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"El crecimiento del agro debe darse por mayor productividad y no por el agregado de valor"

El economista e investigador del Inta, Daniel Lema cuestiona este último concepto y dice que es confuso y vago. Remarca que el campo está en el primer nivel mundial de competitividad pese al contexto.

Rechaza el concepto de agregado de valor y remarca que es necesario reemplazarlo por productividad, porque cree que no siempre es beneficioso sumar procesos. Cuestiona las políticas de promoción “que terminan quitando competitividad a los que se busca beneficiar”. Daniel Lema es economista e investigador del Inta y ayer ofreció una charla junto al presidente de CRA, Jorge Chemes, a través de un zoom que reunió a productores de todo el país. Antes, habló con Tranquera Abierta y amplió las ideas que sacuden una serie de frases que como un eco se escuchan en distintos ámbitos para marcar el camino de la recuperación económica del país.

“Es importante pensar en el crecimiento del sector agroindustrial basado en productividad y no en conceptos difusos o vagos, como el de valor agregado, que muchas veces se usa en forma poco precisa”, comienza marcando un quiebre y un eje vertebral de su argumento.

¿Cómo es eso?

Cuando uno habla de productividad se refiere a la posibilidad de producir la mayor cantidad con el menor uso de recursos. Puede ser producir lo mismo con menos recursos o más con la misma cantidad; eso sería un aumento de productividad. Y el aumento de productividad determina el nivel de bienestar. El aumento de productividad es el equivalente a una reducción de costos; lo que hacemos cuesta cada vez menos en términos de recursos. Por ejemplo, trabajas menos horas o lo que trabajas te rinde más.

¿Y cómo estamos en este momento en productividad?

En términos históricos, por ejemplo, la productividad en Argentina y Estados Unidos en los últimos 60 años, partiendo de una base de 100, nuestro país hoy está en 80 y Estados Unidos en 160.

Fuimos para atrás...

Estábamos iguales y ahora estamos en la mitad que ellos. Eso muestra en buena parte la fuerte caída de ingresos que tuvo Argentina. Nos empobrecimos en todo ese tiempo fruto de la caída de productividad. Cada vez somos menos eficientes. Y puntualmente en los últimos 20 años cayó sistemáticamente.

Pero no todo es lo mismo, no todos los sectores...

Claro. Si miramos al sector agropecuario sigue más o menos la tendencia de Estados Unidos. Es una ganancia de productividad de casi 2% por año. Es un sector muy interesante en la Argentina porque mantuvo una tasa de crecimiento de su productividad dentro de un estándar internacional. Lo que pasa es que el agro es menos del 10% de la economía argentina. Si bien se vincula con transporte, comercio y otro tipo de servicios, cuando medimos productividad lo hacemos enfocados en la actividad primaria. Y todo el resto de la economía, el 90%, fue para atrás. Entonces no alcanza con el sector agropecuario solo. Necesitamos mejorar la productividad de los sectores de servicios, industriales, transporte. Y por eso es muy difícil para un sector agropecuario o agroindustrial en Argentina mejorar en un entorno como este.

¿Por qué es un concepto vago el valor agregado?

Cuando uno habla de valor agregado habla del valor total de la producción menos los insumos intermedios, las materias primas que se usaron. Lo que queda es el pago de salarios, el pago de beneficios empresariales, de rentas, de factores productivos. Y a veces se confunde un producto que tiene más valor agregado con que se lo procesa más. Es decir, con que la harina tiene más valor agregado que el trigo, y el fideo que la harina. Y en realidad no, es un producto con más procesamiento, pero no necesariamente tiene más valor agregado. Y en última instancia el valor final de los productos es un indicador bastante pobre; no necesariamente es mejor exportar fideos que trigo. Lo que sí sabemos es que las actividades se realizan en la medida en que arrojan beneficios, esa es la métrica relevante. Por eso critico las políticas que inducen a agregar valor o promover el procesamiento de manera artificial, lo que implica exenciones impositivas, promoción con subsidios, regímenes especiales, aún cuando sea el sector agroindustrial.

¿Por ejemplo?

Los ejemplos clásicos son las promociones para procesar harina y aceite; de la exportación de harina de trigo. Se hicieron aplicando retenciones de 20% al trigo y 10% o 15% para harina; o 30% para porotos de soja y 27% para harina y aceite y 5% para biodiesel. Y eso distorsiona mucho los precios relativos y la inversión en el sector. Y generan básicamente transferencia de recursos de un subsector a otro, pero no promueven la eficiencia y el aumento de la productividad.

¿Y esas políticas tienen que ver con la pérdida de competitividad general de la economía?

Cuando uno ve la historia en término de políticas, se ve una tendencia a la promoción de actividades. En principio la industria pesada, la automotriz, la metalmecánica. Y terminó siendo un fracaso estrepitoso porque dado que estaban protegidas no mejoraron productividad y en ningún momento pasó lo que prometieron. Ganar productividad al 2% anual como hace el agro, mirando día a día cómo seguir mejorando y ves que de un plumazo un funcionario te mueve un impuesto y te cambia el 10 o 15 por ciento de rentabilidad genera una serie de incentivos en sentido contrario. ¿Para qué esforzarme en mejorar en cada detalle? Mejor hago lobby con mi cámara y me consigo una resolución que me haga ganar 10% de una vez. La promoción puede ocurrir alguna vez en algún sector. El problema es cuando se generaliza, cuando la gente se deja de preocupar en innovar y mejorar y sólo se preocupa por hacer lobby en los pasillos de algún ministerio. Porque eso es insostenible. Pienso que también hubiese sido negativo si se cambiaba el destino de la promoción, en lugar de la metalmecánica o la automotriz, se enfocaba en el campo porque tiene ventajas. Que tiene ventaja es cierto, pero no que si lo hubiésemos elegido nos hubiese ido mejor. Porque lo que genera la política es un esquema de incentivos que te lleva a la derrota.

Pero en todo caso al campo se lo desincentiva o se lo despromociona...

Si uno quiere encontrar imposiciones al sector agropecuario y transferencias de rentas entre sectores como en Argentina, el ejemplo es África entre los años ‘60 y ‘90, en el proceso de descolonización. Por eso no hay que ver los espejitos de colores, de que todo el mundo aplica estas políticas; cuidado con cosas que terminan mal.

¿Y por qué el campo logró mantener su competitividad pese al contexto?

El primer punto es porque está sometido a más competencia. Siempre estuvo conectado al mercado internacional, y el hecho de estar en medio de un clima hostil lo hizo muy eficiente para producir. Hasta los ‘90 estaba muy enfocado en reducir costos, menos fertilizantes, agroquímicos, porque los insumos eran muy altos. Era muy eficiente porque le sacaba el jugo a las piedras. Hasta el año ‘90-’91 se usaban 200 mil toneladas de fertilizantes en Argentina y en 10 años se multiplicó por 10 por el menor costo. Entonces, no se usaban porque costaban 4 veces más que en el resto del mundo.

Y mucha tecnología...

Claro, la tecnología fue muy importante y los productores son ávidos de incorporar. Y además hay una transmisión de conocimiento muy importante que podemos identificar a través de los grupos Crea o de Aapresid, cosa que no ocurre en otras actividades. En el campo lo que se sabe se comparte.

Hoy hay muchos sectores que intentan agregar valor pero están en crisis por las subas de materias primas, a contrapelo de lo que se intenta promover desde el sector y el Gobierno...

Agregar valor se trata de encontrar un nuevo negocio o un nuevo producto y para eso es clave la rentabilidad, o el retorno marginal. Y ahí tenemos enormes distorsiones impositivas. Por eso vuelvo a insistir en que no se arregla con una promoción específica, sino que hay una cuestión general de imposición de impuestos, que es horizontal a todas las actividades, que genera un enorme desincentivo a la inversión y que pequeños movimientos de precios deja fuera de mercado a muchos porque estos niveles de imposición son insostenibles. Si uno piensa en una política para el sector agropecuario o agroindustrial, no debe ser una política puntual, sino horizontal. Todos los impuestos tienen que repensarse y reducirse, desde los derechos de exportación hasta los Ingresos Brutos de las provincias. Y no sólo para el agro, sino para la industria, el trabajo. Porque eso tira para atrás la productividad del 90% de la economía argentina. Es un problema general de la economía que no se arregla con una política sectorial. Y la contracara de los impuestos es el gasto público. Pensemos que el Gobierno de Cambiemos bajó retenciones pero sin tocar el gasto y finalmente no lo pudo sostener y volvió a aplicarlas. No puede verse solo una parte.