Carlos Herrera se recibió como goleador del pueblo porque cada vez que jugó en Alumni fue el máximo artillero. Con mejores o no tan buenas performances, siempre fue el “muchachito de la película”.

“Me acuerdo que sacaron de la lista de buena fe a Facundo Menegotto, que era el más chiquito, y me pusieron. Era el quinto delantero en 2004, detrás de Martín Erregarena, Sapito Montivero, el Ruso Alessandría y Quique Sánchez”, así empezó el romance.

Se abrió lugar. “Agüero me dijo que iba a jugar. Me temblaban las patas. Junto con Gustavo D’ambrosio confiaron en mí. Era muy difícil para un pibe de 19 años jugar en canchas como Policial, Central Córdoba. Ese equipo jugó la final con San Martín de Tucumán”.

“Hice el baby y las inferiores en Argentino, pero a través de un contacto de Alem (con Placencia y Claudio Jara) me lleva Banfield. Allí conocí a Silvio Marzolini (coordinador) y Pancho Sá (técnico). Me sube a jugar con una categoría superior Luis Garisto, pero de pronto se fue del club y nada fue igual con Falcioni. Quería volver a hacer el tambo con mi viejo a Cintra”.

Resaltó: “Banfield me dio el pase por 6 meses. Yo no conocía el Argentino B y me llevan a Alumni (lo acompaña Juan Cardozo a la Plaza, en el último amistoso). El DT era el Carancho Agüero y me encantó ver que se jugaba a cancha llena y me ganaba unos pesos por partido. ‘No vuelvo más a Buenos Aires’, dije”.

“No me arrepiento. Tenía 19 años y he logrado varios objetivos en el fútbol de ascenso. Quizás en Banfield pude tener otra carrera, pero hoy puedo decir que vivo del fútbol a los 35 años”, insistió.

Destacó: “Tendré que trabajar después, como todo el mundo, pero desde los 19 a los 35 trabajé de futbolista y algún gusto me di”.

Afirma: “En Banfield estábamos bien en la pensión. No era como otras. La crisis fue en 2002, pero eso te hace crecer. Mi viejo no podía darme plata. Hoy las pensiones son mejores y a mi sobrino le digo que lo más duro es cuando te va mal, porque estás solo entre cuatro paredes y sos chico aún”.

A los 14 años partió a Banfield. “Fueron 5 años lindos. Los de Buenos Aires te hacen sentir el rigor. Te cuesta la adaptación porque, de jugar con Dalmacio Vélez o Playosa con esa gran categoría ‘85 de Argentino a jugar con Independiente o Boca, no es lo mismo. Hay competencia interna, pero cuando elegís esto no tiene precio jugar contra esos equipos y formarte en un club de Primera”.

Indicó: “Sá y Marzolini jugaron mundiales y fueron campeones del mundo. Yo jugué con Cvitanich, Barbosa, Dátolo, Salvatierra. Yo era una categoría más chica pero no desentonaba”.

“Falcioni me desconocía. Yo era muy querido en Banfield, pero en un momento elegí hacer el tambo en pleno julio que en seguir en Banfield. Algo fallaba”, dijo.

Alumni, mi buen amigo

Herrera remarcó: “Quizás otro hubiese sido mi futuro si me quedaba, pero en Alumni viví cosas muy lindas. No quería volver a Buenos Aires. Tenía que trabajar para tener dinero. Volví contento”.

“Siempre les digo a todos que el jugador debe estar feliz para rendir. Me pasó luego con el Blooming de Bolivia. Tenía contrato firmado e iba a debutar en Copa Sudamericana, pero no quería jugar. Sentí la necesidad de volver a Alumni”.

También precisó: “Es lo que me pasa hoy. Tengo otras ofertas, pero hace 3 años que estoy en Villa Mitre y el presidente me quiere”.

Recalcó: “Me hicieron sentir bien mis compañeros y los DT. No nos falta nada. Hay ropa, buenos vestuarios, buen predio, buenos colectivos y quieren ascender. Íbamos primeros y ojalá se dé”.

Puntualizó: “Lo enfrenté con Alumni, pero Villa Mitre estaba detonado en esa época. Es un club muy convocante. El presidente lo maneja como una empresa. Bien organizado y se gasta menos de lo que ingresa. Estoy feliz y cerca de mi familia. A veces me voy a dedo hasta Tres Arroyos”.

Aclaró: “Siempre hice dedo, desde cuando iba a jugar a Villa María. No me gusta esperar colectivos. Siempre hice dedo y anduve en bicicleta, no voy a cambiar”.

“De chico no tenía la posibilidad de jugar. Mi papá necesitaba de mi mamá a su lado para vivir día a día trabajando. Hubo gente que me ayudó y hoy sigo agradeciendo a la familia Alaniz, Martino, Nora Cativelli. Si no hubiese sido por ellos, no sé en qué hubiese terminado. Tenía el sueño de niño y ellos me ayudaron a cumplirlo. Ahora creo que salí del campo y allí moriré”.