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La OMS, un "culpable" a la medida de Donald Trump

Más allá de los argumentos esgrimidos en el marco de una confrontación que no deja de escalar desde su inicio, y de las extravagancias discursivas de su promotor, la decisión de Donald Trump de romper con la OMS confirma la predisposición a facturarle a todo el planeta los costos de la estrategia típicamente populista de enfrentar un problema para el que no existen soluciones sencillas con el expediente de indicar a quién debe echarse la culpa.

Un mes y medio después de haber suspendido el aporte de los Estados Unidos al financiamiento de la Organización Mundial de la Salud, el presidente Donald Trump anunció su decisión de romper por completo con la entidad, a la que acusa de estar controlada por China y de ser responsable del devastador impacto que está teniendo la pandemia de Covid-19 en territorio norteamericano. Más allá de los argumentos esgrimidos en el marco de una confrontación que no deja de escalar desde su inicio, y de las extravagancias discursivas de su principal promotor, está clara la predisposición a facturarle a todo el planeta los costos de la estrategia típicamente populista de enfrentar un problema para el que no existen soluciones sencillas con el expediente de indicar a quién debe echarse la culpa.

Desde luego, es obvio que existen razones para cuestionar el desempeño de la OMS ante la crisis, algunas vinculadas con las limitaciones propias de una organización semejante, provista de una estructura burocrática renuente a actuar con la agilidad debida y expuesta a la influencia de los intereses políticos puestos en juego por sus integrantes. No es Washington el único que ha señalado errores en algunos casos serios, y de hecho la entidad se ha comprometido a someterse a una investigación independiente para averiguar qué se hizo mal y, desde luego, determinar qué se podría hacer mejor la próxima vez.

Pero en cualquier caso, la OMS es también el mejor recurso del que la comunidad internacional dispone para manejarse con consistencia frente a la catástrofe en curso, el ámbito donde se reúne la información y la experiencia que, aunque insuficientes, permiten no tener que emprender la lucha a ciegas. Es comprensible que se la tome como un aliado con ciertas debilidades y no del todo confiable, pero carece de sentido tratarla como si fuera el enemigo.

En rigor, ningún país está obligado a seguir las recomendaciones de la OMS y el presidido por Trump ha estado muy lejos de hacerlo. Desde la actitud inicial del mandatario de minimizar la gravedad de la amenaza a la insólita sugerencia de utilizar inyecciones con desinfectante, su administración de la crisis -si es que se la puede llamar de esa manera- ha estado signada por la negación, la necedad y la descalificación de todo aquello que lo contradiga. Es ese comportamiento, sumado a sus constantes peleas con gobernadores que intentaron imponer medidas más rigurosas, lo que ha convertido a los Estados Unidos en el país más afectado por la pandemia, con casi un treinta por ciento del total mundial de muertos y alrededor de cuarenta millones de empleos perdidos. La insistencia de que todo es culpa de la OMS, o de China llegado el caso, no sólo ignora la responsabilidad propia en el desaguisado, sino que se erige en un obstáculo para corregir el rumbo y adoptar estrategias más sensibles y coherentes.

Más allá de su escasa relevancia práctica, resulta emblemática la decisión reciente de Trump de prohibir los vuelos a los Estados Unidos desde Brasil, donde aun cuando la situación parece descontrolada -en parte gracias a un líder que compite con Trump en cada una de sus cualidades negativas- todavía tiene muchos menos muertos y menos contagios. La cuestión pasa por presentar cualquier contrariedad, mucho más una como la que se atraviesa, como producto de un ataque externo, un recurso cómodo que permite esquivar hacerse cargo de lo que le toca. Y eficaz con una parte sustancial de la sociedad norteamericana que sigue estando dispuesta a creerle cualquier cosa.