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"Hermanos de corazón"

Franco Ortiz fue compañero de "Chumpita" desde las inferiores en Alem, luego en Yrigoyen, y siempre en la vida. "Somos inseparables"

Diego Pedernera dejó un legado muy grande y se llevó el reconocimiento de quienes lo conocieron, y de quienes lo enfrentaron.

Como deportista será recordado por sus títulos provinciales en Alem y Alumni, en la Liga por sus vueltas olímpicas en Alem, Colón y su inolvidable paso por Yrigoyen, también River y Unión Central.

El hombre dejó un legado mucho más valioso en sus 39 años, que fue la caridad. No es sólo solidaridad, porque “su humildad lo llevó a dar lo que no tenía por lo demás. Jamás renegó de su origen, se conmovía al ver que otros no tenían para comer, o que le faltaban zapatillas o botines a un compañero. Por eso nos mirábamos y sabíamos que algo teníamos que hacer, y no dudábamos en hacerlo. Eso nos transformó en hermanos de corazón”, dijo Franco Ortiz.

Compañeros en las inferiores de Alem, Franco recalca que “yo soy un año más chico. Alem tenía dos categorías muy buenas, y compartí varios partidos con él. Después, por ser defensores nos unía una forma de jugar, y además de Alem jugamos muchos años en Yrigoyen, pero nuestra amistad era muy grande afuera de la cancha”.

Ambos ofrendaban su corazón y ayudaban al merendero de barrio Las Playas. “Como éramos amigos, nuestras novias se hicieron amigas. Yo fui el chofer de su boda, y él con su esposa los testigos de la mía. Somos inseparables, y nos movilizó ayudar a los que menos tienen. Diego me decía: ‘Si no tenés, lo sacamos con la tarjeta, pero le compramos zapatillas a esos chicos. Y lo hacíamos. Y pedíamos para dar. Siempre nos ayudaron mucho, desde la Peña de Belgrano hasta los jugadores de la Liga. Hoy veo a Morre, Negrini, Oggero, Gaido y tantos que nos dieron una mano”.

Explicó que “en Las Playas, Estela nos abrió las puertas para ofrendar abrigos, zapatillas y comida a los chicos, pero también los hicimos jugar al fútbol. Terminamos recolectando hasta comprar más de 40 pares de zapatillas, botines, conos, redes y 40 pelotas. Lo mejor fue que esos chicos que estaban en la calle o no tenían para comer, después jugaban en el baby o encaminaron sus vidas trabajando o estudiando. Eso no tiene precio, es mejor que ganar un Mundial”.

“Hermanos de corazón”

Ortiz señala que “ahora estoy con sus hijos, y me parte al medio. Mucho dolor. Es una pérdida muy grande. Es inexplicable para su familia, sus amigos y compañeros”.

Acotó que “anoche no podía dormir y miraba el teléfono esperando que me dijeran que estaba vivo, que era una confusión. Sus hijos jugaban con los míos, y estaba esperando que pasara a buscarlos”.

Explicó que “sus hijos (Catalina, de 12 años, y Enzo, de 5), su señora, sus padres, sus hermanos (Yanina y Nicolás) están muy dolidos. Diego era muy especial, muy buena gente. No puedo comprender por qué le pasó este accidente a una persona tan valiosa”.

Acerca de su amistad la explica con simpleza. “Decíamos que más que amigos, éramos hermanos de corazón. Con un amigo te hablás y la pasás bien, pero con un hermano de corazón te conectás todo el tiempo, está cuando lo necesitás, y lo entendés siempre”.

Explicó que “jugar al fútbol nos unió, pero cuando no jugábamos en el mismo club, siempre había tiempo para encontrarnos y salir en familia, porque su señora Carolina es mi amiga, y mi señora es su amiga, y nuestros hijos son amigos. Somos inseparables sin vernos”.

Señaló que “Alem es nuestro club de origen. Allí se creó el vínculo de amistad, y cuando nos pusimos de novios, empezamos a salir con las parejas. Sentíamos lo mismo”.

Insiste en que “Diego no es fácil de describir, porque era muy demostrativo por momentos, era de entregar todo a cambio de nada. Pero por momentos era tímido, muy callado, muy caritativo. Los que lo conocimos bien, sabemos la pérdida irreparable para nuestra sociedad. Era muy generoso”.

Ortiz destaca que “los dos venimos de familias muy humildes. Diego tenía un buen trabajo (Saputo), cubría sus necesidades, su señora es instrumentadora quirúrgica, y colaboraban en instituciones de caridad y merenderos todo el tiempo. En su trabajo juntaba recolectaba ropa y comida, y nos íbamos a cocinar a Las Playas”.

Entiende que “con Diego nos decíamos ‘tenemos que hacer esto’. Y sólo había que preguntar cuándo. El sí, ya estaba dicho”.

Remarca que “cuando teníamos algún problema, el otro se daba cuenta con escuchar su voz. No era difícil irnos juntos de vacaciones, o entender el problema del otro”.

Destacó que “cumplir con nuestros compromisos laborales, nos hacía ir en diferentes días y horarios al merendero, pero nos daba satisfacción saber que íbamos. Es que no era ir a sacrificarse al merendero, sino ir con gusto, a disfrutar con los chicos, y ayudar a la señora Estela Águila en el Merendero San Expedito Las Playas Solidaria, para verlos sonreír”.

“Hace casi 30 años que nos conocimos, y coincidíamos en que esos fueron nuestros mejores trofeos. Les recomendaría a todos que busquen esos trofeos en la vida, porque cuando te involucrás, te das cuenta que podés ayudar y te hace sentir muy feliz. Eso sentíamos con Diego, felicidad por ayudar, por eso somos hermanos de corazón”.

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