Opinión | jorge-f_-legarda |

Éramos pocos y aparecieron los anarquistas

Es una pena que Simón Radowitzky, el adolescente ucraniano que en 1909 le arrojó al comisario Ramón Falcón la bomba que lo envió al mausoleo de la Recoleta de cuya existencia nos desayunamos esta semana, no haya integrado –supone uno­– las legiones de criaturas que transitan por esta vida convencidos de que existe otra mejor en otra parte, a donde se dirigirá su alma inmortal una vez llegada la hora dispuesta por el Creador. Al menos, uno asume eso, porque el desconocimiento de la legitimidad de todo poder o autoridad que define a un anarquista como Dios manda –es un decir, ustedes me entienden– no puede menos que extenderse a los poderes sobrenaturales y las autoridades divinas. Es una pena, decíamos, porque dado ese presunto escepticismo no podemos imaginarnos a Simón sonriendo satisfecho y orgulloso frente a su legado, la prole ideológica y espiritual que le ha rendido tributo en el aniversario del acto más significativo de una existencia dedicada a la lucha contra la opresión, reproduciéndolo al pie de la letra. Con pequeños ajustes para adaptarlo a los tiempos que corren, se entiende. Antes, parir un mundo nuevo a bombazos pasaba por hacer volar íconos de la represión institucional, pagando con un cuarto de siglo en una prisión gélida y remota; ahora pasa por sacarse una selfi al lado de un caño durante una profanación de tumba en grado de tentativa, al costo de tres dedos, media cara y un amplio despliegue de la Pato Bullrich para convencernos de lo peligrosos que son. Pensar que uno, pobre ignorante, nunca había entendido bien aquella frase de Marx según la cual la historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa. Gracias por habernos desasnado, jóvenes baluartes del anarquismo argentino.

En cualquier caso, en cuestión de horas nos olvidamos de lo ofendidos que estábamos con los ingleses por un informe del Foreign Office según el cual en la Argentina podía haber actos terroristas durante la cumbre del G20 de fin de mes. Después de todo, es comprensible: como son países donde de tanto en tanto aparece algún islamista, algún neonazi o algún vegano estricto con problemas para controlar su enojo, y les arma un desastre, piensan que acá puede pasar lo mismo: no saben que nosotros tenemos a la Pato, con estrategias tan formidables como sugerir a los porteños que aprovechen el feriado dispuesto ad hoc para rajarse (parece que lo de andar armados ya no va), y si hace falta, al milico Aguad (que gracias al hallazgo del submarino acaba de ratificar que desde la partida de Aranguren ya es imbatible como figura más carismática del gabinete). Con la aparición de estos sofisticados intelectuales de la violencia, el enojo porque pusieron en duda nuestra aptitud para conjurar cualquier intentona terrorista (como si aquí el terrorismo internacional hubiera hecho alguna vez algo importante, faltaba más) abrió paso a un estado de alerta y movilización febril. Es cierto que en este mundo interconectado de hoy los peligros se potencian: cualquiera puede armar una bomba con un tutorial de Internet. Les estaría faltando aprender a hacerla explotar, como al sagaz terrorista que aterrorizó el patio de Bonadio –a quien apenas se le escapó ese detalle, y el de avivarse de que en el domicilio del juez federal que lleva las causas más pesadas de la Argentina capaz, a lo mejor, no sé qué te parece, por ahí se les ocurría poner algún policía de custodia–, o a que no explote cuando ella quiere; pero qué vamos a hacer, son bombas anarquistas, no reconocen la autoridad de los genios que las armaron y terminan por hacer lo que se les canta.

En cualquier caso, no hay que alarmarse: como con la economía, estamos haciendo lo que hay que hacer. El terrorismo es un enemigo artero y taimado, qué duda cabe, pero a través de un trabajo de inteligencia prolijo y concienzudo será posible neutralizarlo. Miremos si no a estos dos militantes del Hezbollah, descubiertos a pesar de haber estado operando en las sombras con un temible arsenal que no incluirá devastadoras bombas como las de los anarquistas, pero sí escopetas y revólveres de probada eficacia, tanto que algunos vienen usándose para cazar palomas desde el año 1909 –¡el mismo año en que volaron a Falcón! ¿Coincidencia? ¡Naaaahhh!– Y otros están como nuevos, salvo por algún rastro de óxido, desde su fabricación en los años ‘50. También dicen que habría e-mails y mensajes de Whatsapp comprometedores. Es que las mismas redes informáticas que te enseñan a fabricar bombas también te mandan al frente cuando con la inocente intención de dejar registrado algún momento histórico memorable –como la chica anarquista que sigue con respiración asistida por haberse querido sacar una selfi, ponele, o como esos muchachos escrachados esta misma semana por haberse tomado un día de solaz y esparcimiento sin abrumar a sus esposas con detalles acerca de cómo y con quién lo hacían– te desayunás con que la tecnología también tiene contraindicaciones para los que son medio chambones al usarla.

De eso puede dar fe el primer peligroso terrorista detenido en la semana, en un incidente ideal como para desestimar las preocupaciones de los ingleses. Porque en qué puede afectar la seguridad de una cumbre a la que asisten los principales líderes de todo el planeta una interferencia en las comunicaciones de un aeropuerto que como mucho podría haber hecho chocar un par de aviones en el despegue. Tampoco es para tanto, no es como si se hubieran metido a dar instrucciones haciéndose pasar por controladores aéreos para rescatar a un narcotraficante extraditado como en “Duro de matar II”, el tipo simplemente estaba boludeando y quiso mandar un saludo, se le podría haber ocurrido a cualquiera de nosotros con un handy en la mano y un poco de tiempo libre. Aunque para algunos lo terrorífico es justamente eso: porque las verdaderas amenazas que nos rodean –las amenazas como Dios manda, diríamos– no provienen exactamente de la maquinación perversa de una mente criminal sino del bienintencionado boludeo de ese niño que todos llevamos adentro, provisto de un juguete tan poco apto para su edad como el caño de la Recoleta. Y de esa no nos salva ni Bruce Willis haciendo de John McClane.

Y volviendo a aquella especulación del principio, ya que no podemos imaginarnos qué estaría sintiendo el fantasma de Radowitzky porque Radowitzky no creía en fantasmas, nos preguntamos lo mismo del comisario Falcón, de quien, en cambio, sí descontamos que vivió convencido de ser portador de un alma inmortal. A él podemos, entonces, vislumbrarlo en la otra vida, esa vida eterna que supo ganarse con su paso digno y provechoso por este valle de lágrimas. Y lo imaginamos codo con codo con su amigo y compadre Satanás, cagándose de risa.

Jorge F. Legarda.

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