Río Cuarto | Netflix | Filloy | Ciencias de la Comunicación

El aislamiento forzoso entre la ola de noticias, Netflix y classroom

¿Cómo es la convivencia a tiempo completo puertas adentro? El bombardeo informativo, largas maratones de series y clases virtuales. El aislamiento es visto por los jóvenes como un momento de tedio pero también una oportunidad para la introspección

La postal es apocalíptica. Un policía estaciona el patrullero al borde del puente Filloy y detrás de una barandilla que impide el paso a coches y peatones se planta en el medio de la calle para no dejar dudas: por aquí no pasa nadie.

El silencio de la ciudad es tan abrumador que si se afina el oído tal vez se escuche el paso del lecho sucio y agónico como meada de perro, diría el inmenso escritor que le prestó nombre al puente.

Nadie por aquí y nadie por allá. Los riocuartenses velan sus armas puertas adentro, bien guardados y celosos de la amenaza invisible que acecha en el picaporte de la puerta del shopping, en un carrito de compras, o en el pasamanos del colectivo que repite el recorrido de memoria, con las butacas vacías.

La foto desacostumbrada se replica en cada ciudad y en cada pueblo del sur cordobés. Así lo pintan los relatos que acompañan a estas páginas.

Es el combate de los nadies. El momento en que las mujeres y los hombres anónimos somos piezas clave de la misma estrategia.

Así lo ven y así lo sienten, por ejemplo, los estudiantes de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Río Cuarto que en esta cuarentena se vieron obligados a reconfigurar hábitos y pertrecharse solos o en familia hasta que escampe.

La convivencia forzosa 24 horas al día, fuente de roces pero también de reencuentros; las maratones de Netflix; las clases virtuales y sobre todo el momento para la introspección les dan forma a estos relatos de cuarentena.

A esta sensación ya la conozco

(Iñaki Frías)

Día trece de cuarentena obligatoria. ¿Trece? Creo, o bien pueden ser doce o catorce. Esta sensación la conozco, pero de ¿dónde? Ya las fechas han quedado abstractas.

“Pasando Semana Santa se levantará la cuarentena”, prometió el Presidente. La semana de resurrección de Cristo bien podría ser análoga de la semana en que podríamos volver a salir del encierro que nos abruma. ¿Podríamos? ¿Resurrección? ¿Es para tanto?

Comodidades tengo. Somos cinco, cuatro humanos y una perra. La casa es grande. Tengo un espacio, algo que en estos tiempos se hace más codiciado que nunca, un patio. Sin embargo, a mis 25 años, no esperé nunca vivir esta situación de película. Dos meses atrás, estaba de vacaciones y escuchaba hablar de un tal coronavirus que hacia estragos en China, por eso los chinos construían un hospital en tiempo récord.

Era lejano.

De un momento para otro, casi sin darme cuenta, estaba acá. Cuarentena obligatoria. Encierro, la única salvación. Había que aprender a vivir de nuevo.

Dejo el celular, inmediatamente lo vuelvo a agarrar. Me genera tanta dependencia ese aparato. La rutina ha cambiado. Los horarios han mutado. Se come tarde. Se duerme tarde. Esta sensación la conozco.

Ninguno de la familia está exento de la prohibición. Hay roces. Preocupa la economía, pero más la salud. Mi papá tose, ¿lo tendrá?... Paranoia.

Primer caso en Río Cuarto de coronavirus. Llegó. A cuidarse más. El Presidente habla por televisión. Lleva tranquilidad. Se me viene a la mente qué sería de nosotros con el anterior presidente. Sin Ministerio de Salud. Me siento más amparado.

Es sábado, los sábados son la cita ineludible para el fútbol. Cómo extraño patear con mis amigos. Ellos viven la cuarentena igual. No estoy solo. Mi mamá estornuda ¿lo tendrá?... Paranoia. Prendo la televisión, 24 horas de lo mismo. Los infectados aumentan, los muertos también. Pero no tanto como en Brasil. Me invade nuevamente el pensamiento catastrófico si nos gobernara el presidente anterior. En Italia no para de morir gente. Compasión. Bérgamo, la ciudad más afectada.

Leo que el contagio se desencadenó en el partido entre Atalanta y Valencia.

Domingo.

Deberían ser las elecciones a intendente en Río Cuarto. Ya perdí la cuenta de los días de aislamiento. Veo videos de la policía abusando de poder. La cuarentena no nos exime de Derechos Humanos. Impotencia. Arranca la Universidad, comienzan a mandar tareas. Hay una nueva ocupación. Eso hace descansar un poco la mente. Distraerse.

Quiero salir, quiero correr y no puedo. Esta sensación la conozco.

Muero por una Coca Cola. No tengo. No puedo ir a comprar. Hablo con mi novia. Por whatsapp, nuestra única vía de contacto. La pienso. La siento. La extraño. Pienso en ese lejano horizonte donde podré volver a abrazarla y tomar un mate con ella.

Hoy todos hablan de lo mismo.

Largas colas en los bancos, gente agolpada y amontonada. Me invade la impotencia. ¿Será nuestro Atalanta-Valencia? ¿Todo esfuerzo fue en vano? No lo sé, pero no es un buen augurio. Me siento encerrado, quiero correr. Esta sensación la conozco. ¿De dónde? Ya sé. Aquel año, ya lejano, que tuve que afrontar esa enfermedad durante tantos largos días y meses.

Me recuerda a eso, claro. ¿Es lo mismo? No, hoy tengo salud, estoy vivo y la muerte no me ronda como un siniestro espectro. No tengo miedo. Estoy seguro de que vamos a salir adelante de esta pandemia que nos azota.

Somos argentinos y nuestra historia oscila del éxtasis a la agonía. Hoy agónicos, no tengo dudas de que estaremos extasiados nuevamente.

Nuestro mejor escudo

(Fátima Frechero)

Transito el aislamiento con mi familia, en mi querido pueblo, Los Cisnes. Entre series y apuntes, bicicleta fija y mucho mate. Tengo 19 años y nunca viví algo igual, ¡el mundo nunca vivió algo igual!

Las clases teóricas se volvieron videollamadas, las consultas ahora son audios y los apuntes se leen desde el celular. La Universidad se convirtió en una computadora. Las juntadas y visitas son online. El mundo se volvió virtual; vivimos en la Aldea Global en su máxima expresión.

Control de temperatura al que entra o sale del pueblo. Interrogatorios. ¿A dónde va? ¿Qué trámite quiere hacer? La privacidad se extinguió durante la pandemia. La incertidumbre sobre lo que pasará mañana se vuelve insoportable.

El virus es real, aunque las “fake news” abundan, y los abuelos se asustan. Las muertes aumentan y los precios se multiplican. No salir de casa hoy es nuestro mejor escudo.

Todos los días son domingo

(Sonia D´andrea)

Me despierto todos los días y es domingo. Un largo domingo lluvioso, a la hora del atardecer.

En ocasiones esta cuarentena se siente como la hora muerta del domingo en la que no puede hacerse nada productivo, salvo tirarse en la cama a ver Netflix.

El espacio es otro tema. Estamos hiperconectados con millones de aplicaciones y la web, pero resulta extraño tener a mis amigas a pocas cuadras sin poder visitarlas. Mi barrio está alejado del centro, no sé si en el centro la gente está circulando o cómo viven la pandemia las personas más carenciadas. Intento no leer o ver tantas noticias, sólo un ratito por las noches, y escondidas entre el aumento de contagios, o la especulación del momento del pico en Argentina se encuentran noticias esperanzadoras, que nacieron tortugas en peligro de extinción en una playa vacía por la cuarentena, que bajó la contaminación en China.

Noticias de ese tipo dejan entrever una luz. Quizás cuando todo pase podamos crear un equilibrio entre la salud del planeta, la de los seres humanos y tener tiempo, como en esta cuarentena, para explorarnos y cuidar nuestra salud mental.

Sí, la cuarentena es un domingo lluvioso. Quiero soñar que nos espera un lunes soleado.

¡No soy yo, es la cuarentena!

(Abril Aberastegui)

La primera semana de aislamiento en Ucacha fue muy tranquila. Aprovechamos para cocinar, limpiar, mirar fotos viejas, jugar, ver series y hacer experimentos. La segunda semana ya fue movida para todos. En casa comenzamos a tener tareas escolares de... ¡jardín, primaria y universidad!

Fue un poco complicado adaptarme a las clases virtuales y a leer apuntes en la pantalla. En los obstáculos también se puede encontrar la aportunidad de un aprendizaje. Estos días sirven para pensar y reflexionar cómo nos encontramos como país y como sociedad; también puedo informarme más, dormir más y conectarme de otra forma con mis amigos y familiares, es decir, puedo extrañarlos.

De lo malo podemos sacar cosas buenas. Esta cuarentena es tiempo que ganamos para nosotros mismos y tiempo que le estamos regalando al mundo para que se acomode (se redujo la contaminación, se recuperaron especies en peligro de extinción, por ejemplo).

Cuando esto termine quiero visitar a mi abuelo, volver a la ciudad y también ¡QUIERO VOLVER A LA UNIVERSIDAD! Raro, ¿no? Efectos de la cuarentena, ya se me va a pasar.

Unidos y distanciados

(Sebastián Compan)

Comenzó la cuarentena obligatoria, las fronteras se cerraron. Tan sólo se puede caminar y transitar el propio “país”, nuestra casa. La mía está ubicada al sur de Mendoza. Son días duros en mi continente, según comentan llegó un enemigo invisible que ataca sin discriminar raza, edad ni género.

Aparentemente encontraron su punto débil. La forma de contrarrestarlo es haciéndonos invisibles, por eso estamos aquí dentro, aislados, cubiertos y protegidos, sin darle oportunidad a que ingrese, pues hay un control sanitario en la frontera que impide entrar o salir.

Somos tres habitantes en mi ¨país”. Estoy con mis padres, a los que tengo que proveer de materia prima y medicamentos fuera de la frontera. Es una función peligrosa, lo sé, pero más riesgo corren ellos, la longevidad es nuestra debilidad.

Dentro de esta nación, en un pequeño habitáculo tenemos lo que los demás llaman cocina, hoy para nosotros una industria alimenticia, con cambios rotativos de personal.

Entre series, películas y noticieros, la televisión es el centro cultural y de entretenimiento. Estudio Comunicación y creo que no puedo desaprovechar la oportunidad de seguir aprendiendo en esta crisis que nos azota. Funciona como un refugio. Un gran pasatiempo, además, es disfrutar el mundo a través de una cámara fotográfica. Antes fotografiaba los viajes a la montaña, ahora en el encierro, cualquier pajarito que se pose en algún arbusto es una oportunidad para el click.

Los días se pasan cada vez más lentos, el azote económico se está sintiendo. Afuera, algunas personas entran en desesperación, agobiadas ante la posibilidad de quedarse sin provisiones.

¿Lo bueno? La solidaridad y el trabajo en equipo no tienen gobernantes ni fronteras, dejemos que invadan nuestros países. Fuera hay personas que nos necesitan. A este enemigo lo vamos a vencer. Para eso tenemos que cumplir nuestra mayor muestra de unión y humanidad. Más unidos y distanciados que nunca. Qué ironía.