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Una política energética errática

Clave para el desarrollo, la energía también es relevante en materia económica y de balanza comercial. Argentina pasó de ser un exportador neto a tener que comprar de urgencia electricidad y gas del exterior, con la correspondiente salida de dólares

Algunos datos ayudan a sostener esa afirmación, especialmente porque transcurrieron casi 8 meses con un secretario de Energía que casi no tomó decisiones y sólo dejó pasar el tiempo, como Sergio Lanziani, el ingeniero nuclear de Misiones que se fue en agosto del año pasado sin pena ni gloria de la estratégica oficina que maneja el tablero energético nacional.

Y rápidamente habría que establecer que la política energética va de la mano con la economía y con la actividad económica en particular. Y a su vez es determinante para el equilibrio de las cuentas fiscales y la balanza comercial. El país tiene todo para ser exportador, y sin embargo en más de una coyuntura se encontró comprando gas a Bolivia, importando electricidad de Brasil o Uruguay, o amarrando buques gasíferos en Bahía Blanca con la consecuente salida de dólares. De hecho, la cuenca gasífera de Bolivia es compartida con la provincia de Salta, por ejemplo, y hasta los ‘90 las localidades de Campo Durán, Tartagal o General Mosconi fueron relevantes en el mapa energético nacional de hidrocarburos. Después su declive fue inexorable al tiempo que su brillo se transformó rápidamente en oscuridad.

A raíz de la muerte ayer de Carlos Menem, muchos recordarán allí las luchas que se desarrollaron en Tartagal y Mosconi entre 1988 y 1991, contra la privatización de YPF. Concluyeron en septiembre de 1991 con una pueblada que figura entre las primeras del país contra las políticas de aquel gobierno. El estudio de esas protestas indica la existencia de una tradición combativa entre los trabajadores petroleros, en la que la izquierda ocupó un papel destacado, y que el apoyo de la dirección sindical oficialista a la privatización de YPF en la zona se dio a pesar de que existía una importante oposición dentro y fuera del sindicato, tal como lo recuerda en su trabajo de investigación el doctor en Historia e integrante del Conicet José Daniel Benclowicz.

Pero las idas y vueltas en materia energética son una constante en el país. En la recuperación económica de Argentina, a partir de 2003, el sector fue clave. Pero en menos de 10 años las luces de alarma se encendieron con fuerza. El superávit energético se consumió y la Argentina necesitó comenzar a importar y con eso a gastar importantes sumas de dólares, lo que empezó a complicar la situación de las reservas, la presión sobre el tipo de cambio y todos los males que se conocen. Eso, combinado con subsidios aplicados sin un criterio claro para que lleguen a quienes realmente lo necesitaban. Y de esa manera fueron muchos los que observaban que en Puerto Madero se pagaba siete veces menos el metro cúbico de gas o la electricidad que en cualquier barrio de la capital provincial, Río Cuarto o Villa María. Aún hoy esas inequidades siguen vigentes, lo mismo que en los combustibles o en el transporte.

En el gobierno de Mauricio Macri, la seguidilla de aumentos de tarifas a repetición mutilaron los ingresos, especialmente de la clase media, y muchos afirman que en parte su fuerte descrédito político y el resultado electoral en las urnas de 2019 tuvieron que ver con la política de tarifas energéticas de la gestión de Cambiemos. El malhumor, cada vez que llegaban las facturas, hizo que muchos de sus votantes buscaran otra opción electoral.

Alberto Fernández llegó cuestionando justamente esa decisión de un alza permanente de las boletas de luz y gas. Y ni bien inició la pandemia, anunció su inmediato congelamiento. Pero la contracara son subsidios que crecen y amenazan con convertirse otra vez en una bola de nieve.

Aquel primer secretario de Energía dejó su cargo en agosto y luego el Gobierno se tomó dos meses para nombrar al sucesor, Darío Martínez, que era diputado nacional por Neuquén, y la demora estuvo centrada en la disputa por la sucesión de su banca. Esa silla de Diputados dejó al país durante dos meses sin secretario de Energía.

En el medio, comenzaron los ajustes en los surtidores que ya acumulan 13 subas y el litro de nafta se acerca a los $ 100 y pone en jaque a los carteles de las estaciones de servicio que estaban previstos para dos dígitos y dos decimales. Los van a corregir dejando un solo decimal. Pero también los biocombustibles tuvieron un 2020 para el olvido y comenzaron 2021 aún con más amenazas para su subsistencia porque solucionaron momentáneamente el problema del precio, pero podrían quedarse sin un marco regulatorio, sin una ley que los contemple, y con eso están en riesgo 54 empresas y miles de puestos de trabajo en el interior del país. El Gobierno parece no estar ocupado todavía del tema, o al menos no da señales de estarlo más allá de los reclamos que no sólo son de las empresas sino también de gobiernos provinciales, como lo dejó en claro Córdoba la semana pasada con el gobernador Schiaretti a la cabeza, justamente al participar de un acto en la planta de etanol de Bio4. La sola aparición allí del gobernador dejaba en claro el contraste con la Nación. Después reforzó con un discurso de respaldo al sector y al campo.

Es que hay un doble temor en Córdoba, que es la principal productora de etanol de maíz de la Argentina: por un lado, que el lobby petrolero impida la prórroga en Diputados de la ley aprobada en 2006 bajo la presidencia de Néstor Kirchner y que permitió la consolidación del sector, lo que se convertiría en una catástrofe; y por el otro, que si hay acciones en favor de los biocombustibles, sea en particular para los ingenios azucareros de Salta, Jujuy y Tucumán, que elaboran etanol a partir de la caña de azúcar y quede la producción de maíz relegada. Esto ya ocurrió, con precios diferenciados desde diciembre de 2014 a noviembre de 2019, siempre a favor de los ingenios, algo más ineficientes en la producción y con capacidad limitada, pero con un lobby mucho más aceitado.

En definitiva, la visión estratégica de la energía siempre cedió a esos intereses de vínculos estrechos con el poder de turno que dibujaron idas y vueltas, aunque con saldos negativos para el balance del conjunto.