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Carlos Pellegrini: barrio de galpones, sulkys y casas de hierro centenarias

 
Visto desde lo alto, el barrio Carlos Pellegrini es de un absoluto color plateado. Un triángulo irregular resplandeciente por la techumbre de sus galpones. Pero también es un sector rayado de calles de tierra y verdes manchas de algarrobo virgen. Y quizás estos tres colores; el plomo, la esmeralda y el ocre, lo definan mejor que cualquier sociología. Porque en ese cromatismo se resume el fabuloso cruce entre el mundo rural, metalúrgico y suburbano. Ese que el Carlos Pellegrini ostenta como nadie en Villa María. 

Acoplados abandonados

De hecho, en sus calles pueden vivir durante meses los acoplados de un camión inservible; como ballenas que vienen a morir a la arena del mar. O verse tantos sulkys como hace cien años, cuando el barrio era apenas un caserío de las afueras y los peones pasaban junto a una procesión de vacas rumbo a la feria. Al punto que en la intersección de Parajón Ortiz y Bulevar Argentino aún se levanta, como un viejo almacén de la memoria, el “Autoservicio Gaido”; una construcción de ladrilo visto de más de cien años.

Cuentan los memoriosos que en esa misma esquina había una panadería y lechería donde los campesinos hacían un alto con sus animales, costumbre que se mantuvo hasta entrado el siglo veinte. 

Y algo de ese ascendente rural puede respirarse aún en tantos caballos trotando en la calle o en los chanchos que algunos vecinos crían o en los chicos que caminan descalzos por calles embarradas como si fueran la continuidad de un porquerizo. 

Sin embargo y con el paso del tiempo, el triángulo equilátero del barrio fue quedando enclavado en el centro. Y esa nueva situación lo fue modificando. Porque de haber sido el último bastión civilizado previo al monte, hoy se ha convertido en una suerte de tierra baldía entre barrio Trinitarios, Ameghino, Nicolás Avellaneda, y los campos sin loteo del norte hacia donde crece la ciudad. Y esta nueva situación de “cercano y aislado”, hizo que el barrio fuera apto para la instalación de galpones. Desde talleres mecánicos y metalúrgicos hasta carpinterías, depósitos o garages para camiones. Porque luego del sulky y debido a su proximidad con la Ruta Pesada, el camión es el vehículo más común del Pellegrini. 

Los hay por todas partes. En la calle, en los hangares o en sitios baldíos que han devenido en precarios estacionamientos. Hay uno muy curioso en calle Independencia; una suerte de playa al aire libre entre dos caserío pobres donde ha llegado la prosperidad. Kioscos y artículos de limpieza han florecido súbitamente a la sombra de los choferes; esos muchachos que siempre están cubriendo acoplados con lonas verdes, limpiando la luneta de un Volvo o engrasando un bolillero.

Hermanas de la misericordia

Al fondo del barrio y cuando el caserío empieza a deshilacharse en borrosas viviendas hasta Intendente Maciel, pueden verse mujeres colgando la ropa como si vivieran en el campo. Y nuevos bares o despensas donde años atrás funcionaran prostíbulos. Es evidente que, debido a su cercanía con la ruta, durante muchos años proliferaron las “casas de citas” para los “marineros del asfalto”. Y también una nueva clase trabajadora de la noche; mujeres y travestis mostrando sus piernas, verdes o rojas bajo el resplandor de un semáforo. Pero luego, cuando los prostíbulos fueron prohibidos, las trabajadoras del amor se camuflaron en bares del camino, plazas o viejas casonas de ladrillo y adobe donde siguieron ejerciendo. 

Y fue, precisamente, debido a la incursión de tantas mujeres en “la vida”, que las Hermanas Adoratrices desembarcaron hace tres décadas en el barrio y levantaron un convento; una alta construcción de ladrillos en Ramiro Suárez e Independencia desde donde hicieron un trabajo conmovedor rescatando a muchas mujeres en situación de prostitución o calle. Una mezcla de diócesis y trabajo social que se volvió hogar.

Tras la partida de las hermanas en 2016, hoy funciona en esa misma esquina el Polo Integral de la Mujer, un refugio para víctimas de violencia de género. Acaso para que aquella piedra angular siga sosteniendo el mismo edificio de la dignidad femenina en el mundo; la misma casa donde no parirá la crueldad ni el álgebra del abandono.

De la Exposición de París a la calle López y Planes

Pero ya que hablamos de casas, sin dudas la más famosa no es de ladrillo visto ni de adobe sino de puro hierro ensamblado. Se trata de la histórica Casa Eiffel, que aún se levanta en López y Planes 870 a escasos metros del Centro Vecinal. Según cuenta la historia, la casa entró al país en 1917. Y según don Raúl Mascambroni, un antiguo mecánico que se crió entre sus paredes, “la casa estaba a orillas de las vías y sólo era utilizada por los ingenieros ingleses. Pero al terminar las obras y volver a Córdoba, la casa quedó obsoleta”.

Mascambroni hace una pausa, mira la fachada desolada como un búnker antiatómico blindado antes de la guerra, y prosigue.

“El cuñado de mi padre, don Eduardo Perazzio, se había comprado este terreno y quería contruir; pero no tenía plata. Entonces mi viejo le dijo “¿por qué no te comprás la casilla del ferrocarril que la acaban de poner en venta? Yo te presto. Pero metéle que es un buen negocio”. Te estoy hablando de los años treinta... Perazzio aceptó y un día mi viejo le ayudó a desarmar la casilla. La trajeron entera y la armaron al otro día. Me contó que tenía 2600 tornillos exactos... En ese tiempo, nadie sabía que la casa era de Eiffel. Pero ahora es una de las casas más famosas de la ciudad y está en venta”, dice don Raúl, señalando las rejas donde el loro y el torno de don Perazzio parecen haberse callado para darle lugar a la música de la lluvia.

De templos, estadios y plazas para el Cid

La plaza con más robles de la ciudad está en barrio Pellegrini, y se llama Alfredo Palacios. Se trata de una manzana como un Edén frente a la escuela Juana Manso, allí donde los chicos todavía juegan al fútbol en el recreo, con pelotas descascaradas un patio polvoriento; ensuciándose los guardapolvos con el polvo que no guarda el olvido sino la sagrada memoria de la niñez. La cancha de fútbol emblemática (y una de las más importantes del baby Fútbol de toda la ciudad) es la de Los Campeadores en calle Teniente Ibáñez. Allí, muchos “cracks” de la Juana Manso pasan de la escuela al entrenamiento sin ir siquiera a sus casas, cambiando el blanco de sus delantales por el diseño holandés en naranja y negro de la casaca del “Cid”; y volviendo de noche por calles oscuras con el cansancio redentor de la pelota.

El templo del barrio es la capilla Nuestra Señora del Cármen; una casita a dos aguas pintada de amarillo huevo dándole la espalda al ocaso. Casi una iglesia metodista norteamericana que enciende su luz contra la noche.

Y cuando la tarde apaga lentamente sus luces y se encienden los focos de la calle como en un teatro al aire libre, los colores del barrio se vuelven vivos y evanescentes. Fugaces como el plateado en sombras; lento como un río de sulkys por las calles del color del río; espesos como el mugido de las vacas entre los algarrobos. 

Y así, brillados por los focos de neón de bajo consumo, el plateado se vuelve cobre enchapado en lo alto. Cúpulas de zinc remachadas como un cielo cóncavo; convirtiendo al barrio Carlos Pellegrini en una misa de latón y cascos de caballos. En esa vieja patria de los galpones.

Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.

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