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La Premier fútbol

Tengo la sensación de que por estos días del año nuevo, de este 2019, el humano de otro mundo se habrá detenido a mirar, a observar, a distinguir. Y, haciendo un licuado de cada cosa: juego, organización, hinchadas, arbitrajes y demás, volverá con un informe que diga: "Es todo bello, es loco, es difícil de entender, hay trampas, hay violencia, pero, sin ser la perfección, ese juego lindo al que me mandaron ver vive en un país que se llama Inglaterra". Por Osvaldo Alfredo Wehbe

Después de tantos años de trabajar cerca del fútbol, me pregunto, como seguramente lo haría cualquier hincha común, qué hubiera sido de nuestras vidas sin este hermoso juego. Y también se puede asegurar que esa belleza, ese gusto, esa manera de disfrutar de un espectáculo maravilloso fue trocando con el tiempo en un exceso pasional acompañando a un negocio que desde hace unas cuantas décadas es de los más provechosos para quienes lo organizan, rodeados de soportes económicamente fastuosos y atravesando mares y montañas para instalarse en lugares en donde jamás pensábamos, muchos años atrás, se podría llenar un estadio para ver "nuestro" fútbol.

Es así. Las competencias internacionales mueven, desde la Fifa, millones de las monedas más encumbradas y ya nada hará retroceder a un lucro incesante que no tiene fronteras. Jugadores, clubes, técnicos, referís y público en general son motivo de atención cada día para agregarle al juego algo que tecnológicamente lo mejore (no lo creo así) pero que además signifique inversiones al por mayor.

Estadios majestuosos, fiestas llenas de opulencia hasta para un sorteo de campeonato y así. Es así. Nada cambiará el rumbo. Uno cree que la riqueza que genera el fútbol no parará jamás de dar huevos de oro. Desde la irrupción de la televisión, el crecimiento es ininterrumpido mirando cuentas bancarias y demás. 

Ahora, ¿creció el juego también? Depende de los gustos, de los tiempos, de las maneras a las cuales se siga un partido. La pasión se elevó para bien en muchos lugares y en otros, como en Argentina, los límites del fanatismo se superan día a día, la intolerancia a un mal resultado es tremenda y pareciera que se sufre más de lo que se disfruta un cotejo.

Imaginemos que aparece un ser de otro planeta que jamás vio fútbol. Va de cancha en cancha por el mundo. 

Desde las más modestas a una Copa del Mundo o una Champions, un torneo de AFA o un campeonato en EE.UU. (donde el soccer se ha instalado sin llegar al nivel de popularidad de otros deportes).

Sabemos que a ese ser le dijeron: "Vaya a ver el juego más lindo que hay". Y el tipo anda por ahí viendo. Será difícil que no se enganche con el color y la pasión, con el amor con el cual los integrantes de un equipo de barrio llegan a la canchita a jugar cada sábado de la vida, con el grito de gol ante una tribuna de miles de habitantes, hasta la corrida loca hacia las ligustrinas, del tipo que le metió un gol al rival de un partido por el asado o de una Liga de lo que se denomina "fútbol libre". Y no habrá mejor nombre para esos torneos: allí los que juegan, más allá de las locuras nuestras de cada día, son libres.

Tengo la sensación de que por estos días del año nuevo, de este 2019 (un número que se me hace colosal), el humano de otro mundo se habrá detenido a mirar, a observar, a distinguir. Y, haciendo un licuado de cada cosa: juego, organización, hinchadas, arbitrajes y demás, volverá con un informe que diga: "Es todo bello, es loco, es difícil de entender, hay trampas, hay violencia, pero, sin ser la perfección, ese juego lindo al que me mandaron ver vive en un país que se llama Inglaterra".

Y ante la prensa marciana o del lugar desde donde haya venido, el tipo se explayará sobre el Manchester City de Guardiola y el Liverpool de Klopp, del Tottenham de Pochettino y del Chelsea de Sarri, del Arsenal en transición de Emery y hasta del United de Solskjær. 

La Premier es fantástica. El partido que jugaron el City y el Liverpool lo fue. Y así en cada choque, aun los del ascenso, en el que juega un durísimo campeonato el Leeds de Bielsa.

A veces es políticamente incorrecto referirse a los británicos con adjetivos laudatorios. Pero lo que les corresponde hay que dárselos. En música, cine y fútbol son de lo mejor.

Por ello no creo inadecuado recomendar al que pueda, el que tenga cable, el que tenga ganas de sentarse a ver FÚTBOL, que siga el torneo inglés.

Seduce la Bundesliga con el Dortmund, España con Messi y los suyos, Italia con la Juve de Ronaldo y Dybala y Francia con el siempre ganador (aburre ya) PSG. 

Pero a la Premier no hay con qué darle. Lo nuestro siempre será apetecible para cualquier extraño que venga de otro mundo. Imaginen su mirada ante un Belgrano-Talleres con ambas hinchadas. El color de las tribunas brasileñas tiene lo suyo, las enormes banderolas del Fla, el Flu y demás son pensadas para el color de una selva amazónica y llena de sonidos y pigmentos. El consumo de las fanaticadas colombianas y mexicanas lo llevarán a pedir la mejor cerveza y los snacks más picantes. En fin. 

Hay de todo en este gran negocio que no parará jamás. Con apuestas, con TV por cable, encuentros recodificados, con Alberdi-Municipal o Alemania-Francia, con postes que son montículos de ropa y otros con sensores que determinan si la pelota entró o no, con buenos Bares en los alrededores y, para mi gusto, insoportables VARES en una cabina anexa y con todo lo que se sufre más que lo que se disfruta.

Con todo eso, un buen Manchester City-Liverpool paga el amor por el juego.

Y aunque nosotros, los hinchas del equipo de la tierra de Los Beatles, hayamos perdido, uno apaga la tele pensando que si le tuviera que mostrar fútbol a un extraterrestre lo haría a través de la Premier. Por estos tiempos, lo más parecido a los que nos acercó a la redonda.

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