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"Querer es poder"

En busca de motivación, en el deporte se generalizó la premisa de que sólo se trata de poner voluntad, sin importar las condiciones externas.

La frase "Querer es poder" debe ser una de las más repetidas en las charlas motivacionales. Es un buen puntapié inicial para atrapar al público o puede actuar como una conclusión rotunda cuando no hay nada mejor para decir. Queda bien y no parece muy objetable. En el deporte muchas veces cabe perfecto.

No estaría mal utilizarla para hablar de Nadia Podoroska. La tenista rosarina, quien está brillando en Roland Garros y tiene a todo el mundo atrapado en el encordado de su raqueta. Ella pudo porque quiso. Llegó a los cuartos de final de un Grand Slam debido a una gran fuerza de voluntad que le permitió abrirse camino desde el interior de un país tercermundista, siendo hija de un relojero devenido en farmacéutico. Dejó atrás las lesiones y mostró gran determinación para cumplir sus sueños.

Dicho así, suena como la historia perfecta para contar en un auditorio repleto de personas ávidas de discursos que les permitan enfocarse en sus objetivos. El problema es que resulta bastante simplista. Por un lado, reduce los méritos de Podoroska al no hacer alusión a las vicisitudes concretas que tuvo que enfrentar a lo largo de su carrera. Por otro, pone el foco sobre una cuestión voluntarista que deja de lado los factores externos.

Ese es el gran problema del tan mentado "Querer es poder". Si alguien se pone un objetivo concreto en su cabeza y trabaja duro, puede conseguirlo. Todo depende de él mismo y si alguien fracasa es porque no puso todo de sí. Bajo este razonamiento no importa lo que pase alrededor. Las condiciones sociales -económicas, políticas, educativas, geográficas- no impactan de ninguna manera en el desarrollo de una carrera.

No se trata aquí de cuestionar las cualidades de Podoroska. La rosarina tiene mucho mérito porque pudo llegar hasta ese lugar a pesar de factores externos que le son totalmente desfavorables. Pero esto no quiere decir que llegó ahí simplemente porque quiso. Porque eso sería lo mismo que argumentar que miles de tenistas latinoamericanas no lo logran porque no hacen el esfuerzo necesario para conseguirlo.

En enero, antes de la pandemia, el periodista Andrés Burgo publicó en el diario El País de España un informe en el que daba cuenta de lo complejo que es ser tenista profesional para una latinoamericana. La escasa cantidad de certámenes organizados por el circuito femenino en estas tierras obliga a las jugadoras a emigrar. Escribe Burgo que, de los 58 torneos disputados por la WTA en 2019, sólo tres se disputaron en Latinoamérica.

Con el trabajo realizado en Roland Garros, Podoroska pasará a ser la única latina dentro de las 100 mejores jugadoras del ranking mundial. La puertorriqueña Mónica Puig es actualmente la número 98, pero dejará esa posición al finalizar la semana.

Para conseguir ese lugar entre las 100 mejores, Podoroska debió radicarse en España. Con la ayuda de amigos y entrenadores y mucho esfuerzo, la rosarina pudo emigrar e instalarse en una órbita más cercana al circuito grande y así poder desarrollar su talento. La pregunta que surge es cuántas tenistas con buenas condiciones estarán dando vuelta por Argentina sin tener la oportunidad de poder insertarse en ese sistema que no les abre ninguna puerta.

En el circuito hay mucha desigualdad de género. Los tenistas latinos padecen menos que las mujeres. La gira que se disputa por estas tierras entre febrero y marzo les da la posibilidad de participar en más torneos. Pero, de todas maneras, no están al margen de la desigualdad de oportunidades respecto de sus congéneres primermundistas.

Durante la década de los 90, condiciones económicas como el tipo de cambio fueron una de las razones que permitieron el surgimiento de la mejor camada de tenistas argentinos. Ya profesionales, en el decenio siguiente obtuvieron grandes resultados. Argentina no bajó de por lo menos 6 top 100 entre 2002 y 2013, teniendo como pico el 2007 con 11 jugadores entre los 100 mejores. El número crece si les sumamos al resto de sus contemporáneos latinos (los chilenos González y Massú, el peruano Horna y el ecuatoriano Nicolás Lapentti, entre otros).

Cuando las condiciones económicas variaron y hubo menos oportunidades para el desarrollo, el recambio generacional no llegó como se esperaba. Hoy, por ejemplo, hay sólo ocho latinoamericanos en el top 100, de los cuales cinco son argentinos.

El riocuartense Agustín Calleri - presidente de la Asociación Argentina de Tenis y miembro de esa generación- remarca siempre que aquellos resultados se debieron también al sistema de torneos formativos que había en el país. Se jugaba de manera regionalizada y se iba escalando hasta llegar a los nacionales.

No había necesidad de grandes viajes individuales. El club o la escuela conseguían un medio de transporte y viajaban con sus jugadores distancias cortas, hasta llegar al nacional. Ese sistema se modificó y se dejaron de lado los criterios geográficos. Ya no se trataba de ir avanzando de un nivel a otro, sino que se realizaban torneos en diferentes puntos del país y un jugador podía anotarse en todos los que quería.

Hace unos años atrás, en un informe realizado por Puntal en la previa del título obtenido por Argentina en Copa Davis, varios profesores de tenis de distintas instituciones de Río Cuarto coincidieron en que ese nuevo sistema no era el mejor porque no siempre premiaba el talento. El que tenía las oportunidades económicas viajaba por todo el país, sumaba puntos para el ranking nacional y accedía a premios y becas que le permitían continuar con su carrera. Por otro lado, quien no poseía los recursos quedaba al margen.

Desde su llegada a la presidencia de la asociación, Calleri viene advirtiendo que recuperar los niveles de desarrollo que se conseguían en años anteriores llevará tiempo. En 2019 se presentó un nuevo formato de certámenes para menores que revaloriza los rankings regionales: los jugadores deben disputar torneos sólo en la región a la que pertenecen para sumar puntos. En caso de que decidan participar fuera de su zona, pueden hacerlo pero no obtendrán puntos o ventaja alguna dentro del circuito nacional.

Eso sí, el riocuartense siempre se ha encargado de decir que repetir lo de su camada será casi una quimera. En eso mucho tienen que ver las condiciones económicas y la manera en la que se organiza el circuito internacional.

La importancia de estos aspectos externos en el deporte es la que da por tierra con el discurso voluntarista que engendra el "Querer es poder". No sólo pasa en el tenis, ocurre en todas las disciplinas. Para poner un ejemplo, se puede pensar en dos arqueros de las mismas cualidades (talento, espíritu competitivo, responsabilidad) que son reclutados por Talleres. Al llegar a Córdoba necesitan del apoyo económico de sus familias. Una de ellas posee el capital necesario para hacerlo y la otra no. El arquerito puede ser un pichón de Pato Fillol y, sin embargo, no va a poder conseguir el objetivo.

Cuando hay desigualdad de oportunidades, no siempre el que quiere puede. No implica esto pedirle regalos al sistema, pero sí que brinde oportunidades parejas para todos.

El pensamiento meritocrático, que basa sus argumentos en la idea de que el que no consigue algo es sólo por la falta de atributos individuales, presenta visiones idealizadas que no explican los fenómenos en toda su complejidad. Señalar estas cuestiones no implica menoscabar la importancia del trabajo o el esfuerzo. Implica dar cuenta de que cada situación tiene un contexto determinado.

Podoroska batalló mucho para llegar allí y su esfuerzo fue premiado. Interesante sería que sus triunfos permitieran poner blanco sobre negro la situación de las tenistas sudamericanas y no que pasara simplemente como otra historia que sirva de base para un discurso motivacional. Suena mal, sí, pero no siempre "querer es poder".

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