Arquitectura | jardines | jardín | Trabajo

El jardín, un reflejo de la memoria

Por ing. agr. Ana Lund Petersen

Éramos niños. Jugábamos en los jardines familiares que eran como selvas y todo, visto desde aquella altura, era enorme.

Un día crecés y te volvés a encontrar con el “gigante” árbol del fondo, fuente de innumerables aventuras, y te das cuenta de que en realidad no era tan enorme sino más bien bajo. Y claro, con mente adulta razonás que ningún progenitor nos dejaría subir hasta la cúspide de una mole vegetal. Pero en el tiempo en que lo trepábamos era cima, barco, refugio y vida.

En esos jardines nos vinculamos con la naturaleza, custodiados por los muros y por las miradas de las madres y abuelas que, en ronda, mateaban y hablaban de críos y plantas. Siempre tejían o cosían, porque siempre tenían que estar haciendo alguna cosa.

Cuando salíamos de la casa de mi abuela Pola, mamá llevaba las palmas colmadas de gajos, con alguna planta nueva que aún no tenía en su jardín.

Así, se fueron construyendo esos paisajes, entre intercambios y con el trabajo dedicado de las manos que lo cultivaban. Así se formó en mí la idea de cómo ser jardinero que me acompaña hasta hoy. Hacer jardinería es compartir, meter la mano en la tierra.

image.png

Ese compartir que fue intuitivo cuando empecé a trabajar hoy es la base de mi trabajo. Siempre me costó la idea de hacer un diseño en el que me involucro por un rato con el cliente, construyo y me voy. Le falta el acompañamiento que un espacio necesita. Ese ver crecer las plantas, charlar sobre ellas, analizar cómo se están desarrollando, si les vendría bien algo más, algo menos. Y también está el vínculo afectivo con las plantas que tengo en casa.

Para mí, tener en el jardín una planta que viene de otro es invalorable. Siempre me acuerdo del origen de mis plantas. Los paisajes me evocan conscientemente imágenes de otros jardines. Sensaciones. Memorias.

Así tengo las clivias, que son hijas de las que había en el jardín de la tía abuela de mi papá. O los puerros ornamentales y lavandas que me regaló Mirta, diestra jardinera pampeana. Los lirios de “Chiquita”, otra pampeana a la que le brotan las plantas en las manos. Los Verbascum que me trajo un día Vero del campo, los Hemerocallis de Laura, los agapantos de Ros, miles de cactus de Ceci. Es interminable la lista.

Con mis hermanas y primas seguimos en la costumbre de tomar mate y charlar de críos y plantas o, por las cosas de la vida, termina siendo más virtual.

Pero los jardines están siempre en nuestras charlas por WhatsApp. La velocidad de la vida ya no nos da el lugar para sentarnos en la sombra de ese árbol a verlos trepar, pero cada vez que nos vemos hacemos ese tráfico de plantas y saberes.

image.png

Hoy cohabitan en el jardín que hago miles de plantas-afectos y muchas nativas que van haciendo camino para volver a su lugar original.

Yo no nací en estos lares, pero me reconozco en cada pasto, piedra y árbol. Las sierras de Córdoba brotan en mi sangre y me albergan. Sus olores, colores y formas me enamoran y sorprenden.

El monte seco del espinal en el que vivimos me llena de adrenalina. Esas emociones que puedo reconocer y observar son las que quiero sentir en mi jardín y convertir mi entorno en refugio, no sólo de mi familia, sino también de todas esas plantas con las que me siento profundamente vinculada.

“Los jardines son cultura”

Los jardines son cultura, esa que se construye de la mano y trabajo de sus habitantes. Son alimento, hogar, pasado y futuro. Por eso mismo me tomo el trabajo en pensar los espacios. El que habito es obviamente el que más pienso y transformo, pero aquellos que asesoro y visito no dejan de estar así en mi conciencia.

El entorno que vivimos a diario nos define tanto como nosotros lo definimos a él, por eso estaba presente en las reuniones de madres criadoras.

Transformar sus jardines nos transformaba a todos.

Por ing. agr. Ana Lund Petersen

analundpetersen@gmail.com

Instagram: @Ana Lund Petersen

cel. (0358) 154 128 713