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Hace cincuenta años: la Hora del Pueblo

El 11 de noviembre de 1970, seis partidos suscriben el documento. Por primera vez en la historia firmaban en conjunto el peronismo y el radicalismo. También el Socialismo Argentino, la UCR bloquista de San Juan, el Conservador Popular y el Demócrata Progresista

En 1966, las Fuerzas Armadas derrocaron a las autoridades constitucionales para instalar un gobierno que se autodefinía como Revolución Argentina. En realidad, una dictadura personal del teniente general (RE) Juan C. Onganía. Entre otros dislates, este pretendía resolver la crisis política argentina con el sencillo expediente de negar la política misma. Uno de sus primeros actos fue la disolución de los partidos políticos.

Tres años después, el “Cordobazo” dio por tierra las pretensiones de eternidad de aquella dictadura. Su final fue precipitado. A principios de junio de 1970, luego de una breve crisis militar, los comandantes de las Fuerzas Armadas resolvieron su desplazamiento sin haber resuelto con claridad el rumbo a seguir. Tardaron diez días en encontrarle un sucesor, otro general: Roberto M. Levingston.

El desplazamiento de Onganía había creado en la nación la esperanza de un pronto retorno a la normalidad institucional, pero el presidente Levingston sorprendió anunciando su propósito de “profundizar” la Revolución Argentina.

Entre otras cosas, persistía en mantener la disolución formal de los partidos (que para ese entonces casi nadie tenía en cuenta), a la espera de crear un agrupamiento propio que recogiera los objetivos de la Revolución Argentina. Propósito cada día más irreal y riesgoso en un país en el que habían reaparecido todos los problemas estructurales de su economía y en el que a diario crecía la violencia política.

Los anuncios del presidente aceleraron las conversaciones interpartidarias. Se trataba de exigir el inmediato reconocimiento de los partidos, como la pronta convocatoria comicios libres y sin proscripciones. Se entendía también que eran muchas las cosas que debían cambiar en la Argentina, entre otras, las relaciones entre las distintas fuerzas políticas. También se convocaba a la unión nacional y a la pacificación del país.

No era simple. Las fuerzas mayoritarias, el peronismo y el radicalismo, venían de años de enfrentamientos. Aquello que Tulio Halperín Donghi magistralmente describió como la mutua denegación de legitimidad.

En esto fue central el papel de los líderes, ante todo de Perón y Balbín, que debían comenzar por convencer a sus propias fuerzas de la necesidad de dar estos pasos.

El pasado los separaba con crueldad. Perón había encarcelado a Balbín y éste participado activamente en el derrocamiento del primero. Pero fueron capaces de avanzar en la empresa.

Fue así que el 11 de noviembre de 1970, seis partidos suscriben la Hora del Pueblo. Por primera vez en la historia firmaban un documento conjunto el peronismo y el radicalismo. Lo hicieron también otros cuatro: el Socialismo Argentino, la UCR bloquista de San Juan, el Conservador Popular y el Demócrata Progresista.

Se reclamaba el pronto llamado a elecciones sin proscripciones y se afirmaba la cooperación posterior. “El que gana gobierna y el que pierda ayuda”, se ilustró posteriormente.

Quedaba claro que la unidad nacional no era la disolución de las identidades. Balbín precisa: “La intención está muy lejos de aspirar a la constitución de un frente o acuerdo electoral, es el antifrente, porque todos mantienen sus individualidades partidarias”.

Según el veterano líder, La Hora del Pueblo era “el ‘abuenamiento’ de viejos adversarios políticos para beneficio de las instituciones y la tranquilidad de todos”.

Como suele suceder en la Historia, los resultados fueron relativos, contradictorios. Un primer efecto inmediato fue que, junto con una segunda pueblada cordobesa: el “vivorazo”, la Hora del Pueblo coadyuvó eficazmente al desplazamiento de Levingston, la asunción de Lanusse, el anuncio de la apertura política y el posterior llamado a elecciones.

Pero el hecho es que el documento no siempre fue comprendido y aceptado. Por caso, uno de los más destacados rechazos fue el proveniente de parte de los adherentes supérstites de la Revolución Libertadora, el almirante Rojas, Sánchez Sañudo, etc., que en un documento ampliamente difundido entonces afirmaban: “La crisis era la consecuencia del actuar de fuerzas disociadoras (...) con centro en Moscú, Pekín o Puerta de Hierro”.

Desde el otro extremo del espectro político convergía en el rechazo la izquierda revolucionaria. Frecuentemente negaba en forma explícita cualquier posibilidad de una conciliación política de cualquier tipo: “Ni golpe, ni elección: revolución”, se proclamaba. “Ni votos, ni botas, fusiles y pelotas”, era el canto callejero de las minorías de la izquierda beligerante.

La izquierda peronista solía mirar con desdén este “acuerdo burgués”. Por caso, entre muchas expresiones análogas: en mayo de 1971, varios jerarcas de las organizaciones armadas suscriben algo parecido a una réplica titulada con precisión: “La hora del pueblo en armas” (Cristianismo y Revolución Nº 29. Junio de 1971).

La Hora del Pueblo ayudó entonces a forzar la convocatoria a comicios por parte de la dictadura. Se puede afirmar también que el espíritu de cooperación de las fuerzas políticas sobrevivió posteriormente en la democracia reinstalada en mayo de 1973, como amplia colaboración parlamentaria o como diálogo de los líderes. Pero no todos entendían o comprendían la necesidad de la pacificación nacional. Hubo minorías que rechazaban esa posibilidad. La democracia estuvo asolada por la enloquecida violencia política de las minorías extremistas.

Sin embargo, nos parece que merece rescatarse la idea de los pactos y los acuerdos. Esta historia en realidad ilustra más bien los costos de negarlos. Al fin de cuentas, fueron los hoy tan vilipendiados partidos políticos los que ofrecieron la idea de la paz de los argentinos. Fueron otros los que la rechazaron y condujeron a una generación a una inútil masacre.