Su historia con la celeste y blanca nunca fue sencilla. Tampoco necesitó serlo para convertirse en una de las más grandes que haya construido un futbolista con su país.
Messi debutó el 17 de agosto de 2005 ante Hungría y apenas 43 segundos después de ingresar recibió una tarjeta roja. Salió entre lágrimas. Aquel comienzo parecía escrito para otra historia, una de esas que terminan antes de empezar.
Pero siguió.
Llegaron los Mundiales, las Copas América y también las derrotas que durante años parecieron pesar más que sus goles. Estuvo en el equipo que perdió la final de la Copa América 2007, sufrió la eliminación ante Alemania en Sudáfrica 2010 y soportó una nueva caída en la Copa América 2011.
Después llegaron las finales perdidas de Brasil 2014, Chile 2015 y la Copa América Centenario 2016. Cada derrota alimentó una discusión que parecía interminable. Se cuestionaba su liderazgo, su rendimiento y hasta su compromiso con la camiseta. Messi cargaba con una comparación permanente con Diego Maradona y con una exigencia que pocas veces tuvo un jugador argentino.
En 2016, después de perder otra final por penales ante Chile, dijo: “Se terminó”. Parecía el final.
No lo fue.
Volvió porque todavía había algo pendiente. Y esa decisión terminó cambiando para siempre su historia con la Selección.
Del peso de las finales a la gloria
Con Lionel Scaloni al frente del equipo apareció otra Argentina. Messi encontró un grupo que lo acompañó, un lugar diferente dentro del plantel y, finalmente, los títulos que durante tanto tiempo se le habían negado.
En 2021, en el Maracaná, llegó la primera gran respuesta: Argentina derrotó a Brasil y Messi levantó su primera Copa América con la Selección mayor.
Un año después, en Wembley, llegó la Finalissima ante Italia. Fue otro título y otra señal de que aquella generación estaba preparada para algo todavía mayor.
Qatar 2022 terminó de cerrar la discusión.
Messi marcó dos goles en la final ante Francia, participó de una definición inolvidable y levantó la Copa del Mundo después de una carrera en la que había pasado de las lágrimas de su debut a la imagen que millones de argentinos esperaron durante décadas.
Aquella noche dejó de ser una deuda.
El Mundial no borró las derrotas anteriores. Las hizo parte del camino.
Después llegó otro título continental en la Copa América 2024, con Messi nuevamente como referente de un equipo que consiguió sostener una era de éxitos inédita para la Selección.
El último capítulo
Ahora el final tiene otro significado.
Messi ya no necesita demostrar nada. No necesita convencer a quienes alguna vez lo cuestionaron ni responder a quienes lo compararon durante años. La camiseta argentina ya tiene asociadas a su nombre imágenes que forman parte de la historia: el llanto de aquel debut, las finales perdidas, el “se terminó”, el abrazo después de cada título y, sobre todo, aquella Copa levantada en Qatar.
Por eso la despedida duele.