Cuando las matan por ser mujeres
Osvaldo Alfredo Varela (55) fue condenado a prisión perpetua, con declaración de reincidencia, por el femicidio de Olga Inés Moyano (46) y por otros delitos. El brutal crimen ocurrió en junio de 2017, en el barrio Ameghino
Las luces están encendidas. Hay dos atriles apoyados contra la pared. Los jurados populares ocupan sus lugares en dos filas que se extienden a un costado de la sala. Expedientes, papeles y códigos se apilan sobre el pupitre donde se sentará el fiscal Francisco Márquez. Desde una carpeta asoma el borde de algunas fotografías. Hay una botella de agua. Aún no son las nueve y media de la mañana.
—¿Los ocho titulares ya están verdad? ¿Las cuatro mujeres y los cuatro varones?—, pregunta el responsable de la Oficina de Jurados Populares del Tribunal Superior de Justicia de Córdoba, Marcelo Gilli.
La respuesta es un susurro que se pierde en la sala.
Un policía se acerca a quienes decidirán sobre la culpabilidad o inocencia del acusado y también les entrega una botella de agua.
—Usted va a pasar a ser titular—, le dice Gabriela Sanz, la secretaria, a uno de las personas, porque otro de los integrantes no puede asistir.
Se saca una selfie. Casi todos los demás jurados populares conversan. Sólo una mujer lee los papeles que entregó Gilli y que constituyen un trámite habitual. Quizás ya lleven casi una hora allí. Ahora ingresa Patricia González, otra de las secretarias. A la derecha del fiscal, el abogado Sebastián Elía, que representa a los hijos (constituidos en querellantes particulares) de la víctima, revisa una carpeta sobre su escritorio. Otros funcionarios judiciales, entretanto, charlan. Detrás, en las bancas destinadas a la prensa y al público, otro letrado observa en silencio.
—Buen día—, dice Silvina Muñoz, la asesora letrada del acusado, e ingresa. Viste de negro. Deja el bolso en su silla. Tiene un llavero en las manos. Habla con Márquez. Dos policías, en el fondo, aguardan.
Faltan diez para las diez. Acompañado por dos efectivos, aparece Osvaldo Alfredo Varela (55), imputado por el femicidio de Olga Inés Moyano (46). Mira el suelo. Avanza hasta el banquillo. Le quitan las esposas. Y queda allí, desnudo, como lo que es: un hombre de un metro ochenta y 140 kilos al que sólo le quedan pesadillas en los ojos y vergüenza en las manos. Llegan, ahora, un varón y dos mujeres. Lo ven. Él, que asesinó a su madre, los ojea, pero por unos segundos. Parece desorientado. Aunque, tal vez, indiferente. Y, minutos después, parecerá dormido.
El recinto se colma. Sanz comienza a nombrar a aquellos que fueron ofrecidos como testigos y que, por ello, no pueden estar presentes. Tres personas deben retirarse.
—Apaguen los celulares—, se escucha afuera.
Son las diez y diez. Se oyen los pasos. Se aproximan los jueces. Todos de pie.
Eve Flores preside el debate junto a Félix Martínez y Edith Lezama de Pereyra, los vocales. Llegó el momento de tomar juramento: Por Dios, la Patria y los Santos Evangelios fue la fórmula que eligieron todos.
Los hechos
Sanz lee la pieza acusatoria. El primero de los hechos por los que está acusado ocurrió, según se informa, durante un viernes o sábado de noviembre o diciembre de 2015. Desde la esquina de Jujuy e Intendente Maciel, Varela, a bordo de un taxi, se dirigió junto a una trabajadora sexual a un hotel alojamiento, situado en Buenos Aires al 2300. Llegaron. La mujer le solicitó dinero para abonar el precio de la habitación. Él se lo dio. Ella descendió y pagó, mientras el imputado cancelaba la cuenta del viaje. Todo ocurrió en la habitación cuatro. Varela fue al baño y cuando regresó, la mujer lo esperaba, como él le había pedido, boca abajo. Se trepó encima. Y le pidió el dinero.
—No grités porque te mato—, le dijo, mientras sostenía un cuchillo de carnicero.
La damnificada se resistió. El agresor le realizó un corte en el hombro. Intentó atarla pero ella continuó forcejeando. Pidió auxilio. La amenazó otra vez. Ella gritó. Varela tomó el cabello de la mujer y se lo introdujo junto a su mano en la boca con la intención de matarla. Perdió el conocimiento. Pero, mientras esto ocurría, los gritos habían llegado a uno de los cuartos colindantes. Allí había otra trabajadora sexual que avisó a los empleados del lugar. Fueron a la pieza. Le exigieron que saliera. Abrió. Y, ante la escena, aprovechó el desconcierto de quienes acudieron en rescate de la mujer (que yacía en la cama sin moverse) y huyó. Por ese episodio, se lo acusó de robo calificado en grado de tentativa y homicidio doblemente calificado por criminis causae y violencia de género, también en grado de tentativa.
Dos años después, en mayo, se registró otro ilícito. Junto a otro individuo que no fue identificado, fueron en moto hasta un comercio de venta de indumentaria para niños, que se encuentra ubicado en Salta y Parajón Ortiz. Varela descendió del vehículo y entró al local. Apoyó sobre el mostrador una bolsa. Extrajo un cuaderno y, luego, un objeto corto-punzante. Le pidió el dinero (mil pesos) de la caja a la empleada a la que, además, le robó cinco anillos y un bolso donde tenía la billetera, documentación y el celular. También se apoderó de prendas y escapó.
El 31 de ese mismo mes, minutos antes de las dos de la tarde, fue hasta una obra social localizada en 25 de Mayo al 100. Como en el caso anterior, desde una bolsa extrajo, esta vez, un arma de utilería y le apuntó a las mujeres que atendían.
—Dame la plata, dame la plata y callensé—, dijo.
Ellas respondieron que sólo tenían cheques. Y, así, el hombre se llevó 4 valores por 50 mil pesos cada uno, otro por aproximadamente el mismo monto y un último por 76 mil. Después llevó a las víctimas del asalto a una oficina. Las hizo arrodillarse y les exigió el celular. Las damnificadas respondieron que tampoco tenían porque no se los permitían llevar al trabajo. Entonces, Varela se fugó pero, antes, sustrajo el bolso de una de ellas, que contenía un celular, documentación y 3.500 pesos.
***
Eran las tres y cuarto de la tarde del 15 de junio de 2017. De acuerdo a lo que figura en el requerimiento, Moyano y Varela pactaron “un encuentro sexual a cambio de una ayuda económica”. Ella fue en una moto Honda Bis gris hasta La Rioja al 1959, domicilio en el que residía su asesino. Al parecer, según se comunicó, discutieron. Él la golpeó en el rostro. La desnudó y con cables, sogas y otros elementos de sugestión la ató a la cama: la sujetó del cuello, las muñecas y los tobillos.
Denis Barrionuevo es uno de los cuatro hijos de la mujer. Ese día, poco tiempo después de las cuatro y media de la tarde, recibió un llamado.
—Estoy en un control y robaron una moto igual a la mía. Si no venís me la sacan. Estoy frente al Hipódromo, en la ruta 158—, le dijo su madre.
El joven fue. Lo que no sabía, era que Varela había obligado a su víctima a contactarse con él, para que la casa de Moyano quedara vacía. Sin embargo, a las cinco y diez, Barrionuevo fue contactado otra vez por Moyano. Esta vez, llorando, ella le dijo que estaba en el Hospital Regional Pasteur.
—Andá y preguntá por mí. Te van a dejar pasar—, le comentó.
Se dirigió al centro de salud. Y tras cuarenta minutos, tampoco la halló.
Varela, mientras y con la mujer amarrada, le robó su bolso con un celular, elementos de peluquería, una billetera y la llave de su vivienda. A las cinco y veinte salió de la casa, caminó hasta Parajón Ortiz y tomó un taxi hacia Malvinas Argentinas al 1600, donde vivía Moyano. Entró y robó 2 mil pesos, un catálogo con productos, una netbook, una calculadora científica y otro teléfono. Y, antes de irse, limpió el picaporte de la puerta lateral por la que había ingresado. Subió a otro taxi y se detuvo a metros de su hogar.
Moyano seguía en la cama. Varela la tocó y la fotografió. Con un cuchillo la hirió en el abdomen, en el monte de venus y en la espalda le realizó una inscripción insultante con el arma blanca. Y la ultimó: apretó la soga de su cuello hasta asfixiarla (la causa de su deceso es muerte por estrangulamiento).
Consumó el crimen y decidió desprenderse de las pertenencias que podrían vincularlo al hecho. La motocicleta la abandonó en López y Planes al 400. El bolso lo tiró en un cesto en Alberdi a la misma altura. A los demás objetos, también los arrojó en el sector.
Regresó. Le amputó los miembros inferiores y guardó los restos de la mujer en bolsas de consorcio que trasladó, en una bicicleta, hasta un contenedor cercano. A la mañana siguiente, un albañil encontraría el cuerpo. Y la jornada siguiente, Varela sería atrapado en la Terminal de Ómnibus de San Francisco, cuando intentaba sacar un pasaje hacia Santa Fe.
Franco Gerarduzzi. Redacción Puntal Villa María
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—¿Los ocho titulares ya están verdad? ¿Las cuatro mujeres y los cuatro varones?—, pregunta el responsable de la Oficina de Jurados Populares del Tribunal Superior de Justicia de Córdoba, Marcelo Gilli.
La respuesta es un susurro que se pierde en la sala.
Un policía se acerca a quienes decidirán sobre la culpabilidad o inocencia del acusado y también les entrega una botella de agua.
—Usted va a pasar a ser titular—, le dice Gabriela Sanz, la secretaria, a uno de las personas, porque otro de los integrantes no puede asistir.
Se saca una selfie. Casi todos los demás jurados populares conversan. Sólo una mujer lee los papeles que entregó Gilli y que constituyen un trámite habitual. Quizás ya lleven casi una hora allí. Ahora ingresa Patricia González, otra de las secretarias. A la derecha del fiscal, el abogado Sebastián Elía, que representa a los hijos (constituidos en querellantes particulares) de la víctima, revisa una carpeta sobre su escritorio. Otros funcionarios judiciales, entretanto, charlan. Detrás, en las bancas destinadas a la prensa y al público, otro letrado observa en silencio.
—Buen día—, dice Silvina Muñoz, la asesora letrada del acusado, e ingresa. Viste de negro. Deja el bolso en su silla. Tiene un llavero en las manos. Habla con Márquez. Dos policías, en el fondo, aguardan.
Faltan diez para las diez. Acompañado por dos efectivos, aparece Osvaldo Alfredo Varela (55), imputado por el femicidio de Olga Inés Moyano (46). Mira el suelo. Avanza hasta el banquillo. Le quitan las esposas. Y queda allí, desnudo, como lo que es: un hombre de un metro ochenta y 140 kilos al que sólo le quedan pesadillas en los ojos y vergüenza en las manos. Llegan, ahora, un varón y dos mujeres. Lo ven. Él, que asesinó a su madre, los ojea, pero por unos segundos. Parece desorientado. Aunque, tal vez, indiferente. Y, minutos después, parecerá dormido.
El recinto se colma. Sanz comienza a nombrar a aquellos que fueron ofrecidos como testigos y que, por ello, no pueden estar presentes. Tres personas deben retirarse.
—Apaguen los celulares—, se escucha afuera.
Son las diez y diez. Se oyen los pasos. Se aproximan los jueces. Todos de pie.
Eve Flores preside el debate junto a Félix Martínez y Edith Lezama de Pereyra, los vocales. Llegó el momento de tomar juramento: Por Dios, la Patria y los Santos Evangelios fue la fórmula que eligieron todos.
Los hechos
Sanz lee la pieza acusatoria. El primero de los hechos por los que está acusado ocurrió, según se informa, durante un viernes o sábado de noviembre o diciembre de 2015. Desde la esquina de Jujuy e Intendente Maciel, Varela, a bordo de un taxi, se dirigió junto a una trabajadora sexual a un hotel alojamiento, situado en Buenos Aires al 2300. Llegaron. La mujer le solicitó dinero para abonar el precio de la habitación. Él se lo dio. Ella descendió y pagó, mientras el imputado cancelaba la cuenta del viaje. Todo ocurrió en la habitación cuatro. Varela fue al baño y cuando regresó, la mujer lo esperaba, como él le había pedido, boca abajo. Se trepó encima. Y le pidió el dinero.
—No grités porque te mato—, le dijo, mientras sostenía un cuchillo de carnicero.
La damnificada se resistió. El agresor le realizó un corte en el hombro. Intentó atarla pero ella continuó forcejeando. Pidió auxilio. La amenazó otra vez. Ella gritó. Varela tomó el cabello de la mujer y se lo introdujo junto a su mano en la boca con la intención de matarla. Perdió el conocimiento. Pero, mientras esto ocurría, los gritos habían llegado a uno de los cuartos colindantes. Allí había otra trabajadora sexual que avisó a los empleados del lugar. Fueron a la pieza. Le exigieron que saliera. Abrió. Y, ante la escena, aprovechó el desconcierto de quienes acudieron en rescate de la mujer (que yacía en la cama sin moverse) y huyó. Por ese episodio, se lo acusó de robo calificado en grado de tentativa y homicidio doblemente calificado por criminis causae y violencia de género, también en grado de tentativa.
Dos años después, en mayo, se registró otro ilícito. Junto a otro individuo que no fue identificado, fueron en moto hasta un comercio de venta de indumentaria para niños, que se encuentra ubicado en Salta y Parajón Ortiz. Varela descendió del vehículo y entró al local. Apoyó sobre el mostrador una bolsa. Extrajo un cuaderno y, luego, un objeto corto-punzante. Le pidió el dinero (mil pesos) de la caja a la empleada a la que, además, le robó cinco anillos y un bolso donde tenía la billetera, documentación y el celular. También se apoderó de prendas y escapó.
El 31 de ese mismo mes, minutos antes de las dos de la tarde, fue hasta una obra social localizada en 25 de Mayo al 100. Como en el caso anterior, desde una bolsa extrajo, esta vez, un arma de utilería y le apuntó a las mujeres que atendían.
—Dame la plata, dame la plata y callensé—, dijo.
Ellas respondieron que sólo tenían cheques. Y, así, el hombre se llevó 4 valores por 50 mil pesos cada uno, otro por aproximadamente el mismo monto y un último por 76 mil. Después llevó a las víctimas del asalto a una oficina. Las hizo arrodillarse y les exigió el celular. Las damnificadas respondieron que tampoco tenían porque no se los permitían llevar al trabajo. Entonces, Varela se fugó pero, antes, sustrajo el bolso de una de ellas, que contenía un celular, documentación y 3.500 pesos.
***
Eran las tres y cuarto de la tarde del 15 de junio de 2017. De acuerdo a lo que figura en el requerimiento, Moyano y Varela pactaron “un encuentro sexual a cambio de una ayuda económica”. Ella fue en una moto Honda Bis gris hasta La Rioja al 1959, domicilio en el que residía su asesino. Al parecer, según se comunicó, discutieron. Él la golpeó en el rostro. La desnudó y con cables, sogas y otros elementos de sugestión la ató a la cama: la sujetó del cuello, las muñecas y los tobillos.
Denis Barrionuevo es uno de los cuatro hijos de la mujer. Ese día, poco tiempo después de las cuatro y media de la tarde, recibió un llamado.
—Estoy en un control y robaron una moto igual a la mía. Si no venís me la sacan. Estoy frente al Hipódromo, en la ruta 158—, le dijo su madre.
El joven fue. Lo que no sabía, era que Varela había obligado a su víctima a contactarse con él, para que la casa de Moyano quedara vacía. Sin embargo, a las cinco y diez, Barrionuevo fue contactado otra vez por Moyano. Esta vez, llorando, ella le dijo que estaba en el Hospital Regional Pasteur.
—Andá y preguntá por mí. Te van a dejar pasar—, le comentó.
Se dirigió al centro de salud. Y tras cuarenta minutos, tampoco la halló.
Varela, mientras y con la mujer amarrada, le robó su bolso con un celular, elementos de peluquería, una billetera y la llave de su vivienda. A las cinco y veinte salió de la casa, caminó hasta Parajón Ortiz y tomó un taxi hacia Malvinas Argentinas al 1600, donde vivía Moyano. Entró y robó 2 mil pesos, un catálogo con productos, una netbook, una calculadora científica y otro teléfono. Y, antes de irse, limpió el picaporte de la puerta lateral por la que había ingresado. Subió a otro taxi y se detuvo a metros de su hogar.
Moyano seguía en la cama. Varela la tocó y la fotografió. Con un cuchillo la hirió en el abdomen, en el monte de venus y en la espalda le realizó una inscripción insultante con el arma blanca. Y la ultimó: apretó la soga de su cuello hasta asfixiarla (la causa de su deceso es muerte por estrangulamiento).
Consumó el crimen y decidió desprenderse de las pertenencias que podrían vincularlo al hecho. La motocicleta la abandonó en López y Planes al 400. El bolso lo tiró en un cesto en Alberdi a la misma altura. A los demás objetos, también los arrojó en el sector.
Regresó. Le amputó los miembros inferiores y guardó los restos de la mujer en bolsas de consorcio que trasladó, en una bicicleta, hasta un contenedor cercano. A la mañana siguiente, un albañil encontraría el cuerpo. Y la jornada siguiente, Varela sería atrapado en la Terminal de Ómnibus de San Francisco, cuando intentaba sacar un pasaje hacia Santa Fe.
Franco Gerarduzzi. Redacción Puntal Villa María