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Barrio Parque Norte “Sección Sud”, el nuevo “Montmartre” de la Villa

Por Iván Wielikosielek. " Parque Norte se ha ido convirtiendo en el “Montmartre” de la Villa; como aquel “quartier des artistes” en la convulsionada París del siglo diecinueve".
 
A simple vista es un barrio más; uno de los tantos de casitas modernas que fueron creciendo hacia el campus en los últimos años. Sin embargo poco a poco, Parque Norte se ha ido convirtiendo en el “Montmartre” de la Villa; como aquel “quartier des artistes” en la convulsionada París del siglo diecinueve. 

Es cierto que el barrio no tiene una catedral del Sagrado Corazón (aunque hay una hermosa gruta en calle Independencia) ni de momento una plaza donde los artistas callejeros expongan sus cuadros. Pero tiene un sector urbano (el “Sur”) donde convive la Escuela de Bellas Artes, el Inescer y el Conservatorio. Y cada día pueden verse en calle Rawson a chicos y chicas llevando sus carpetas y cartapacios, esculturas a medio hacer y cuadros a medio pintar; pintores cruzándose con violocelistas que llevan sus instrumentos al “Boero”. Y lo que hasta no hace mucho era una aburrida calle de camiones, en menos de una década se ha ido convirtiendo en paso obligado de artistas.

Delimitado por Rawson, Bulevar España, Avenida Independencia y los terrenos del viejo Aero Club, el sector está cambiando. Y aunque su textura parezca una continuidad de barrio Trinitario, cada día tiene más sonido y luz.

En el atelier de la leyenda

Quizás no muchos conozcan la obra plástica y arquitectónica de José Seia. Sin embargo, está a la vista de todos: el Campus Universitario diseñado por él mismo hace dos décadas y el fabuloso mural de cerámica cocida de tres metros ochenta por cuatro, que desde hace un cuarto de siglo  decora con su vitral de luz cocida a mil grados el Paseo de la Villa.

Sin embargo, no son las obras en las que piensa Seia por estos días, sino en los dibujos que está produciendo para una muestra que lo tendrá de invitado en el mes de septiembre. Y también, por cierto, piensa en su piano. Ese que toca compulsivamente cada día de su vida pese a no leer música; casi como una continuidad existencial del barrio en donde vive, entre la “Emiliano Gómez Clara” y el “Felipe Boero”.

“¿Vos creés que este es un barrio de artistas? -me dice Seia- Bueno, todavía no me lo parece. Pero nada indica que un día no lo vaya a ser. Pensá que además de Bellas Artes y el Conservatorio está el Inescer, y que ahora se viene una puesta en valor del Parque Pereyra y Domínguez, lo que hará de este sector un bellísimo paseo urbano. Y eso seguro traerá más jóvenes al parque, chicos que acaso pinten al natural o músicos que toquen en vivo bajo los árboles”.

-¿Y cómo definirías de momento al barrio?

-En este momento es lo que se dice un “barrio-dormitorio”, con gente que trabaja todo el día y solo vuelve de noche. De día, esto está vacío.

-Pero con vos pintando en tu atelier...

-Bueno, pero eso es recién ahora, que tengo más tiempo porque me jubilé. Y esta muestra que haré en la Universidad me ha cargado las baterías. Sin embargo, de momento no es un barrio de pintores. Te lo digo yo que hace nueve años que vivo acá...

-¿Y cómo era cuando llegaste?

-Era un desierto. Para que te des una idea, esta cuadra casi no existía. Estaba mi casa y la del lado. Nada más. Pero en una década se fue poblando. Tuvo que ver con la explosión de la construcción para este lado. Pero, por favor pasá... ¿Querés ver elatelier?

Le digo que para eso vine. Y entonces José me conduce a su lugar en el mundo.

El espacio donde pinta Seia es una gran habitación con dos ventanales, acaso pensada como quincho de la casa. Y allí, el encuentro cercano entre un sillón blanco, un piano y varios cuadros de paneles ensamblados hace pensar en un manifiesto surrealista de una vieja especie. Porque algo de eso hay en las obras de Seia. La obsesión por una humanidad hormigueante y anónima, seres de color terractoa y textura pétrea amuchados y desnudos, acaso oprimidos por el peso de un universo que no pueden comprender, con el fondos  flúor de cielos abstractos y catástrofes cubistas.

-¿Estas son las obras que vas a presentar en la muestra?

-No, son aquellas -diceel pintor. 

Y me señala dos “modelos para armar” hechos de cuatro paneles ensamblados. Como cuatro porcelanatos formando un mismo cerámico inmenso. Acaso un contrapunto plástico a los que tuvo que cocer en los noventa para el mural del Paseo de la Villa.

Esos cuadros son mucho menos figurativos que el de la humanidad hormigueante. Dibujados a lápiz, paspados con lezna, tratados con pincel seco, grafito y laca, las nuevas producciones de Seia parecen abrevar más en el arte étnico y ancestral que en las nuevas tendencias del arte moderno.

“La verdad es que cuando me pongo a dibujar nunca sé lo que va a salir. Me dejo llevar por lo que va ganando el papel y lo voy siguiendo. Para mí, dibujar se parece mucho a improvisar en el piano. Quizás porque esa es la gran frustración de mi vida: haber ser pianista”

-¿Y por qué no lo fuiste?

-Porque cuando era chico el piano era para las mujeres. Y mis viejos mandaban a mi hermana a piano mientras yo la miraba de lejos y la envidiaba en secreto. Pero eso no era para los hombres. Así que me fui amigando con el lápiz y el papel. Si hoy volviera a nacer y me ponen una caja de lápices y el piano, le prendo fuego a todos los lápices y me siento en el piano para siempre...

-Tu hijo Ignacio cumplió con creces tu deseo ¿no?

-Sí. “Nacho” está tocando con Martha Argerich ¿Qué más puedo pedir? Cuando viene de Buenos Aires y hablamos de música, es uno de los momentos más felices de mi vida...

-Tu obra hubiera pasado por vanguardista en los ´90, pero ahora que se ha perdido tanto el dibujo y la figuración, parece clásica...

-Es que yo vengo de otros tiempos. Y aunque tengo 66 años, cuando veo las nuevas tendencias del arte me siento como de doscientos. Hoy estamos asistiendo a un momento en donde hay tanta libertad creativa, que todo vale. No sé lo que va a quedar en el futuro pero yo hace rato que perdí el rastro. Y me pregunto si esa libertad desmedida no terminará matando el arte. Además, sigue intacta esa dicotomía entre “pinto lo que se vende o vendo lo que pinto”. 

-¿Y José Seia?

-Yo no me manejo por el mercado del arte sino que pinto para mí. Siempre fue así. Y la otra cosa que te puedo decir es que nunca le vendí nada a nadie. A pesar de que obtuve premios y expuse en un montón de lados. Hasta en la mismísima Casa Rosada...

-La última, José, ¿pensás que algún día este barrio será como Montmartre y que la calle de tu casa será exposición permanente?

-No lo sé, pero de momento podemos empezar exponiendo un pequeño cuadro ¿no te parece?

Y descolgando un óleo del living (uno de sus preferidos, me dirá después) José posa en medio de calle Paradela; en ese barrio-dormitorio que a estas horas se ha despertado para admirar desde la ventana esa explosión de colores. Como una estridente sirena roja que acaba de despertar al barrio para que deje de dormir y abrace su destino futuro: convertirse en refugio de músicos y pintores, con un sagrado corazón de artistas.

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