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Cicatrices de imágenes sangrantes

Ayer fue el primer debate por el femicidio de Celeste Caballero, de 14 años. Por el crimen está imputado Carlos Heredia Vivani, de 36, que se abstuvo de declarar. La Cámara fue llanto y sólo alcanzó para que declare la mamá de la víctima
 
Faltan diez para las diez. Marcelo Gilli es el responsable de la Oficina de Jurados Populares del Tribunal Superior de Justicia de Córdoba. Aparece y dice lo que uno ya puede imaginarse: que se retrasó la llegada del imputado. Algunos hablan de unos cuarenta minutos; otros de más de una hora. Cuando se habla de demora en la Cámara del Crimen, nadie —pero nadie— sabe a ciencia cierta de qué se habla.

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Son alrededor de las nueve y media de la mañana del 22 de agosto de 2019. Es una mañana fresca que será tibia. Un perro descansa sobre el umbral del ingreso de Tribunales. El sol se desliza sobre su piel blanca como un sueño liviano. La cabeza es negra y parece su propia sombra. Hay poco movimiento. Dos mujeres esperan un ascensor. Otras personas hacen, tal vez, trámites en una ventanilla que está debajo de la escalera que lleva al entrepiso. El edificio, a esta hora, es un cuerpo manso. En el quinto piso, la escena es otra: los jurados populares conversan. Aprovechan y van al baño. Un joven llega con cortados. La secretaria Gabriela Sanz aparece y se disculpa por la demora, por esa palabra que, acá, se define al azar.

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Tres policías —dos mujeres y un varón— se organizan: la prensa por allá, los familiares ahí, el fiscal va de este lado, el acusado y la abogada del otro. Si hubiera una cámara que tomara cenitalmente la sala, se vería que la manera en la que están dispuestas las partes que intervienen en el juicio forman un rectángulo casi perfecto: al fondo, el Tribunal, en frente, los jurados y a ambos costados —también enfrentados— el representante del Ministerio Público Fiscal y el presunto autor con la asesora letrada. Son las diez y media y se comenta, no ya lo que uno se imagina, sino lo que se conoce: que falta. Los doce miembros que se encargarán de determinar la culpabilidad o la inocencia del hombre que se siente en el banquillo continúan charlando —algunos sobre comida— y miran sus celulares porque hay demora: esa palabra indomable.

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El fiscal es Francisco Márquez. Está sentado y lee. El escritorio, o lo que antes era un escritorio, desde hace algunas semanas es un tablón de una madera tersa—el mismo que se ubica del otro lado, donde está la defensa—  que, en su parte delantera, tiene la silueta del escudo de la provincia de Córdoba. Hay varios expedientes. El que importa es uno, el de la víctima: Celeste Ayelén Caballero (14).

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Para entrar al recinto hay cuatro puertas. Se abre una, se cierra otra, funcionarios judiciales salen de esa, policías desaparecen por otra. Parece Las comedias de Darío Vittori.

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Son exactamente las diez y cuarenta y tres. Viste así: campera negra, jean oscuro, zapatillas flúor. Llega desde Córdoba, donde estaba alojado. Se sienta en el banquillo. Carlos Miguel Heredia Vivani tiene 36 años y se peina con las manos. Se vuelve a acomodar el pelo. Repite el ademán. Con las esposas puestas. Debajo de su oreja izquierda tiene un tatuaje. El efectivo que lo escolta parece duplicarlo en altura.

El fiscal habla con los funcionarios policiales. Les indica que aquellas personas que no tengan que declarar durante la audiencia, pasen.

Llega la asesora letrada Silvina Muñoz. Lleva un bolso y ropa oscura. Le pide a Heredia que se mueva de lugar. Heredia se peina otra vez. Muñoz deja sus papeles y un vaso sobre esa madera limpia. Hace anotaciones. Muñoz lleva un reloj negro: ese instrumento que, acá —y tal vez siempre—, no dice nada.

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A las once, todos de pie. El tribunal es presidido por Félix Martínez e integrado, además, por las juezas Eve Flores y Edith Lezama de Pereyra. Después, lo de siempre: la secretaria informa sobre la presencia de partes y testigos, se toma juramento y etcétera. Hasta que se da lectura al hecho por el que imputaron a Heredia.

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Según la pieza acusatoria, a la adolescente la mataron el 10 de febrero de 2018 entre las diez de la mañana y el mediodía. ¿Cómo? Así: a un costado de la ruta 9 —salida hacia James Craik—, un Chevrolet Corsa con vidrios polarizados. En el asiento del conductor, Heredia. En el del acompañante, Celeste, con quien tenía relaciones sexuales a cambio de dinero. Discuten y Heredia la hace corta: saca del portaobjetos del auto un revólver Smith & Wesson calibre 38, lo apoya en la cabeza de Celeste —zona del parietal izquierdo— y dispara. Al cuerpo lo traslada al cementerio de Oliva. Las condiciones no son propicias. Entonces lo lleva hacia la zona rural de Laguna Larga, a tres kilómetros del puente de acceso a la autopista Córdoba-Rosario, lugar conocido como La Cremería Vieja. La deja en el interior de un aljibe, en una tapera abandonada. La encuentran once días después. La autopsia dirá que su muerte se debió a una hemorragia cervical, producto del proyectil.

La imputación: abuso sexual por aprovechamiento de la inmadurez sexual de la víctima y homicidio calificado agravado por el uso de arma de fuego y por violencia de género.

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Las partes le presentan el caso a los jurados populares. Márquez destaca que el hombre se aprovechó de la situación de “vulnerabilidad de la nena” y de su adicción a las drogas. Y dice que Heredia es un “hombre violento y con antecedentes de violencia de género”.

Muñoz cuenta que es la defensora pública y explica que toda persona que esté en el banquillo debe contar con una defensa que, más allá de ser formal, debe intentar ser “efectiva”. Dice que su rol consiste en controlar la validez de la prueba incorporada al proceso y les solicita a los jurados que actúen con “honestidad intelectual”.

Se leyó el hecho. Se presentó el caso. Se le puso nombre a la víctima y al presunto victimario. Se reabrieron las cicatrices de imágenes sangrantes.

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A Heredia le dicen “Nene”. El “Nene” se sienta frente a los magistrados para que le tomen los datos personales. Empiezan las preguntas. Cuenta que nació en Laguna Larga el 17 de febrero de 1983. Cuenta que es soltero pero que vivió en concubinato. Cuenta que tiene cuatro hijos —dos con una mujer y los restantes con otra— (4, 5, 9 y 10 años). Cuenta que cursó hasta segundo año del secundario. Cuenta que tenía una empresa de cargas, que era propietario de dos camiones (transportaba cereales) y que antes se había desempeñado como chofer. Cuenta que cobraba alrededor de 90 mil pesos. Cuenta que se hacía cargo de la manutención de sus hijos. Cuenta que no consume drogas ni alcohol. Cuenta que sólo fuma cigarrillos. Cuenta que fue absuelto en un juicio, en 2017, por una causa de extorsión en el que, sin embargo, condenaron a la madre. Cuenta que también estuvo preso por encubrimiento y una tentativa de homicidio. Cuenta que tiene dos denuncias en su contra por violencia de género. Responde.

El juez Martínez le pregunta si va a declarar. Heredia se abstiene. Heredia se calla. 

Carlos Caballero es el papá. Gladis Mabel Sánchez, la mamá. Se separaron cuando su hija, que estaba domiciliada en Oliva —donde vivió con el padre hasta los 12— tenía 11. Ella es la primera testigo. El fiscal Márquez comienza a interrogarla. Gladis confirma que el 13 de febrero de 2018, tres días después de que desapareciera Celeste, formuló la denuncia. Y narra la última vez que la vio. Dice que fue un viernes. El viernes 9. Dice que la adolescente fue a la casa de su sobrina a comer un asado. Cuando está allá, de acuerdo a lo que recuerda, la joven le avisa que saldrá a una confitería: La Taberna. Y eso es lo último que sabe y sabrá hasta el día que la encuentran asesinada: el 21 de febrero.

Gladis dice que a Heredia lo conoce solamente por fotos. Y, entre ellos, habrá comunicaciones. Heredia la llamará, prácticamente, todos los días. Gladis dice lo que Heredia le dice: que le ofrece vehículos y dinero para colaborar con la búsqueda. Gladis dice que Heredia llama y le pregunta y le dice que, cuando aparezca, hablará con la adolescente para que no lo haga más. Gladis dice que Heredia quería conocerla, ir a su casa cuando estuviera sola.

—Nunca me esperé que fuera él. Ni el hijo del diablo hace esto. ¿Qué te llevó a hacer esto con mi hija? —le dice y lo mira, lo mira, lo mira.

Las palabras son un grito profundo, son la asfixia del pasado que arremete contra el olvido.

—Nunca me mencionó que estaba saliendo con un hombre grande. Yo lo que pido es justicia. Que se pudra, que no salga nunca más de la cárcel.

Entonces, insultos, lágrimas y familiares que son retirados.

El fiscal continúa preguntando. Y Gladis menciona que Celeste era adicta (entre las drogas que consumía, hizo referencia a pastillas) y que, por ello, intervino el Juzgado de Menores y llegó a estar internada siete días en el Hospital de Niños de Córdoba, luego de un episodio en el que fue encontrada (la madre habló de sobredosis) en la casa de una persona vinculada a ese entorno.

Gladis también alude a otras cosas: dice que “mucho después de hacer la denuncia”, recibe mensajes de texto de su hija. Esos mensajes dicen que estaba en Bell Ville con amigos, y que se encontraba en peligro porque “había robado plata y droga” que después recomercializarían.

Ahora interviene Muñoz. Y Gladis contesta. Dice que tiene diez hijos (9 con el padre de Celeste y 1 con otra persona). Y surge otro nombre: Víctor Hugo Giliberti. El hombre, de 39 años, fue pareja de la mujer. Pero el dato es éste: el 9 de agosto del año pasado lo condenaron, tras estar nueve meses preso, a tres años de prisión de ejecución condicional por abuso sexual agravado reiterado y desobediencia a la autoridad. Los hechos por los que recibió la pena ocurrieron a mediados de 2017 en Oliva. La víctima fue Celeste. Y surge otro nombre: Vanesa Anahí Rojas, de 38 años, oriunda de Tucumán pero también radicada en Oliva . El 4 de diciembre del año pasado la sentenciaron a diez años de prisión por promoción a la corrupción de menores y promoción o facilitación a la prostitución. Una de sus víctimas, Celeste.

Celeste, siempre, la víctima.

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Los jueces disponen un cuarto intermedio de cinco minutos. Se regresa y, finalmente, se decide que el juicio continúe hoy a las nueve y media de la mañana. Pero antes, se incorpora por la lectura el testimonio de Carlos, el padre.

La Cámara se vacía. Son casi las doce y media. En el umbral de Tribunales, el perro ahora duerme, como si no perteneciera a este mundo, a la sombra de una pequeña palmera. El animal está ahí, hundido en el abismo de una tarde que se anuncia tibia y cercana. El animal está ahí, desapercibido para aquellos que no conocen otra cosa que el tiempo.



Franco Gerarduzzi.  Redacción Puntal Villa María

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