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A 35 años de la jornada que puso en marcha la “democracia para siempre”

Raúl Alfonsín es la personalidad contemporánea que más acabadamente simboliza valores como honestidad, institucionalidad y democracia. Por Ángel Rozas (Presidente del bloque de la UCR en el Senado)
Hoy se cumplen 35 años del retorno de la democracia, un hecho de una significación histórica para todos nosotros y un mojón en nuestra vida institucional que hasta el día de hoy deja ver su huella, su legado y un horizonte, que nos permita ir despejando resabios de autoritarismo e intolerancia que aún persisten en algunos sectores de nuestro país.

Sin dudas, la fecha histórica es inseparable de la figura del expresidente Raúl Alfonsín y del triunfo en las urnas de la Unión Cívica Radical luego de una intensa campaña que cubrió todo el territorio nacional mientras se cumplían los últimos meses de una dictadura militar que sumergió a la Argentina en el odio, la desconfianza, el terror, la pobreza y las violaciones a los derechos humanos.

La esperanza que derramó aquel triunfo cambió el humor social y nos introdujo en una etapa de refundación social basada en la profunda convicción democrática de Alfonsín y resaltando aquellos valores que él vino a compartir con la sociedad: honestidad, moralidad, humildad, institucionalidad, compromiso y democracia. 

Raúl Alfonsín es la personalidad contemporánea que más acabadamente simboliza en conjunto estos valores. Visionario, comprometido con su tiempo y también con el futuro, Raúl Alfonsín fue un pionero en la lucha por la recuperación de la institucionalidad plena, dispuesto a encontrar una y otra forma de avanzar para proyectar el país hacia una mayor integración política, económica y social. 

Nunca declinó la idea de imaginar la Patria como un patrimonio común, basado en un compromiso colectivo, capaz de superar la fragmentación de la sociedad y trascender los proyectos excluyentes de acumulación de poder. Tampoco quiso resignar la concepción de la nación argentina como una sociedad abierta, que ha sabido incorporar la cultura del trabajo, del espíritu emprendedor, de la fe en la razón y la Justicia. 

Con la honradez que lo caracterizaba, Alfonsín supo comprender como pocos la fuerza inmanente del ejemplo en la vida social y enseñarnos que los adversarios políticos también eran argentinos, con los que construir un país en común. Siendo tan radical como pocos, terminó siendo de todos, como reconocieron sus adversarios políticos. Porque Alfonsín tuvo siempre en perspectiva un nuevo diseño de sociedad y la convicción de que había que promover cambios en la cultura cívica. Y lo hizo con un espíritu sabiamente moderno, capaz de alzar la mirada hacia tiempos más largos. 

Hoy son patrimonio de la democracia argentina muchas medidas que se adoptaron desde el inicio mismo de la transición y que nos permiten comprender la envergadura del proyecto que encarnó Raúl Alfonsín y su vocación republicana. Basta recordar algunas, como la creación de la Conadep y el Nunca Más, el juicio a las juntas militares, la derogación de la ley militar de autoamnistía, la incorporación de numerosos tratados y convenciones de derechos humanos a nuestra legislación interna, la igualación de mujeres y hombres en el ejercicio de la patria potestad. Apostó a la integración latinoamericana, impulsó la creación del Mercosur promoviendo la integración regional, la paz y la vigencia de los derechos humanos en el mundo; impulsó planes nacionales de alimentación y alfabetización dirigidos a los sectores más desprotegidos junto al impulso del cooperativismo. 

Durante su gobierno, se incentivó la participación política en todos los niveles y se respetó como nunca antes la libertad de expresión. A pesar de un sinnúmero de vicisitudes, entre ellas levantamientos militares y presiones de diversa índole, Alfonsín pudo entregar el gobierno a otro presidente elegido en elecciones libres, algo que no había acontecido en más de medio siglo. Su liderazgo promovió cambios en la mentalidad colectiva y en las instituciones de la república, dando impulso al principio de participación popular, como un movimiento destinado a agrandar los espacios de libertad, de bienestar, de amistad civil y de relaciones humanas. Amante de las disidencias, persona obstinada y de fe inquebrantable en una democracia cimentada en el pluralismo y el diálogo. Hacedor de ideas y de proyectos sin autorreferencialidad ni personalismos, generador de consensos. "Sigan a ideas, no sigan a hombres" fue su mensaje a los jóvenes, "Los hombres pasan, las ideas quedan y se transforman en antorchas que mantienen viva a la política democrática". Férreo defensor de la democracia no sólo como un sistema de instituciones, sino como una forma de vida. 

Poco tiempo antes de su fallecimiento, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner le rindió ho- menaje inaugurando un busto en la Casa Rosada y lo identificó como el "Padre de la Democracia". En aquel acto Raúl Alfonsín recordó: "En esta galería de presidentes, conviven aquellos que expresaron e interpretaron esa voluntad del pueblo de forjar un destino propio, con aquellos que fueron impuestos o se impusieron por la fuerza... Si los contáramos, todavía encontraremos seguramente más presidentes de facto que presidentes elegi- dos por el pueblo. Esto es lo que notablemente ha cambiado a partir de 1983; no hubo ni habrá aquí más presidentes de facto". Luego con humildad dijo: "El objetivo de toda mi vida ha sido que los hombres y las mujeres que habitamos este suelo podamos vivir, amar, trabajar y morir en Democracia". Este era Raúl Alfonsín. Y es un acto de suma justicia que honremos su obra y su prédica sin claudicaciones. Es un acto de justicia el reconocimiento a su contribución a la democracia no solo en el país, sino también en América Latina.

Hay que multiplicar el reconocimiento a la persona que nos ha dejado un legado que hace más de 35 años era una utopía inalcanzable, al hombre que nos ha legado la democracia que hoy vivimos.

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