Instrucciones para mirar por una ventana cualquier domingo gris
Es conveniente que llueva. No siempre sucede. En esos casos hay que esperar. Hay que estar con los brazos cruzados. Hay que bostezar mucho. Hay que tener frío un día de verano y no preguntarse por qué. Hay que temblar y elegir un color. El gris es una buena opción. Llorar, de vez en cuando, ayuda a comprenderlo
Para mirar, preferentemente, tiene que ser domingo. Hay que estar solo. No importa dónde: en el balcón de un departamento pequeño, en el mostrador de una verdulería, en la esquina de cualquier calle de cualquier barrio de cualquier ciudad del mundo. No importa dónde: en la boca de la noche, en una cama donde sólo se despiertan cadáveres, en el banco de una plaza deshabitada. No importa dónde: incluso desde uno mismo, desde ese desorden.
Hay que estar solo. Y basta escuchar cómo se respira cuando es medianoche y se tienen palabras pero la voz rota y mañana, otra vez, oscurecerá temprano y uno reventará como proyectiles que se estrellan en el cuerpo equivocado. Es conveniente que llueva. No siempre sucede. En esos casos hay que esperar. Hay que estar con los brazos cruzados. Hay que bostezar mucho. Hay que tener frío un día de verano y no preguntarse por qué.
Hay que temblar y elegir un color. El gris es una buena opción. Llorar, de vez en cuando, ayuda a comprenderlo.
***
Es alguna mañana de 1975 en la Rue Daguerre, en París. Te tocás el mentón. Tu mano parece frágil, acostumbrada a acariciar olvidos. Puedo imaginarlas así, también, a las manos de mi madre, afinando sus gestos después de una vida de insomnio. Tu boca es apenas un trazo que se avergüenza, un secreto. Tus ojos parecen derrotados.
Sin embargo, están inmóviles. Aguardan, como si estuviesen sostenidos por una última agonía. Tu pullover es el eco de un cielo desgastado que cubre los rasgos pálidos de un futuro convaleciente. Es un pedazo de lana desteñida que reviste la soledad de aquellos que llevan tatuada la rutina en las pupilas. Es la corteza de una mujer que se convierte en sombra, que se deshace cuando cae la tarde sobre sus hombros.
Parecés cansada y todo es un fotograma que huele a “inventario suspendido”. Pero te detenés ahí, siempre en el borde de tus misterios. Te apoyás con la prudencia de un gato o un ave sobre el vidrio de la desesperanza. Gravitás como un océano inseguro. Te mecés como una pregunta en los cuadernos del miedo.
Hay que estar solo. Y basta escuchar cómo se respira cuando es medianoche y se tienen palabras pero la voz rota y mañana, otra vez, oscurecerá temprano y uno reventará como proyectiles que se estrellan en el cuerpo equivocado. Es conveniente que llueva. No siempre sucede. En esos casos hay que esperar. Hay que estar con los brazos cruzados. Hay que bostezar mucho. Hay que tener frío un día de verano y no preguntarse por qué.
Hay que temblar y elegir un color. El gris es una buena opción. Llorar, de vez en cuando, ayuda a comprenderlo.
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Es alguna mañana de 1975 en la Rue Daguerre, en París. Te tocás el mentón. Tu mano parece frágil, acostumbrada a acariciar olvidos. Puedo imaginarlas así, también, a las manos de mi madre, afinando sus gestos después de una vida de insomnio. Tu boca es apenas un trazo que se avergüenza, un secreto. Tus ojos parecen derrotados.
Sin embargo, están inmóviles. Aguardan, como si estuviesen sostenidos por una última agonía. Tu pullover es el eco de un cielo desgastado que cubre los rasgos pálidos de un futuro convaleciente. Es un pedazo de lana desteñida que reviste la soledad de aquellos que llevan tatuada la rutina en las pupilas. Es la corteza de una mujer que se convierte en sombra, que se deshace cuando cae la tarde sobre sus hombros.
Parecés cansada y todo es un fotograma que huele a “inventario suspendido”. Pero te detenés ahí, siempre en el borde de tus misterios. Te apoyás con la prudencia de un gato o un ave sobre el vidrio de la desesperanza. Gravitás como un océano inseguro. Te mecés como una pregunta en los cuadernos del miedo.