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“Somos un barrio de casas y abuelos, pero también de jóvenes en los complejos”

Hace cuatro años que Natacha Romero es la presidenta del centro vecinal de barrio Rivadavia, uno de los más antiguos de la ciudad. Habló de los cambios sociales y edilicios operados en los últimos veinte años

Si hubiese que señalar una característica de barrio Rivadavia, diría que concentra el mayor número de casas revocadas con vidrio de toda la ciudad; una artesanía que fuera marca registrada en los años sesenta y que desapareció. Quizás ese detalle venga a confirmar que la “época dorada” del barrio ya pasó. La de esos albañiles que molían botellas de cerveza para pegar sus esquirlas a la pared; muros esmaltados de jade oscuro como las murallas de Babilonia.

Sin embargo, la otra característica del barrio es que, colindando con aquellas viviendas, se levanta el mayor número de “complejos de departamentos” de la ciudad. Se trata de pequeños edificios de no más de dos pisos de altura que, a diferencia de muchos abuelos que moran en las casas antiguas, concentran a jóvenes estudiantes de la región o sencillamente a villamarienses que se han independizado de sus hogares.

Salón de calle Malvinas Argentinas

Sintetizando el estilo anticuado de las casas y las grandes dimensiones de los edificios, en un salón de calle Malvinas Argentinas con fachada de cine antiguo, se levanta el centro vecinal del barrio. Allí espera su presidenta, Natacha Romero. Y de este modo cuenta su breve historia en el vecinalismo.

“Hace poco que entré. Y hasta febrero del 2015 era primera vocal. Había llegado por una amiga que me pidió integrar la comisión y le dije que sí. Yo soy del barrio de toda la vida y me pareció bien trabajar y ayudar.  Para ese entonces renunció el presidente y después la vice. Así que en junio de ese año, lo que aún quedaba de la comisión me propuso la presidencia y acepté. Hoy apenas si somos tres personas trabajando, pero me cuentan que pasa lo mismo en un montón de barrios. Por cierto que me encanta estar acá”.

-¿Cómo te dividís con el trabajo, la familia y el vecinalismo?

-El centro vecinal te quita mucho tiempo. Yo tengo dos hijas y además atiendo una peluquería en mi casa. Y te juro que no es fácil. Pero me hago un lugar y vengo siempre. Cuando tenemos que tomar una decisión importante, hacemos una reunión. Pero eso pasa pocas veces. Gracias a Dios estamos en un barrio que no tiene muchas necesidades; un barrio que está bien y al que no le falta nada. Es muy antiguo y está cerca de todo. 

-¿No había urgencias cuando entraste?

-Ninguna, excepto que te llamen alguna noche diciéndote “se quemó una luz en la esquina” o por algún problema de seguridad. Fuera de eso, nada. Para que te des una idea, cuando entramos había mucha gente ni siquiera sabía que había una comisión; porque el centro vecinal estuvo ocho años a cargo de una persona que al quedarse sola, no pudo hacer muchos eventos. En cambio apenas entramos nosotros, le dimos otro impulso al salón. 

-¿Por ejemplo?

-Por ejemplo festejando el Día de la Madre y el Día del Niño o haciendo Té-Bingos. Y el barrio se empezó a movilizar; a sentir el salón como un lugar de pertenencia. Y eso estuvo muy bueno. Mucha gente que vivía relativamente lejos de aquí, por las vías o la Olegario Andrada, empezó a venir. Creo que esa reactivación fue un gran aporte. 

-Hablaste de un episodio de inseguridad ¿El Rivadavia es un barrio seguro?

-Sí, es un barrio seguro y tranquilo. Eso que te digo pasó hace dos años con un grupito que no era del barrio y que estaba robando supermercados y almacenes. Pero Policía y Seguridad Ciudadana se reunieron con nosotros, patrullaron, y al poco tiempo esa gente se fue. Esto no quiere decir que no haya casos aislados o chicos que pasan en moto. Pero no como para decir que este es un barrio inseguro. Igual hay sectores más peligrosos...

-¿Como cuáles?

-A orillas de las vías, por ejemplo. Por eso queremos que  cambien la luminaria de Avenida Yrigoyen. Porque son unos focos viejos de luz amarilla que no alumbran nada. Y eso, sumado a los yuyos y las lomadas, favorece que alguien se esconda detrás. La gente de ese sector se queja y tiene razón. Estamos en tratativas para reemplazar esa luminaria. En invierno, además, cuando los chicos van al colegio, de  madrugada todavía es de noche y puede ser peligroso para ellos.

-¿Este es un barrio donde se conoce todo el mundo?

-Bueno, por lo menos era así hasta no hace mucho. La gente dice “Rivadavia, barrio de gente grande, de abuelos y de casas viejas”, pero ya no es tan así. Porque también somos un barrio de chicos jóvenes en los complejos. 

-Este es uno de los primeros barrios de la ciudad... 

-Sí. Pero de la gente grande que fue la primera han quedado pocos. Ahora están los hijos o los nietos, que de algún modo han tomado la posta. Pero se han levantado muchos complejos y eso le ha cambiado la fisonomía al barrio. No sólo a nivel edilicio sino también poblacional. Eso permitió que viniera mucha gente. Y por eso es que en el barrio ya no se conoce a toda la gente...

-¿Esos chicos se incorporan a la sociedad del barrio?

-No, para nada. Son chicos que estudian o trabajan y no están en todo el día. Igual es gente tranquila. 

Muchos complejos y ningún espacio verde

-¿Los perjudicó o los benefició la construcción de los complejos?

-Por un lado fue positivo, por la renovación generacional que le dio al barrio. Pero por otro lado nos perjudicó. Ya no quedan espacios verdes ni terrenos. Y a donde vivían diez personas ahora viven cincuenta. En mi casa por ejemplo, tengo cuatro complejos en la misma cuadra. En el patio no tengo sombra y cuando se me termina el agua, el tanque no se me carga hasta la noche. Un bajón...

-Hablabas de la falta de espacios verdes ¿Hay demasiado cemento en barrio Rivadavia?

-Totalmente. Pensá que hasta hace veinte años acá estaba lleno de descampados. Y cuando yo era chica, andábamos en bicicleta todo el día. Y al fondo de la 25 de Mayo haciendo tope con Ramos Mejía, era todo campo. Ahora es una casa al lado de otra y tenemos la necesidad urgente de una plaza porque no hay ni un campito. Hoy, si queremos ir a una plaza, tenemos que cruzar las vías e irnos hasta el espacio verde que hay en el Santa Ana…

-¿Los vecinos no se quejan por la construcción desmedida de complejos?

-No, pero cuando hablás con ello ves bronca e impotencia. El tema es que no podés hacer nada contra eso porque no hay ninguna ordenanza que lo regule. 

-Al margen de que no queden terrenos, el barrio sigue siendo muy codiciado por las inmobiliarias ¿no?

-Exacto. Se debe a que estamos cerca todo. Estamos a dos cuadras de la terminal y a siete del centro. Es un lugar privilegiado donde además tenés de todo; farmacias, verdulerías, despensas, carnicerías... Incluso un supermercado en la avenida. También hay muchas tiendas de ropa, bares y el club Rivadavia, que es muy antiguo. Tenemos, además, un centro médico que es el CAP del barrio. Y para pagar impuestos hay un rapipago y un pagofácil. También la central del correo Oca, la parroquia del Luján y una iglesia evangélica. Incluso una primaria que es la escuela San Martín, aunque vienen más los chicos de otros barrios que los de acá. Pero se puede decir que no nos falta nada.

-Me decías que no tenían un censo de los pobladores ¿Esperan tenerlo?

-Sí. Será para las elecciones de intendente, cuando todos votemos en la escuela del barrio. Ahí se va a saber el número. Estamos esperando ese día para tener el padrón. 

-En este salón hay talleres culturales ¿Eso generó un vínculo con el vecino?

-Sí, porque algunos talleres como el de gimnasia rítmica ya tienen diez años. Y entonces la gente se conoce y se encuentra. Además, tenemos gimnasia localizada y yudo. Y este año largamos con patín y taekwondo, orientado para los más chicos. Otra cosa importante es que los más jóvenes de la comisión han resucitado una cancha de bochas de la parte de atrás. Así que el centro vecinal cada vez está teniendo más vida.



Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María

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