A medida que los datos van dando cuenta del cuadro recesivo que de a poco cubre la realidad económica del país, desde distintos sectores productivos salieron en los últimos días a cuestionar la inacción del Gobierno nacional. Los reclamos van todos en el mismo sentido y corren igual suerte: no encuentran respuesta. Mientras tanto los días pasan y la situación es cada vez más comprometida para muchas actividades.
Cabe señalar que existen dos universos paralelos. Por un lado, las restricciones que buena parte de la población sufre por la caída del poder adquisitivo a partir de la fuerte suba de la inflación en los últimos meses. Tal situación ocupa un espacio significativo en los grandes medios nacionales, con opiniones de todo tipo. Políticos, economistas, piqueteros, sindicalistas y muchos más desfilan todos los días por los canales de televisión con miradas que en general son directamente proporcionales a los intereses que cada uno defiende.
Hasta aparecieron nuevos gurúes, llamados “especialistas en consumo”, muy solicitados en los estudios para analizar las opciones que elige la sociedad en medio de la escasez. Pero además hay otra realidad, que transitan las economías regionales con peso específico en las localidades del interior y que llaman la atención de la metrópoli solamente cuando realizan una protesta “folclórica” en alguna de sus calles emblemáticas. Tanto unos como otros sobrellevan como pueden las crecientes dificultades, por más que ambos no estén presentes de igual manera en el tablero general de la opinión pública.
Los números de esas economías regionales denotan la profundidad de la crisis. A los datos del Observatorio de la Cadena Láctea Argentina (OCLA) sobre cierre de tambos –alrededor de 4 por ciento- se sumó el trabajo sobre costos de la producción lechera en junio elaborado por el INTA, que demuestra la rentabilidad negativa del sector.
Otras actividades ofrecen un panorama similar. Jorge Brunori, referente nacional en producción porcina que se desempeña en el INTA Marcos Juárez, afirmó recientemente en el marco de un encuentro de la cadena realizado en Oncativo, que por la crisis un 20 por ciento de los productores se fueron de la actividad o evalúan dejarla. La información es contundente y no generó más revuelo por los actores a los que involucra: se trata de pequeños productores que prácticamente no tienen visibilidad. Aunque el aporte que realizan al volumen total no es significativo, las consecuencias sociales de esa caída son pronunciadas. Sin alternativas válidas ni capital, directamente quedan fuera del sistema.
¿Qué reclaman los sectores aludidos? Ni más ni menos que alguna atención por parte del Estado. Mayoritariamente piden líneas de financiamiento para capital de trabajo a tasas de interés normales, lo que en el contexto actual implica un subsidio por parte del Ministerio de Agroindustria para que la opción sea viable. Los representantes sectoriales no reprochan el dólar alto ya que probablemente en el mediano plazo, cuando las variables se acomoden a la gran devaluación, podría servir para impulsar a las economías regionales. Incluso al encarecer las importaciones algunos de los problemas, como el ingreso de cerdos de Brasil, deberían diluirse. La crítica está en que falta una red para contener a quienes de otra manera inexorablemente caerán al vacío. Las mesas sectoriales se reúnen pero no aportan soluciones.
Las palabras son elocuentes y no dejan dudas. Vale recordar algunas declaraciones. Ángel Barrenechea, exjefe del INTA Villa María, pegó duro en estas páginas, haciendo referencia al rol del Estado en diferentes administraciones: “Hemos visto a lo largo de los años distintas formas de tratar de palear esto. Lo que se observa ahora es que no hay ninguna forma; existe una ausencia total de medidas para tratar de subsanar el problema y equilibrar las asimetrías tecnológicas. Se mira hacia otro lado”.
Otros representantes institucionales hablaron en igual sentido, como el presidente de la Cámara de Productores Ovinos de Córdoba (Capoc), Gerardo Colombano, quien afirmó que “la Nación pretende que los proyectos sean únicamente privados y acá se necesita el apoyo gubernamental. Precisamos otro tipo de fomento para esta actividad, pero la Nación no está con la idea de apoyarnos”.
En la misma sintonía el titular de la Filial Oncativo de la Federación Agraria Argentina (FAA), entidad que forma parte del clúster porcino –muy valorado por el trabajo para impulsar una actividad distintiva de esa región- señaló hace pocos días que “está faltando que desde el gobierno se sienten con la cadena y propongan soluciones. El diálogo está, pero parece que no entienden la situación real de los productores”. Distintas voces, variados sectores, el mismo mensaje.
Tampoco se trata de cifras exorbitantes. La Provincia, con más tacto para tomarle el pulso al territorio, con poco logra mucho. Recientemente destinó 6 millones de pesos para financiar proyectos ovinos emplazados en 7 departamentos.
En el presupuesto general es una cifra insignificante, pero para los productores que podrán utilizar esos recursos para comprar animales y ensanchar sus planteles representa una enormidad.
Pero no todos los errores los comete el Gobierno nacional. Las idas y vueltas en torno a la baja de retenciones a la soja y la presión de las entidades agropecuarias para que no se modifique ni una coma lo dicho por el presidente Macri cuando el optimismo marcaba su gestión, constituye un grosero error estratégico de las gremiales empresarias del campo.
En medio de restricciones generalizadas, cuando otras producciones pierden parte de lo hecho durante años, amenazar con el apocalipsis por demorar la rebaja de impuestos a un sector que ya recibió la quita de derechos de exportación al maíz y el trigo parece irracional. Entiéndase bien, no se trata de retrasar la suba sino de mantener por un tiempo en stand by la baja.
Las entidades diluidas en esa antigua construcción política denominada Mesa de Enlace están perdiendo la oportunidad que les brinda la historia para reconciliarse con una parte de la población que las mira con recelo y de costado. No aprovechan la posibilidad de cerrar esa grieta. Al revés del ejemplo provincial, por muy poco están perdiendo demasiado.
A pesar del escenario, las golpeadas actividades enumeradas no desaparecerán. Argentina seguirá produciendo leche y la carne de cerdo no retrocederá a indicadores de 15 años atrás, cuando prácticamente no se consumían cortes frescos. El dilema está en quienes quedarán y cómo estará conformado el entramado productivo. En definitiva, la disputa eterna entre ganadores y perdedores. Eso es lo que se está dirimiendo por estos días.
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Hasta aparecieron nuevos gurúes, llamados “especialistas en consumo”, muy solicitados en los estudios para analizar las opciones que elige la sociedad en medio de la escasez. Pero además hay otra realidad, que transitan las economías regionales con peso específico en las localidades del interior y que llaman la atención de la metrópoli solamente cuando realizan una protesta “folclórica” en alguna de sus calles emblemáticas. Tanto unos como otros sobrellevan como pueden las crecientes dificultades, por más que ambos no estén presentes de igual manera en el tablero general de la opinión pública.
Los números de esas economías regionales denotan la profundidad de la crisis. A los datos del Observatorio de la Cadena Láctea Argentina (OCLA) sobre cierre de tambos –alrededor de 4 por ciento- se sumó el trabajo sobre costos de la producción lechera en junio elaborado por el INTA, que demuestra la rentabilidad negativa del sector.
Otras actividades ofrecen un panorama similar. Jorge Brunori, referente nacional en producción porcina que se desempeña en el INTA Marcos Juárez, afirmó recientemente en el marco de un encuentro de la cadena realizado en Oncativo, que por la crisis un 20 por ciento de los productores se fueron de la actividad o evalúan dejarla. La información es contundente y no generó más revuelo por los actores a los que involucra: se trata de pequeños productores que prácticamente no tienen visibilidad. Aunque el aporte que realizan al volumen total no es significativo, las consecuencias sociales de esa caída son pronunciadas. Sin alternativas válidas ni capital, directamente quedan fuera del sistema.
¿Qué reclaman los sectores aludidos? Ni más ni menos que alguna atención por parte del Estado. Mayoritariamente piden líneas de financiamiento para capital de trabajo a tasas de interés normales, lo que en el contexto actual implica un subsidio por parte del Ministerio de Agroindustria para que la opción sea viable. Los representantes sectoriales no reprochan el dólar alto ya que probablemente en el mediano plazo, cuando las variables se acomoden a la gran devaluación, podría servir para impulsar a las economías regionales. Incluso al encarecer las importaciones algunos de los problemas, como el ingreso de cerdos de Brasil, deberían diluirse. La crítica está en que falta una red para contener a quienes de otra manera inexorablemente caerán al vacío. Las mesas sectoriales se reúnen pero no aportan soluciones.
Las palabras son elocuentes y no dejan dudas. Vale recordar algunas declaraciones. Ángel Barrenechea, exjefe del INTA Villa María, pegó duro en estas páginas, haciendo referencia al rol del Estado en diferentes administraciones: “Hemos visto a lo largo de los años distintas formas de tratar de palear esto. Lo que se observa ahora es que no hay ninguna forma; existe una ausencia total de medidas para tratar de subsanar el problema y equilibrar las asimetrías tecnológicas. Se mira hacia otro lado”.
Otros representantes institucionales hablaron en igual sentido, como el presidente de la Cámara de Productores Ovinos de Córdoba (Capoc), Gerardo Colombano, quien afirmó que “la Nación pretende que los proyectos sean únicamente privados y acá se necesita el apoyo gubernamental. Precisamos otro tipo de fomento para esta actividad, pero la Nación no está con la idea de apoyarnos”.
En la misma sintonía el titular de la Filial Oncativo de la Federación Agraria Argentina (FAA), entidad que forma parte del clúster porcino –muy valorado por el trabajo para impulsar una actividad distintiva de esa región- señaló hace pocos días que “está faltando que desde el gobierno se sienten con la cadena y propongan soluciones. El diálogo está, pero parece que no entienden la situación real de los productores”. Distintas voces, variados sectores, el mismo mensaje.
Tampoco se trata de cifras exorbitantes. La Provincia, con más tacto para tomarle el pulso al territorio, con poco logra mucho. Recientemente destinó 6 millones de pesos para financiar proyectos ovinos emplazados en 7 departamentos.
En el presupuesto general es una cifra insignificante, pero para los productores que podrán utilizar esos recursos para comprar animales y ensanchar sus planteles representa una enormidad.
Pero no todos los errores los comete el Gobierno nacional. Las idas y vueltas en torno a la baja de retenciones a la soja y la presión de las entidades agropecuarias para que no se modifique ni una coma lo dicho por el presidente Macri cuando el optimismo marcaba su gestión, constituye un grosero error estratégico de las gremiales empresarias del campo.
En medio de restricciones generalizadas, cuando otras producciones pierden parte de lo hecho durante años, amenazar con el apocalipsis por demorar la rebaja de impuestos a un sector que ya recibió la quita de derechos de exportación al maíz y el trigo parece irracional. Entiéndase bien, no se trata de retrasar la suba sino de mantener por un tiempo en stand by la baja.
Las entidades diluidas en esa antigua construcción política denominada Mesa de Enlace están perdiendo la oportunidad que les brinda la historia para reconciliarse con una parte de la población que las mira con recelo y de costado. No aprovechan la posibilidad de cerrar esa grieta. Al revés del ejemplo provincial, por muy poco están perdiendo demasiado.
A pesar del escenario, las golpeadas actividades enumeradas no desaparecerán. Argentina seguirá produciendo leche y la carne de cerdo no retrocederá a indicadores de 15 años atrás, cuando prácticamente no se consumían cortes frescos. El dilema está en quienes quedarán y cómo estará conformado el entramado productivo. En definitiva, la disputa eterna entre ganadores y perdedores. Eso es lo que se está dirimiendo por estos días.

