse para siempre. Como las hojas secas tras un viento de otoño.

Antes del fin

Una tarde lo fui a ver y le dije, sin rodeos, que ya no podría seguir. Que el periodismo ya no me permitía esas excursiones a su casa, y que seguramente a mi trabajo podría hacerlo otro. 

Pocas veces vi una cara de resignación más angustiante que la del viejo en aquel día. “Perdóneme, don Carlos, pero no me dan los tiempos”. “No te hagás problemas, querido”, me dijo con su voz cansada. Y detrás de esas palabras había una mezcla de resignación pero también de agradecimiento; como si me dijera “demasiado lo que pudimos hacer juntos. Ya sabía que esto iba a terminar así”.

Y me fui.

Lo volví a ver unos meses después en una megaexposición de filatelia y numismática en la Medioteca. Ese día, tras cubrir el evento, saqué una foto histórica; la última en la que se lo ve a don Carlos junto a “Pocho” Vargas, el fundador del Centro Filatélico, que moriría pocos meses después. Me acuerdo que me dijo “andá a verme un día de estos. No hace falta que vengas a trabajar, es para que charlemos un rato y tomemos un café”. Estaba mucho más flaco y amarillo que en el invierno. Yo le prometí que iría pero no pude cumplir. Pocos días después me contaron que se había descompensado y lo habían internado en Córdoba, para morir tras un cáncer fulminante que lo consumió hasta dejarlo con 40 kilos de peso. También me dijeron que su esposa, doña Pocha, se había mudado a Córdoba y que sus nietos habían venido de la Docta a tomar posesión de su colección.

Una tarde, alguien del Centro Filatélico me contó que en internet empezaron a ofrecerse medallas villamarienses a la venta. 

“Seguro son las del Carlos; porque en Mercado Libre pueden pasar meses sin que aparezca nada de la ciudad. Y de pronto hay diez o veinte. Parece que los nietos le quieren quemar todo... Yo lo compraría, pero piden mucha plata”.

Sin embargo, un día ya no hubo más medallas villamarienses en internet. Y el mismo coleccionista de aquella vez me dijo: “parece que la familia las ha retirado de la venta. Alguien me dijo que el nieto ha decidido guardarse toda la colección”.

Mensaje en una moneda

Esa noticia me alivió. Y pensé que, de alguna manera, ahora don Carlos tenía un continuador. Y que aunque estén lejos de Villa María, aquellas piezas siguen siendo patrimonio de la ciudad. Como las piezas egipcias desparramadas por el mundo. Porque siguen comunicando en un lenguaje críptico datos del pasado a los habitantes del presente; aunque ya no exista el mejor de sus traductores. Aquel hombre corpulento que, como un prestidigitador, podía leer en la borra del óxido y develar el lenguaje del oro y la plata, del cobre y del bronce. Acaso su nieto haya empezado a estudiar aquel idioma; esos jeroglíficos grabados en acero que le hablarán sobre una ciudad de la llanura, y le dirán mejor que nadie quien fue su abuelo. El mensaje secreto que cifró para su nieto, para cuando aprendiera a leer en esos discos que nunca olvidan. 

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