“No hay mayor femicidio que tratar al cuerpo de una mujer como un desecho”
Así lo afirmó el fiscal Francisco Márquez en el marco de su alegato, que se extendió por poco más de una hora. Previo a que se dicte el veredicto, Varela tuvo la última palabra: le agradeció a su asesora letrada. Y se quedó en silencio
Una vez finalizada la lectura de la pieza acusatoria, Márquez opta por no presentar el caso. Elía expresa que la querella sostendrá la acusación.
—La mató porque es mujer. Les voy a pedir que den su veredicto de culpabilidad—, dice el abogado y hace énfasis en la violencia machista.
Muñoz, por su parte, se presenta.
—A ustedes les corresponde la delicada tarea de decidir—, comenta.
Y expone que ella sólo discutirá la “validez constitucional de la pena”, que para estos casos, es prisión perpetua.
Varela se para. Es el momento del interrogatorio. Nació en Tránsito, localidad situada a 170 kilómetros de Villa María. Es soltero y no tiene hijos. Previo a su arresto, se desempeñaba como albañil y plomero.
—¿Consume alcohol al punto de considerarse alcohólico?—, pregunta la jueza Flores.
—Sí, totalmente—, responde.
Registra antecedentes. Su última condena fue el 2 de junio de 2010 por un robo calificado, y recibió la pena de 5 años y 6 meses. La cumplió en su totalidad.
—Va o no va a declarar—, le consulta la magistrada.
—Sí. Me hago responsable de los hechos tal cual fueron leídos—, dice, y vuelve al banquillo
***
El fiscal Márquez pide la palabra. Y reformula el hecho. Precisa que se pactó un encuentro pero aclara que no fue sexual. Porque Moyano era peluquera y empleada doméstica. Y, así, acusa a Varela de abuso gravemente ultrajante porque, como se detalló, le tocó su sexo.
Se solicita un cuarto intermedio. Familiares, amigos y allegados de la víctima esperan en los pasillos del quinto piso de Tribunales que, en ese momento, parece el único. Algunos salen a la calle. Se llora, se putea, se fuma. En ese orden. Casi no se habla.
Se regresa a la Cámara. Varela, a raíz de la modificación del hecho, debe decidir si declara. Lo hace. Y, nuevamente, confiesa.
***
—Pido que, a partir de ahora, el debate sea a puertas cerradas—, requirió Márquez debido a que, durante su alegato, se exhibirán fotografías del crimen.
La querella, al igual que Muñoz, no se opone.
Sin embargo, el Tribunal decide que se continúe desarrollando la audiencia a puertas abiertas.
Hay que alegar. Márquez se pone de pie. Toma uno de los atriles y lo ubica frente a los jurados populares. Hace un relato minucioso de todos los hechos y repasa absolutamente todas las pruebas que fueron recolectadas en una exhaustiva investigación llevada adelante por Silvia Maldonado, la fiscal de Instrucción del Primer Turno.
—Despostaba reses en la cocina de la cárcel—, comenta en uno de los pasajes de su alocución.
Después de poco más de una hora de alegato, el representante del Ministerio Público Fiscal concluye, habiendo descubierto las imágenes del otro atril para que hablen por sí solas.
—No hay mayor femicidio que tratar al cuerpo de una mujer como un desecho—, sentencia.
Y eso basta. Las hijas de Moyano lloran. Denis las toma de las manos.
Termina con la presentación de los argumentos en vinculación al episodio. Y sigue: revisa las otras acusaciones y solicita que Varela sea condenado a prisión perpetua, con declaración de reincidencia, por los delitos de privación ilegítima de la libertad, robo, violación de domicilio, abuso sexual gravemente ultrajante, homicidio triplemente calificado por alevosía, violencia de género y criminis causae (todos ilícitos por el femicidio). Además solicita la pena por robo calificado en grado de tentativa y homicidio doblemente calificado por el caso contra la trabajadora sexual y, por último, también lo hace por los dos hechos de robo contra el comercio y la obra social.
Es el turno de Elía. Adhiere al planteo de Márquez y reconoce el trabajo de Maldonado y la Policía.
Finalmente, Muñoz recuerda que Varela confesó “libre y voluntariamente” su responsabilidad y aclara, como recordó antes, que sólo cuestionará la inconstitucionalidad de la pena respecto a que, de acuerdo con lo que describió, viola diferentes principios como el de la meta sociabilizadora, el de legalidad y el de división de poderes.
Márquez, a raíz del pronunciamiento de la asesora letrada, rechaza el planteo.
La penúltima palabra es la posibilidad que tiene la querella de hablar antes de que termine la audiencia. Los hijos de Moyano se quedan en silencio. En contrapartida, Varela, sí habla: le agradece a Muñoz por defenderlo en un caso de femicidio.
Se propone otro cuarto intermedio. Se almuerza. Se espera. Se delibera.
Son las tres de la tarde. Varela aparece otra vez. Está sentado. Se dicta el veredicto. Los jurados populares, por mayoría, lo encuentran culpable. Entonces, prisión perpetua con declaración de reincidencia (y, por ello, sin posibilidad de solicitar la libertad condicional). Muñoz escucha y, mientras, gira una lapicera entre sus manos. La sala comienza a vaciarse.
Los hijos de Moyano miran a Varela. Ya no como lo que es, sino como lo que será: una sombra en la sombra.
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—La mató porque es mujer. Les voy a pedir que den su veredicto de culpabilidad—, dice el abogado y hace énfasis en la violencia machista.
Muñoz, por su parte, se presenta.
—A ustedes les corresponde la delicada tarea de decidir—, comenta.
Y expone que ella sólo discutirá la “validez constitucional de la pena”, que para estos casos, es prisión perpetua.
Varela se para. Es el momento del interrogatorio. Nació en Tránsito, localidad situada a 170 kilómetros de Villa María. Es soltero y no tiene hijos. Previo a su arresto, se desempeñaba como albañil y plomero.
—¿Consume alcohol al punto de considerarse alcohólico?—, pregunta la jueza Flores.
—Sí, totalmente—, responde.
Registra antecedentes. Su última condena fue el 2 de junio de 2010 por un robo calificado, y recibió la pena de 5 años y 6 meses. La cumplió en su totalidad.
—Va o no va a declarar—, le consulta la magistrada.
—Sí. Me hago responsable de los hechos tal cual fueron leídos—, dice, y vuelve al banquillo
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El fiscal Márquez pide la palabra. Y reformula el hecho. Precisa que se pactó un encuentro pero aclara que no fue sexual. Porque Moyano era peluquera y empleada doméstica. Y, así, acusa a Varela de abuso gravemente ultrajante porque, como se detalló, le tocó su sexo.
Se solicita un cuarto intermedio. Familiares, amigos y allegados de la víctima esperan en los pasillos del quinto piso de Tribunales que, en ese momento, parece el único. Algunos salen a la calle. Se llora, se putea, se fuma. En ese orden. Casi no se habla.
Se regresa a la Cámara. Varela, a raíz de la modificación del hecho, debe decidir si declara. Lo hace. Y, nuevamente, confiesa.
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—Pido que, a partir de ahora, el debate sea a puertas cerradas—, requirió Márquez debido a que, durante su alegato, se exhibirán fotografías del crimen.
La querella, al igual que Muñoz, no se opone.
Sin embargo, el Tribunal decide que se continúe desarrollando la audiencia a puertas abiertas.
Hay que alegar. Márquez se pone de pie. Toma uno de los atriles y lo ubica frente a los jurados populares. Hace un relato minucioso de todos los hechos y repasa absolutamente todas las pruebas que fueron recolectadas en una exhaustiva investigación llevada adelante por Silvia Maldonado, la fiscal de Instrucción del Primer Turno.
—Despostaba reses en la cocina de la cárcel—, comenta en uno de los pasajes de su alocución.
Después de poco más de una hora de alegato, el representante del Ministerio Público Fiscal concluye, habiendo descubierto las imágenes del otro atril para que hablen por sí solas.
—No hay mayor femicidio que tratar al cuerpo de una mujer como un desecho—, sentencia.
Y eso basta. Las hijas de Moyano lloran. Denis las toma de las manos.
Termina con la presentación de los argumentos en vinculación al episodio. Y sigue: revisa las otras acusaciones y solicita que Varela sea condenado a prisión perpetua, con declaración de reincidencia, por los delitos de privación ilegítima de la libertad, robo, violación de domicilio, abuso sexual gravemente ultrajante, homicidio triplemente calificado por alevosía, violencia de género y criminis causae (todos ilícitos por el femicidio). Además solicita la pena por robo calificado en grado de tentativa y homicidio doblemente calificado por el caso contra la trabajadora sexual y, por último, también lo hace por los dos hechos de robo contra el comercio y la obra social.
Es el turno de Elía. Adhiere al planteo de Márquez y reconoce el trabajo de Maldonado y la Policía.
Finalmente, Muñoz recuerda que Varela confesó “libre y voluntariamente” su responsabilidad y aclara, como recordó antes, que sólo cuestionará la inconstitucionalidad de la pena respecto a que, de acuerdo con lo que describió, viola diferentes principios como el de la meta sociabilizadora, el de legalidad y el de división de poderes.
Márquez, a raíz del pronunciamiento de la asesora letrada, rechaza el planteo.
La penúltima palabra es la posibilidad que tiene la querella de hablar antes de que termine la audiencia. Los hijos de Moyano se quedan en silencio. En contrapartida, Varela, sí habla: le agradece a Muñoz por defenderlo en un caso de femicidio.
Se propone otro cuarto intermedio. Se almuerza. Se espera. Se delibera.
Son las tres de la tarde. Varela aparece otra vez. Está sentado. Se dicta el veredicto. Los jurados populares, por mayoría, lo encuentran culpable. Entonces, prisión perpetua con declaración de reincidencia (y, por ello, sin posibilidad de solicitar la libertad condicional). Muñoz escucha y, mientras, gira una lapicera entre sus manos. La sala comienza a vaciarse.
Los hijos de Moyano miran a Varela. Ya no como lo que es, sino como lo que será: una sombra en la sombra.