Opinión | Juan Manuel Llamosas | Coronavirus | Río Cuarto

Histórica hasta en la apatía

La elección marcó hitos pero su excepcionalidad no despertó interés. La mitad de la gente prefirió no votar. Un mensaje para la política. Llamosas, reelecto, pero con la necesidad de reinventarse

Juan Manuel Llamosas se convirtió anoche, en un contexto excepcional e inédito por la pandemia de coronavirus, en el primer intendente peronista que obtiene la reelección en Río Cuarto. Consiguió así un triunfo histórico pero no sin antes pasar por un proceso tortuoso, desgastante, que lo privó de aquel resultado abultado y cómodo que le vaticinaban las encuestas si la elección se hubiera hecho en marzo.

Las reelecciones para el peronismo riocuartense son una especie de karma, un evento que si no se escapa se transforma en una experiencia límite como la que acaba de concluir ayer.

Llamosas arrancó la campaña, en el ya lejano febrero de este año, con la certeza de que ni siquiera iba a despeinarse. La intención de voto le sonreía y al frente tenía a una fuerza política y a un candidato que no acertaban ni con el discurso ni con la acción. Gabriel Abrile era por entonces un postulante que tenía como principal desafío no tanto convencer como hacerse conocer, un escalón previo y siempre difícil de enfrentar para un político.

Pero, entonces, llegó la pandemia y la zona de confort desapareció para poner a prueba a un gobierno que se vio obligado a actuar bajo una presión que nunca había tenido ni se había imaginado. En un puñado de meses, como esas historias en las que el tiempo se condensa, un gabinete pensado para la normalidad se vio sometido a la excepcionalidad. Y sufrió el desgaste que han padecido todos los oficialismos por la cuarentena y las restricciones pero, cuando la ciudad abandonó sus 100 días sin casos y se internó en uno de los peores brotes de la provincia, tuvo un período en el que los acontecimientos lo sobrepasaron. Y le llovieron los reproches que nunca había sufrido: su capacidad para gestionar la crisis quedó en entredicho. La relación con un segmento de la clase media entonces pareció quebrarse, algo que en parte se reflejó ayer en los votos del centro.

La caída de la imagen llegó a tal punto que si la elección se hubiese hecho en la segunda fecha prevista, el 27 de septiembre, probablemente Llamosas habría perdido. Las encuestas encargadas entonces por el oficialismo pusieron al intendente por primera vez abajo de su rival radical, que emparejaba la competencia no por una escalada propia, sino por la caída del PJ.

Abrile se topó con una posibilidad: la de volverse competitivo. Y entonces los aportantes que no había tenido aparecieron. Pero, más allá del despliegue mediático, tampoco, como había ocurrido en marzo, consiguió hilvanar un discurso atractivo, que generara expectativa. En un mundo en el que casi todos los oficialismos perdieron, Juntos por el Cambio permitió una excepción, y fue por sus limitaciones. El candidato aparecía en los spots diciendo que para ser intendente hacen falta tres virtudes: liderazgo, un equipo y un plan. Y de su campaña no se desprendía la existencia de ninguna de esas tres cualidades.

Terminó la campaña declamando una escala de valores que se encargó de negar en los hechos. Denunció un complot inexistente de la Universidad para silenciarlo, lanzó dudas sobre la transparencia de la elección y sobre una Junta Electoral conformada por exjueces de reconocida trayectoria y coronó la campaña con una flagrante violación de la veda electoral, cuando publicó el sábado a la noche, horas antes de que empezara la votación, spots en los que Horacio Rodríguez Larreta, jefe de Gobierno porteño, el senador Martín Lousteau, y el neurocirujano Facundo Manes pedían el voto de los riocuartenses.

“Vengo a traer valores a la política”, solía decir Abrile. La trampa a minutos de la campanada no parece ser precisamente una práctica superadora.

La elección de ayer fue histórica en varios aspectos. No sólo por la primera reelección de un peronista, o por el inédito contexto de pandemia, sino también porque la participación popular fue la más baja desde que Río Cuarto decidió votar separada del resto y reafirmar su autonomía. Según los datos oficiales, sufragaron 67.949 riocuartenses, un 49,9 por ciento de los que estaban habilitados.

Es verdad que se trató de una elección sumamente particular, atravesada por la pandemia y que en un sector de la población debe haber influido el temor al contagio. Pero sería reduccionista culpar al Covid por la falta de entusiasmo de gran parte de la población. Porque esa misma gente es la que colma el río, llena los bares, va a comer a casa de sus amigos, sale de paseo, de compras y se hizo una escapadita a las sierras del domingo anterior. Por alguna razón particular, referida al proceso político, los riocuartenses prefirieron ayer disfrutar tranquilos del asadito antes que tomarse la molestia de ir a votar en unas escuelas que estaban desiertas.

Y ahí deberá haber una autocrítica no de una sino de las ocho fuerzas políticas en general, que protagonizaron una campaña que jamás tomó vuelo, que no despertó entusiasmo ni expectativa. Si cincuenta de cada cien riocuartenses no fueron a votar, a elegir al gobierno que tendrán a mano hasta el 2024, es porque no interpretaron la elección como una instancia que podía contribuir a mejorarles la vida. A media ciudad no pareció importarle la historia sino más el presente y el futuro inmediato.

Es verdad que Llamosas se convirtió anoche en un intendente que consigue un hito: ser un peronista reelecto. Y que ganó porque protagonizó una recuperación en el plano político y gubernamental. Pero también es cierto que no surgió de la elección la imagen de una ciudad entusiasmada. Además, la diferencia fue inferior a los 6 puntos. El intendente está obligado a reconfigurar su gestión, a reimpulsarla para tratar, por un lado, de que el peronismo tenga un proyecto de poder y, por el otro, para forjarse él mismo un futuro político que lo impulse hacia arriba. Algo de eso explica el inmediato cambio de gabinete y de estructura de gobierno que anunció anoche, en medio del fragor de los festejos.

La campaña se enfocó en la municipalización. Y, en ese sentido, Llamosas es dueño de su propio triunfo. Pero anoche, a la hora de los festejos, un socio permanente como la Provincia, y uno más reciente, la Nación, también capitalizaron una victoria que, en pandemia, tiene la función de exprimir al máximo su rédito político y repartirlo entre tres.

Ese palco que se vio en Estudiantes, con el peronismo cordobés y el kirchnerismo levantando los brazos podría ser sólo el principio. Tal vez esa unidad no empiece y termine en Río Cuarto sino que se extienda el año que viene, cuando se vote para legisladores nacionales, al ámbito provincial. La ciudad, en ese sentido, podría haber sido una prueba piloto.

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