A fines del siglo XVIII, Immanuel Kant imaginó una suerte de plataforma mundial que reuniera a los Estados del mundo bajo ideas y compromisos comunes basados en el respeto y la no belicosidad. Sólo así se podría llegar al objetivo de máxima: la paz perpetua.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) quizá sea una de las instituciones tributarias de este ideal kantiano pero, como ocurre a menudo, una cosa es lo que imaginamos hacer y otra cosa es el producto de ese hacer. En este caso las diferencias son abismales. La ONU está en una crisis de funcionamiento. El criterio de "un país, un representante" hace que convivan allí modelos políticos derivados de la idea de la Ilustración con modelos políticos represivos y oscurantistas que son su negación más brutal.
Producto de esta crisis organizacional, en donde la alta burocratización llevó a la parálisis de la institución, se conformaron plataformas de relacionamiento internacional más eficaces. El G20 es una de ellas, dado que su razón de ser se vincula con ese mundo cada vez más interconectado en materia económica. En 1999 surgió como una reunión de Ministros de Finanzas, pero su bautismo de fuego fue cuando se amplió con la incorporación de los líderes políticos de esas economías ante la necesidad de dar respuestas efectivas a la crisis mundial de 2008. Es verdad que lo que unía a esos países no eran tanto sus respectivas concepciones acerca de los modelos políticos, por cierto, muchas de ellas en las antípodas unas de otras, sino más bien el compromiso con la economía capitalista internacional.
Quizá la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde) sea un ámbito más homogéneo que el G20 dado que en él conviven países que tienen más cosas en común, es decir, además de la cuestión económica coinciden en que el maridaje entre democracia (dimensión política) y capitalismo (dimensión económica) es una relación virtuosa a consolidar y dentro de este mundo poco perfecto tal vez sea la forma social que más se acerca a la idea de perfección.
El presidente Mauricio Macri entiende que la Argentina debe dejar el "pago chico" para vincularse efectivamente con el mundo. El G20 y la Ocde son en ese sentido estratégicos porque son ámbitos con una dinámica resolutiva de alto impacto, y en eso se diferencian de la ONU, o de lo que queda de la Unasur.
Algunos podrán decir que el presidente Macri tiene una expectativa exagerada con el G20 o con el ingreso a la Ocde pero ¿qué otras plataformas podrían ser más efectivas para incorporar a la Argentina a un sistema económico mundial caracterizado por un capitalismo en transformación, competitivo e interconectado? En estas dos plataformas nuestro país se garantiza un lugar en las "mesas chicas" que tomarán decisiones sobre temas como el futuro del trabajo y la educación ante el avance inapelable de la tecnología, la situación de la seguridad alimentaria o la infraestructura para profundizar los intercambios comerciales y los negocios. En cuanto a resultados, el presidente de la Argentina deberá demostrar no tanto su capacidad de mediar entre los conflictos que involucran a los referentes que visitarán la Argentina sino más bien qué tan productivas pueden ser esas reuniones bilaterales previstas con los principales jefes de Estado del mundo.
Todo este pasaje de cambio, esta transición llena de tensión y conflicto que atraviesa nuestro país, debe leerse como una suerte de rendición de cuentas de un gobierno que le propuso al electorado cambiar el perfil económico y así dejar atrás los vínculos con el populismo autoritario, iliberal y anticapitalista que propuso regionalmente el chavismo y que terminó en el descalabro madurista.
Michel Foucault, que escribió un fascinante texto titulado ¿Qué es la Ilustración?, decía que como no existía una situación de no dominación, al romper con un sistema de dominación pasábamos a otro. Estas son las dos puertas que parece tener delante el presidente Macri: la del G20 y la Ocde por un lado y la de la "contracumbre" chavista por el otro. El Gobierno ya eligió, pero la Argentina es un país a dos tiempos, en donde conviven de mala manera la modernización y el corporativismo. La conflictividad que se percibe en el comienzo del G20 es una clara muestra de esta tensión que no resulta nada fácil de resolver.
* Director Ejecutivo de Transparencia Electoral.
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Producto de esta crisis organizacional, en donde la alta burocratización llevó a la parálisis de la institución, se conformaron plataformas de relacionamiento internacional más eficaces. El G20 es una de ellas, dado que su razón de ser se vincula con ese mundo cada vez más interconectado en materia económica. En 1999 surgió como una reunión de Ministros de Finanzas, pero su bautismo de fuego fue cuando se amplió con la incorporación de los líderes políticos de esas economías ante la necesidad de dar respuestas efectivas a la crisis mundial de 2008. Es verdad que lo que unía a esos países no eran tanto sus respectivas concepciones acerca de los modelos políticos, por cierto, muchas de ellas en las antípodas unas de otras, sino más bien el compromiso con la economía capitalista internacional.
Quizá la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde) sea un ámbito más homogéneo que el G20 dado que en él conviven países que tienen más cosas en común, es decir, además de la cuestión económica coinciden en que el maridaje entre democracia (dimensión política) y capitalismo (dimensión económica) es una relación virtuosa a consolidar y dentro de este mundo poco perfecto tal vez sea la forma social que más se acerca a la idea de perfección.
El presidente Mauricio Macri entiende que la Argentina debe dejar el "pago chico" para vincularse efectivamente con el mundo. El G20 y la Ocde son en ese sentido estratégicos porque son ámbitos con una dinámica resolutiva de alto impacto, y en eso se diferencian de la ONU, o de lo que queda de la Unasur.
Algunos podrán decir que el presidente Macri tiene una expectativa exagerada con el G20 o con el ingreso a la Ocde pero ¿qué otras plataformas podrían ser más efectivas para incorporar a la Argentina a un sistema económico mundial caracterizado por un capitalismo en transformación, competitivo e interconectado? En estas dos plataformas nuestro país se garantiza un lugar en las "mesas chicas" que tomarán decisiones sobre temas como el futuro del trabajo y la educación ante el avance inapelable de la tecnología, la situación de la seguridad alimentaria o la infraestructura para profundizar los intercambios comerciales y los negocios. En cuanto a resultados, el presidente de la Argentina deberá demostrar no tanto su capacidad de mediar entre los conflictos que involucran a los referentes que visitarán la Argentina sino más bien qué tan productivas pueden ser esas reuniones bilaterales previstas con los principales jefes de Estado del mundo.
Todo este pasaje de cambio, esta transición llena de tensión y conflicto que atraviesa nuestro país, debe leerse como una suerte de rendición de cuentas de un gobierno que le propuso al electorado cambiar el perfil económico y así dejar atrás los vínculos con el populismo autoritario, iliberal y anticapitalista que propuso regionalmente el chavismo y que terminó en el descalabro madurista.
Michel Foucault, que escribió un fascinante texto titulado ¿Qué es la Ilustración?, decía que como no existía una situación de no dominación, al romper con un sistema de dominación pasábamos a otro. Estas son las dos puertas que parece tener delante el presidente Macri: la del G20 y la Ocde por un lado y la de la "contracumbre" chavista por el otro. El Gobierno ya eligió, pero la Argentina es un país a dos tiempos, en donde conviven de mala manera la modernización y el corporativismo. La conflictividad que se percibe en el comienzo del G20 es una clara muestra de esta tensión que no resulta nada fácil de resolver.
* Director Ejecutivo de Transparencia Electoral.

