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Una obra de bioarquitectura en un campo de Adelia María

En una geografía poco habitual, una vivienda fue construida en medio de la llanura de un establecimiento rural dedicado a producciones orgánicas. Tierra y pasturas propias del lugar dan sustento a la casa familiar

A cinco kilómetros de Adelia María, se encuentra el establecimiento rural “El Mate”. En ese lugar, el productor Gregorio Vasquetto y su familia practican desde hace tiempo el sistema de ganadería regenerativa que le permite terminar sus novillos solo a pasto, logrando importantes resultados.

Dicho sistema consiste fundamentalmente en que los animales comen y defecan con gran intensidad sobre una porción de campo, para luego ser reubicados en otra parcela delimitada con boyero donde el pasto está bien crecido, fertilizado naturalmente y con el suelo ‘regenerado’ de todo disturbio. El método se conoce como Voisin, el apellido de un francés divulgador de este modelo.

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Tal introducción permite interpretar en qué contexto se construyó una de las primeras casas con técnicas de bioarquitectura en un territorio rural de nuestra zona, método totalmente basado en el respeto del medio ambiente, que tiene por principal finalidad reducir al máximo la huella de carbono de los materiales que componen la obra.

Hasta ahora, en Puntal ADC hemos conocido distintos proyectos de esta índole emplazados –en su mayoría- en territorios serranos o montañosos, donde la vegetación, los recursos naturales y la mano de obra calificada se encuentran “en sintonía” con el momento de implementar esas técnicas constructivas.

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Requerimientos

Desde el estudio Hombredebarro, los arquitectos Christian Lico e Ignacio Serrallonga (Villa General Belgrano), explican que fueron convocados por el productor adeliamariense para construir una residencia familiar en el establecimiento rural, espacio que aún carecía.

Cuenta que entre los requerimientos planteados, se les solicitó una vivienda con capacidad para albergar entre 4 y 6 integrantes de la familia, pensada desde el diseño bioclimático y la bioarquitectura.

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Una de las primeras diferencias que se encontraron respecto del trabajo habitual en la zona serrana, es que el predio donde se proyectó la vivienda carecía de vegetación por situarse en plena llanura, por lo que también se consideró la plantación de especies adecuadas en función del proyecto general.

“La vivienda está en medio del campo, sin árboles alrededor, por lo que se planificó también el entorno inmediato para el futuro. Así, durante la obra se plantaron distintas especies que ayudarán a la prevención de vientos y al asoleamiento, y que de no ser así iba a estar más expuesta de lo normal, teniendo en cuenta que es un sector de tormentas fuertes, con vientos, lluvias y granizo, que caracterizan a esta región”, señalan los profesionales.

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Condicionantes

Como es poco común este tipo de proyectos en esta región agrícola ganadera, no fue fácil conseguir mano de obra local calificada para la ejecución de las técnicas de bioarquitectura. Y traer personal especializado de otras poblaciones incrementaba los costos estimados del proyecto en cuestión.

En ese dilema, se resolvió designar a un constructor de vasta experiencia para que dirija a mano de obra local que no tenía manejo de las técnicas. “En la zona no se conocía gente que haya tenido experiencias en esta arquitectura; entonces, como parte del desarrollo de la propuesta, se tiene en cuenta la técnica constructiva adoptando la quincha, por ser una técnica que no requiere tanta calificación del personal y porque se contaba con gran parte de la materia prima”.

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Este método se basa en el llenado y tapado de entramados de madera con tierra procesada y fibra vegetal, en espesores de 35 centímetros, aprovechando el concepto de la masa térmica. Bajo ese criterio los muros se convierten en excelentes amortiguadores de la amplitud térmica, tan común en la zona, y que pueden alcanzar hasta 20 grados de diferencia entre la temperatura mínima y la máxima, mientras que en el interior se modifican solo 4 o 5 grados centígrados. Otra estrategia de diseño es la cubierta invertida de piedras, ya que los vientos fuertes de la zona generan una gran succión sobre superficies planas que en este caso no afectan a las mismas por tratarse de techos pesados de terminaciones porosas que impiden esa succión.

“Se definió hacer un esquema de ejecución de obra en donde se envió a un constructor con vasta experiencia y se contrató gente del lugar para un 80 por ciento de la construcción de la casa”, precisaron.

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Materiales

Para la obra se utilizaron unos 60 metros cúbicos de tierra procesada para introducirla luego dentro de los entramados de madera y unos 5 rollos de pasturas como sorgo, gramínea y moha, cosechados y acopiados por el propietario para tal fin.

Todo el proceso fue previamente planificado y visualizado en cada una de sus etapas con tecnología 3D. La ejecución se extendió a lo largo de 15 meses y, si bien en la vivienda aún resta completar algunos detalles, ya fue habitada por la familia y pudieron pasar las fiestas de fin de año en el lugar.

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“Por tratarse de un terreno llano, se resolvió la vivienda en una sola planta, con orientación plena, ya que se pudo elegir libremente un plano horizontal sobre una tierra limosa, muy absorbente. A la vez, se dispusieron los espacios ubicados hacia la mejor orientación, fuerte conexión visual del interior con el infinito del campo que se visualiza hacia cualquier lugar del horizonte”, describen desde el estudio.

Respecto de la provisión de materiales, se recurrió a la logística de un corralón de Adelia María para las cuestiones más generales, se trajeron postes de madera de eucaliptus desde el valle de Calamuchita, áridos de Río Cuarto, mientras que la tierra se extrajo del excedente de una obra vial emplazada a unos cinco kilómetros del campo y las fibras vegetales, de producción propia del establecimiento ganadero.

Una vivienda que se mantiene en total armonía con el entorno rural que la contiene, donde la producción ganadera regenerativa y la bioarquitectura transmiten un mismo mensaje: el respeto a la naturaleza.

Javier Borghi