Ejemplificó al señalar: “Con edad de inferiores, fui a un par de entrenamientos en Alumni cuando estaba Abel Volta como DT. Tenían botiquín, ropa de entrenamiento, balanza, pesas y frutas. Hace 30 años y en Argentino aún no lo tenemos. ¡Si será grande Alumni!”.
De Alem dijo: “Allí debuté en Primera. Su hinchada es maravillosa y tengo el mejor recuerdo de su dirigencia y de su gente. Y eso que después me putearon, pero es porque no pasé desapercibido”.
Fue campeón en los dos grandes. “En Primera debuté en Alem en 1992 con Antonio Mazzini. En 1993 Marcelo Alamo armó el equipo que salió campeón con Héctor Abate Daga. Jugaban Silvio Munch, Fajardo, ‘Tonino’ Mazzini, Ruiz, Formosa, Pedernera, Barrionuevo, Cejas, Borio, Dequino, Medina, Santi, Cuadrado, Córdoba. River Plate con el ‘Chacho’ Peñaloza nos forzó a jugar 3 partidos finales y ganamos por penales a cancha llena en Plaza Ocampo”, recordó.
Ya en el baby fútbol jugó en los dos grandes. “Empecé en All Boys durante 4 años con Jorge Alamo y luego 2 en Asociación Bancaria con Marcelo Alamo, que me llevó a las inferiores de River Plate. Me fui a Huracán, donde jugué en reserva en 1990, cuando logró el ascenso con Carlos Babington”.
“Luego de jugar en Alem y Alumni pasé a Renato Cesarini y de allí fui a Colombia. No quedé en Envigado, pero tuve la suerte de jugar en Independiente de Medellín. Es un equipo que convoca 60 mil personas todos los partidos. Es como Independiente o Racing en Argentina. Jugué dos temporadas y tenía 1 año más contrato, pero cambió de dueño y quería volver al país. Me despedí de los colombianos porque tuve una gran propuesta de Rangers. Chile estaba más cerca de casa y cuando iba a viajar me llamaron para decirme que había arreglado la ‘Vieja’ Reinoso. Me quedé sin club. Fui a Costa Rica, al club del mismo dueño que tenía el DIM, pero no tomé las mejores decisiones y extrañaba mi casa. Empecé a jugar en Argentino con el ‘Cholo’ (Romero) y allí terminé a los 27 años. Nos fue muy bien grupalmente y futbolísticamente. Allí se armó una base de inferiores que hizo historia en la Liga con Jacobi, Díaz, Pacifici, Danna, Gastaldi y tantos más”.
No me importa lo que digan
“Mis amigos van a defender mi idea de equipo mejor que nadie adentro de la cancha. Por eso yo pongo a 11 amigos en mi equipo, no a los que mejor juegan”, reflexionó cuando se lo consultó sobre su frase polémica.
Ejemplificó al señalar: “Cuando puse a Candiotto, que es un gran delantero (clase 2002), a jugar de 8, Alexis (Zegatti, su ayudante de campo) me dijo que estaba loco, que no la iba a agarrar”.
“Le dije que yo también empecé de 8 y que para jugar de enganche tuve que ganármelo en la cancha. Yo apuesto a un juego colectivo, no individual. Lo hablé con el pibe y lo convencí de que podía jugar de 8. Yo sabía que no iba a jugar bien, que no iba a correr la banda, pero yo le dije que no lo iba a limpiar, que jugara tranquilo”, insistió.
Destacó: “Fabricio Bustos era delantero y goleador. Hoy es 4 en Independiente. Candiotto pica por sorpresa, es rápido, y aunque le cueste la vuelta lo incorporará, pero no para que juegue de 4, sino para que sea otro delantero”.
Con respecto a Ariel Galíndez, dijo: “Yo sabía que no era defensor. Pero yo quería que jugara el torneo Federal, porque era uno de mis amigos. Le dije que hoy puede volver a ser carrilero o delantero, pero además sabe jugar de 5, y también puede hacerlo de 4 o de 6. Creció como jugador”.
Indicó: “Tengo una virtud que es no mentirle al jugador. Y tengo una falencia: juegan mis amigos. Me pueden traer a un gran delantero, pero van a jugar mis amigos. Mis jugadores ya saben que es así. Si yo tengo a un pibe desde el baby, ¿lo voy a sacar porque traje a uno mejor? No. Lo voy a poner al pibe, aunque me critican por eso”, subrayó.
A mis amigos les adeudo la ternura
Romero recalcó: “Me gusta ver inferiores. Allí veo crecer al jugador. Me encanta conocer a mis amigos desde chicos. Lo más difícil es convencer a un jugador y manejar a un grupo”, destacó.
También dijo: “Nunca voy a terminar a las trompadas por perder una final y mis jugadores tampoco. Duele perder, pero mi orgullo fue ver que mis jugadores le hicieran el pasillo a Universitario cuando perdimos la final. Aplaudimos como hombres al rival y nos hicieron 2 goles desafortunados”.
Contrariamente a lo que se puede pensar, Romero es muy poco comunicativo fuera de la cancha con los jugadores. “No tengo ni los números de teléfono de los amigos que pongo en cancha. Sólo dos o tres hablan conmigo”.
Enfatizó: “Respeto a todos por igual y no podés caerles bien a todos los jugadores. Igual, merecen todos el mismo respeto. Lo que debe quedar en claro es que no existe eso que dicen: ‘Para mí son todos iguales’. Mentiras. Hay uno que juega mejor que otro. Hay uno que puede faltar a un entrenamiento. No son todos iguales. Los jugadores son todos diferentes. Para qué les voy a mentir, si ellos saben que no son todos iguales. A partir de decirle la verdad a un jugador, aunque no le guste, ahí se empieza a trabajar”.

