Las declaraciones de Vidal: Universidad y pobreza
Por Nelson Cimminelli *
La breve referencia de la gobernadora María Eugenia Vidal sobre las nuevas universidades ha sido poco feliz. Dio lugar a una catarata de expresiones de rechazo del más variado talante. Podemos convenir que ha sido inoportuna en momentos en que el Gobierno nacional atraviesa dificultades. Podría evitar crearle nuevos frentes de tormenta.
No debería ignorar la especial sensibilidad del medio universitario, donde es fácil reconocer voluntades muy poco predispuestas hacia su gobierno, como propensas hacia otros actores de la política argentina. Hace un par de años, cuando la expresidenta Cristina Fernández quiso descalificar a un grupo de estudiantes argentinos de la universidad de Harvard, no se le ocurrió otra cosa que compararlos con alumnos de La Matanza, lo que ni remotamente provocó el actual escándalo alrededor de los dichos de la gobernadora.
Vidal tampoco debería soslayar que uno de los partidos miembros de la coalición en la que hoy participa posee una larga tradición en la política universitaria e integra en su seno a una agrupación estudiantil de arraigada trayectoria en ese medio. No estaría de más que le ahorrara dificultades, consultando algunos temas en el seno de la coalición antes de hablar de ellos.
Dicho esto, vale la pena hacer algunas reflexiones sobre la cuestión.
En la creación de nuevas universidades se suele aducir el loable propósito de extender los estudios superiores a más estudiantes. La argumentación más invocada para su instalación es la potencial existencia de estudiantes. Pero: ¿la única solución para atender esas necesidades es la multiplicación de universidades?
En casi todas partes del mundo son los estudiantes los que concurren a la universidad, aquí parece haberse impuesto el principio contrario: es la universidad la que va hacia ellos. Es legítimo preguntarse sobre la validez de esta singular política tan escasamente debatida y explicitada. ¿Cuáles son las mínimas condiciones exigibles para que un establecimiento educativo merezca ser llamado universidad?
¿Por qué no diseñar instrumentos para que los estudiantes de esas localidades puedan asistir a universidad más antiguas y reconocidas? Más aún, es pertinente preguntarse si es aconsejable que un estudiante realice todos sus estudios en el mismo lugar donde nació. Personalmente creo que el conocimiento es el producto de la permanente contraposición de diferentes puntos de vista, de continuos e incesantes intercambios culturales e intelectuales. Los estudiantes deben habituarse a realizarlo con sus profesores, condiscípulos y libros. Y en algún momento deben hacerlo en un lugar diferente, en un nuevo ambiente intelectual. No se me escapan las dificultades de esta aspiración que puede ser difícil de concretar, pero ese debería ser el objetivo de la educación universitaria y no el contrario. Los estudios superiores no son un servicio a domicilio, un “delibery”, que se realiza en el lugar de consumo. Da una imagen pobre de lo que se entiende por universidad.
Hasta hace unos años se decía que la universidad era un lugar de excelencia, donde se cultivaban los más elevados niveles de educación e investigación de una sociedad. Ese anhelo no se logra por decreto o por un simple acto de voluntad política. Suele ser el esfuerzo continuado de docentes y estudiantes. Por supuesto depende también de la dotación de recursos materiales y humanos.
De estos, a mi juicio, el más importante, el más oneroso y también el más difícil de lograr porque no es una pura cuestión de dinero, es la constitución de un cuerpo de profesores de jerarquía, que permita que una institución determinada pueda ser reconocida como universidad.
En los casos que nos atañen, ¿existe en esas localidades una masa crítica de académicos capaces de conformar un cuerpo de profesores con jerarquía universitaria? ¿Cómo se resuelve su eventual carencia?; ¿con las típicas soluciones “criollas”, el nombramiento de “idóneos”, de profesionales sin antecedentes académicos o con la proliferación de profesores “viajeros”, “taxis”, que realizan una especie de “touch and go” universitario? ¿Hasta dónde y por cuánto tiempo son aconsejables esas prácticas? ¿No se teme afectar la calidad educativa que se brinda a los tan invocados pobres, si es que son ellos los verdaderos beneficiarios de la existencia de esos nuevos establecimientos?
Lo concreto es que en la creación de estos nuevos establecimientos no hubo debates previos de la comunidad universitaria. No responden a ninguna planificación explícita y no se conocen estudios de factibilidad sobre su instalación. Frecuentemente el Consejo de Rectores desaconsejaba su creación. Varias veces la fundación de esas universidades ha sido la respuesta a gestiones, presiones o lobbies de intendentes y caudillos locales que terminaban equiparando esa fundación a la construcción de un camino o un estadio deportivo. La creación indiscriminada y escasamente debatida de universidades habilita la sospecha sobre sus aptitudes y capacidades. Probablemente es a lo alude de mala manera la gobernadora Vidal.
Como sea, hay un hecho que debemos reconocer. Las nuevas universidades son una realidad irreversible. Más que lamentarse sobre sus en ocasiones espurios orígenes, es hoy más importante realizar una rigurosa evaluación institucional basada en estándares y parámetros internacionales de las distintas partes integrantes del sistema universitario argentino, para que cada estudiante sepa dónde estudia, cada familia comprenda dónde concurren sus hijos y cada legislador conozca dónde asigna los siempre escasos recursos públicos.
* Docente universitario.
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No debería ignorar la especial sensibilidad del medio universitario, donde es fácil reconocer voluntades muy poco predispuestas hacia su gobierno, como propensas hacia otros actores de la política argentina. Hace un par de años, cuando la expresidenta Cristina Fernández quiso descalificar a un grupo de estudiantes argentinos de la universidad de Harvard, no se le ocurrió otra cosa que compararlos con alumnos de La Matanza, lo que ni remotamente provocó el actual escándalo alrededor de los dichos de la gobernadora.
Vidal tampoco debería soslayar que uno de los partidos miembros de la coalición en la que hoy participa posee una larga tradición en la política universitaria e integra en su seno a una agrupación estudiantil de arraigada trayectoria en ese medio. No estaría de más que le ahorrara dificultades, consultando algunos temas en el seno de la coalición antes de hablar de ellos.
Dicho esto, vale la pena hacer algunas reflexiones sobre la cuestión.
En la creación de nuevas universidades se suele aducir el loable propósito de extender los estudios superiores a más estudiantes. La argumentación más invocada para su instalación es la potencial existencia de estudiantes. Pero: ¿la única solución para atender esas necesidades es la multiplicación de universidades?
En casi todas partes del mundo son los estudiantes los que concurren a la universidad, aquí parece haberse impuesto el principio contrario: es la universidad la que va hacia ellos. Es legítimo preguntarse sobre la validez de esta singular política tan escasamente debatida y explicitada. ¿Cuáles son las mínimas condiciones exigibles para que un establecimiento educativo merezca ser llamado universidad?
¿Por qué no diseñar instrumentos para que los estudiantes de esas localidades puedan asistir a universidad más antiguas y reconocidas? Más aún, es pertinente preguntarse si es aconsejable que un estudiante realice todos sus estudios en el mismo lugar donde nació. Personalmente creo que el conocimiento es el producto de la permanente contraposición de diferentes puntos de vista, de continuos e incesantes intercambios culturales e intelectuales. Los estudiantes deben habituarse a realizarlo con sus profesores, condiscípulos y libros. Y en algún momento deben hacerlo en un lugar diferente, en un nuevo ambiente intelectual. No se me escapan las dificultades de esta aspiración que puede ser difícil de concretar, pero ese debería ser el objetivo de la educación universitaria y no el contrario. Los estudios superiores no son un servicio a domicilio, un “delibery”, que se realiza en el lugar de consumo. Da una imagen pobre de lo que se entiende por universidad.
Hasta hace unos años se decía que la universidad era un lugar de excelencia, donde se cultivaban los más elevados niveles de educación e investigación de una sociedad. Ese anhelo no se logra por decreto o por un simple acto de voluntad política. Suele ser el esfuerzo continuado de docentes y estudiantes. Por supuesto depende también de la dotación de recursos materiales y humanos.
De estos, a mi juicio, el más importante, el más oneroso y también el más difícil de lograr porque no es una pura cuestión de dinero, es la constitución de un cuerpo de profesores de jerarquía, que permita que una institución determinada pueda ser reconocida como universidad.
En los casos que nos atañen, ¿existe en esas localidades una masa crítica de académicos capaces de conformar un cuerpo de profesores con jerarquía universitaria? ¿Cómo se resuelve su eventual carencia?; ¿con las típicas soluciones “criollas”, el nombramiento de “idóneos”, de profesionales sin antecedentes académicos o con la proliferación de profesores “viajeros”, “taxis”, que realizan una especie de “touch and go” universitario? ¿Hasta dónde y por cuánto tiempo son aconsejables esas prácticas? ¿No se teme afectar la calidad educativa que se brinda a los tan invocados pobres, si es que son ellos los verdaderos beneficiarios de la existencia de esos nuevos establecimientos?
Lo concreto es que en la creación de estos nuevos establecimientos no hubo debates previos de la comunidad universitaria. No responden a ninguna planificación explícita y no se conocen estudios de factibilidad sobre su instalación. Frecuentemente el Consejo de Rectores desaconsejaba su creación. Varias veces la fundación de esas universidades ha sido la respuesta a gestiones, presiones o lobbies de intendentes y caudillos locales que terminaban equiparando esa fundación a la construcción de un camino o un estadio deportivo. La creación indiscriminada y escasamente debatida de universidades habilita la sospecha sobre sus aptitudes y capacidades. Probablemente es a lo alude de mala manera la gobernadora Vidal.
Como sea, hay un hecho que debemos reconocer. Las nuevas universidades son una realidad irreversible. Más que lamentarse sobre sus en ocasiones espurios orígenes, es hoy más importante realizar una rigurosa evaluación institucional basada en estándares y parámetros internacionales de las distintas partes integrantes del sistema universitario argentino, para que cada estudiante sepa dónde estudia, cada familia comprenda dónde concurren sus hijos y cada legislador conozca dónde asigna los siempre escasos recursos públicos.
* Docente universitario.