Una combinación desastrosa para el futuro del planeta
Por Carolina Vera * (Licenciada en Ciencias Meteorológicas)
Durante las últimas semanas, diversas regiones del planeta experimentaron fenómenos climáticos extremos, que en algunos casos terminaron en desastres. Ejemplos de esto fueron las temperaturas extremadamente altas en Tierra del Fuego y otras áreas de la Patagonia y la ola de frío extremo en América del Norte. El conocimiento científico nos señala que surgieron de la combinación, últimamente desastrosa, de la variabilidad natural del clima y del cambio climático producido por las actividades humanas.
Se suele percibir como "clima normal" de un determinado lugar el que surge de las condiciones climáticas promedio y resulta extraño cuando no es así. Sin embar- go, lo normal es que el clima varíe. Es justamente esa variabilidad natural del clima la que produjo los fenómenos extremos recientes.
Presiones por encima de lo normal persistieron por varios días en el sur del continente, para generar condiciones anormalmente cálidas y secas en Tierra del Fuego. En contraste, la persistencia de presiones más bajas que lo normal, a principios de enero, favoreció un largo período de lluvias abundantes y temperaturas relativamente bajas en otras regiones del país.
Fue también la variabilidad natural del clima la que debilitó los fuertes vientos del Oeste que rodean en invierno el Polo Norte, y mantienen aislado el aire extremadamente frío y de baja presión, conocido como "vórtice polar". Esto permitió no sólo el derrame de este aire muy frío hacia Norteamérica, provocando en Chicago temperaturas por debajo de los -30°C, sino también la intrusión de aire más cálido desde el Atlántico Norte hasta el Ártico, que generó en la costa norte de Groenlandia temperaturas mayores a 0°C.
Si bien se necesitan investigaciones específicas para confirmarlo, podemos especular que es muy probable que los fenómenos recientes hayan sido favorecidos por el cambio climático. Este cambio es producto de las actividades humanas que emiten los llamados gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono (por el uso de combustibles fósiles) y el metano (por las actividades agropecuarias, entre otras).
Una gran cantidad de investigaciones científicas muestran que desde aproximadamente la década del 60 hasta la fecha han aumentado en nuestro país la frecuencia e intensidad de las olas de calor, por el cambio climático. Es decir, ante una posible ocurrencia natural de una ola de calor, hoy son más altas que 50 años atrás las probabilidades de que se alcancen temperaturas más extremas.
De manera similar, hay evidencias de que la temperatura de la región del Ártico ha aumentado por el cambio climático, lo que favorecería el debilitamiento del vórtice polar y por ende mayores probabilidades de irrupciones de aire polar hacia Norteamérica.
De todas maneras, un desastre no sólo se produce por la ocurrencia de un fenómeno climático extremo, necesita un ingrediente adicional: que existan ciertas condiciones de vulnerabilidad en la zona afectada. No es lo mismo que las temperaturas extremadamente altas ocurran en el interior de la isla de Tierra del Fuego, prácticamente inhabitado, a que impacten en la zona de Ushuaia, donde la población no está acostumbrada a esas temperaturas.
Las inundaciones que todavía afectan algunas provincias del país no sólo son producto de lluvias abundantes, sino también de suelos vulnerados por la deforestación, o de escorrentías del agua interrumpidas por infraestructura que no las tuvo en cuenta al momento de su construcción.
Reducir los desastres por fenómenos climáticos requiere entonces de acciones urgentes para pronosticar los fenómenos producidos por la variabilidad climática natural, modulada por el cambio climático, reducir las condiciones de vulnerabilidad y reducir las emisiones de los gases que producen el cambio climático. El conocimiento científico-técnico para abordar el problema existe, sólo se requiere la voluntad para hacerlo.
* Profesora-investigadora del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (Cima) del Conicet y UBA/Exactas.
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Se suele percibir como "clima normal" de un determinado lugar el que surge de las condiciones climáticas promedio y resulta extraño cuando no es así. Sin embar- go, lo normal es que el clima varíe. Es justamente esa variabilidad natural del clima la que produjo los fenómenos extremos recientes.
Presiones por encima de lo normal persistieron por varios días en el sur del continente, para generar condiciones anormalmente cálidas y secas en Tierra del Fuego. En contraste, la persistencia de presiones más bajas que lo normal, a principios de enero, favoreció un largo período de lluvias abundantes y temperaturas relativamente bajas en otras regiones del país.
Fue también la variabilidad natural del clima la que debilitó los fuertes vientos del Oeste que rodean en invierno el Polo Norte, y mantienen aislado el aire extremadamente frío y de baja presión, conocido como "vórtice polar". Esto permitió no sólo el derrame de este aire muy frío hacia Norteamérica, provocando en Chicago temperaturas por debajo de los -30°C, sino también la intrusión de aire más cálido desde el Atlántico Norte hasta el Ártico, que generó en la costa norte de Groenlandia temperaturas mayores a 0°C.
Si bien se necesitan investigaciones específicas para confirmarlo, podemos especular que es muy probable que los fenómenos recientes hayan sido favorecidos por el cambio climático. Este cambio es producto de las actividades humanas que emiten los llamados gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono (por el uso de combustibles fósiles) y el metano (por las actividades agropecuarias, entre otras).
Una gran cantidad de investigaciones científicas muestran que desde aproximadamente la década del 60 hasta la fecha han aumentado en nuestro país la frecuencia e intensidad de las olas de calor, por el cambio climático. Es decir, ante una posible ocurrencia natural de una ola de calor, hoy son más altas que 50 años atrás las probabilidades de que se alcancen temperaturas más extremas.
De manera similar, hay evidencias de que la temperatura de la región del Ártico ha aumentado por el cambio climático, lo que favorecería el debilitamiento del vórtice polar y por ende mayores probabilidades de irrupciones de aire polar hacia Norteamérica.
De todas maneras, un desastre no sólo se produce por la ocurrencia de un fenómeno climático extremo, necesita un ingrediente adicional: que existan ciertas condiciones de vulnerabilidad en la zona afectada. No es lo mismo que las temperaturas extremadamente altas ocurran en el interior de la isla de Tierra del Fuego, prácticamente inhabitado, a que impacten en la zona de Ushuaia, donde la población no está acostumbrada a esas temperaturas.
Las inundaciones que todavía afectan algunas provincias del país no sólo son producto de lluvias abundantes, sino también de suelos vulnerados por la deforestación, o de escorrentías del agua interrumpidas por infraestructura que no las tuvo en cuenta al momento de su construcción.
Reducir los desastres por fenómenos climáticos requiere entonces de acciones urgentes para pronosticar los fenómenos producidos por la variabilidad climática natural, modulada por el cambio climático, reducir las condiciones de vulnerabilidad y reducir las emisiones de los gases que producen el cambio climático. El conocimiento científico-técnico para abordar el problema existe, sólo se requiere la voluntad para hacerlo.
* Profesora-investigadora del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (Cima) del Conicet y UBA/Exactas.