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Una estación, un ojo de mar y una historia que no tiene fin

Ahí está el cartel de la estación original y oxidado; más viejo que el habitante más viejo del pueblo. El cartel que vio a los primeros ingleses que lo trajeron en barco y lo clavaron hace 152 años en el medio de la pampa gringa. Y una vez allí, desde sus dos metros de altura vio los primeros obreros golondrina de la cuadrilla clavar durmientes o saludar en una zorra a bomba al caserío y la distancia. 

También vio a los primeros inmigrantes italianos que a fines del siglo XIX descendían del andén para no irse jamás: los Amiccarelli, los Dáneo, los Davicco, los Albiero, los Cacciavillani... A los españoles (los Fernández, los Berrío, los García), a los croatas (los Marusich, los Zuvich, los Kovacevich), a los rusos (los Jackow, los Boss, los Grinevich), a los franceses (los Buthé, los Journé y los Laborie) y también a los árabes (los Násser, los Yunes, los Cura, los Atala). A todos...

El viejo cartel los vio de jóvenes y los escuchó hablar en sus lenguas cuando no sabían una sola palabra de español. Y los vio envejecer y acaso morir, pidiéndole a Dios en un español trabado que bendiga este lugar y sus familias. Hace mucho, vio también en el horizonte de trigo la dentada silueta de la primera iglesia, las casas del bulevar Yrigoyen, la fila egipcia de palmeras y la punta de latón de las primeras fábricas. Vio el tren detenerse cargado de dones y luego pasar de largo. Vio el cierre de la estación, la pobreza que se avecinaba, los chicos que al caer la tarde pescaban mojarras y leyendas en el Pozanjón y también los enamorados que soñaban un futuro de la mano sobre un riel.

Viejo y oxidado un siglo y medio después, aquel cartel sigue en pie diciendo que es aquí, en este preciso punto del mapa y en ningún otro del universo donde se levanta un pueblo de cinco mil almas que, para muchos, es la única patria. 

Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.

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