Laberinto de pasajes suburbanos detrás del viejo Hospital Pasteur
Como una red de canales navegables que conducen a una isla próspera de dones, los pasajes Pasteur, Ushuaia y Martín Fierro se desprenden de las espaldas del viejo hospital.
Son como ramales de accesos menores a uno de los sitios más requeridos de la ciudad. Sólo que la isla que daba frutos sufrió la erupción del traslado y fue bañada por la lava del olvido. Y hoy, la película de polvo que cubre al viejo nosocomio y a su vecindario parece una constatación más que una metáfora. Una capa de polvo que empezó a acumularse desde su cierre a fines del 2014 como las cenizas de un viejo Vesubio.
Barrio de talabarterías y almacenes que ya no están
Detrás del hospital, esa barriada hecha de casitas, talabarterías, galpones y talleres de costura, sufrió un impacto muy parecido al de los pueblos por donde ya no pasó el tren. Y lo que antes fuera un sector próspero alrededor de una manzana por siempre viva, empezó a parecerse a un pueblo fantasma orbitando alrededor de una ausencia. Un caserío gris anillando sus bodas de olvido con aquel edificio de 1926 que está siendo remodelado y anuló sus nupcias desde hace años.
Y las palas mecánicas y las demoliciones en los viejos patios de la enfermedad no dejan de liberar ese polvo colorado y sucio que, en las noches de neblina, parece flotar como partículas de una escarlata llovizna londinense.
Detrás del hospital, donde la calle Tucumán es tan angosta y húmeda como un pasaje parisino, una vivienda anuncia que está en venta. Es la vieja casita donde funcionara la Asociación Cooperadora y de Amigos del Hospital Pasteur. Y uno se imagina las radiantes mañanas de gloria de ese lugar cuando su razón de ser aún estaba viva; cuando los socios que ayudaban con el pago de la cooperadora se reunían a charlar y a trabajar de forma animada.
Hoy, apenas si la vivienda es una casa bien ubicada para algún proyecto inmobiliario de rápida demolición. O acaso no tan bien ubicada. Porque tras el cierre del hospital, los pasajes se han vuelto oscuros y desolados durante la noche. Y cercanos a la Ruta Pesada, ya no tienen un faro alrededor del cual girar.
Sin aullidos de sirenas
Unas cuadras más allá, en el pasaje Martín Fierro, unos muchachos arreglan motos en un pequeño taller familiar, limpian motores a pincel con las manos engrasadas de nafta o ponen a punto un ciclomotor arruinado. En calle Ushuaia, tres autos duermen en un baldío esperando ser vendidos o desgüazados. Y detrás de cada puerta familiar puede haber un kiosko, una despensita o una peluquería. Eso es el barrio. Un sector de apagados emprendimientos para paliar la ausencia del hospital, el hundimiento de ese fabuloso Titanic que atraía miles de personas por día y ya no está.
De vez en cuando, una mamá joven o un ama de casa pasan con una exigua compra adquirida en un oscuro almacén de Lamadrid o en la ruta. Y uno podría decir que ese barrio de los pasajes es, precisamente, Lamadrid o la ruta. Pero sus vecinos dirán que no. Que ese barrio es el barrio del hospital. Que son una isla de afluentes pequeños; casi un ghetto urbano en medio de una ciudad abierta. Y que quizás cuando se reinaugure el edificio vuelvan a ser lo que fueron alguna vez; un caserío céntrico con mucho porvenir. Ese donde los boliches de antaño miraban al campo y pasaban las vacas de camino a la feria.
Pero el tráfico ha desaparecido de manera tan drástica como misteriosa. Y los chicos pueden jugar partidos enteros sin ser interrumpidos por ningún auto o ninguna ambulancia. Como una isla donde ya no cantaran su canción azul las electrónicas sirenas.
Por su parte, los más ancianos, salen con una silla a la vereda a tomar el breve sol que logra encajonarse entre las calles. Pero la luz dura poco. Porque muy pronto las paredes estrechas dan sombra y los pasajes quedan mirando el punto de fuga del horizonte en sus decrecientes postes de luz. Y se parecen a quillas de barcos que se alejan. Pero los hombres viejos no se meten a sus casas. Y como si disfrutaran de la reciente penumbra, se quedan en el aire del ocaso adaptando sus ojos a la oscuridad por venir. Como acaso hicieron con sus propias vidas. Pero también miran los postes como quillas al contraluz del ocaso bajo una nueva luz ideal. Y acaso vuelven a soñar con el mar y los viejos tiempos. O una vez más se vuelvan a ver de chicos llegando al barrio próspero; entrando por canales que conducen a una isla llena de dones a la cual viene gente de todas partes para comer de sus frutos que curan y restituyen.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.
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Son como ramales de accesos menores a uno de los sitios más requeridos de la ciudad. Sólo que la isla que daba frutos sufrió la erupción del traslado y fue bañada por la lava del olvido. Y hoy, la película de polvo que cubre al viejo nosocomio y a su vecindario parece una constatación más que una metáfora. Una capa de polvo que empezó a acumularse desde su cierre a fines del 2014 como las cenizas de un viejo Vesubio.
Barrio de talabarterías y almacenes que ya no están
Detrás del hospital, esa barriada hecha de casitas, talabarterías, galpones y talleres de costura, sufrió un impacto muy parecido al de los pueblos por donde ya no pasó el tren. Y lo que antes fuera un sector próspero alrededor de una manzana por siempre viva, empezó a parecerse a un pueblo fantasma orbitando alrededor de una ausencia. Un caserío gris anillando sus bodas de olvido con aquel edificio de 1926 que está siendo remodelado y anuló sus nupcias desde hace años.
Y las palas mecánicas y las demoliciones en los viejos patios de la enfermedad no dejan de liberar ese polvo colorado y sucio que, en las noches de neblina, parece flotar como partículas de una escarlata llovizna londinense.
Detrás del hospital, donde la calle Tucumán es tan angosta y húmeda como un pasaje parisino, una vivienda anuncia que está en venta. Es la vieja casita donde funcionara la Asociación Cooperadora y de Amigos del Hospital Pasteur. Y uno se imagina las radiantes mañanas de gloria de ese lugar cuando su razón de ser aún estaba viva; cuando los socios que ayudaban con el pago de la cooperadora se reunían a charlar y a trabajar de forma animada.
Hoy, apenas si la vivienda es una casa bien ubicada para algún proyecto inmobiliario de rápida demolición. O acaso no tan bien ubicada. Porque tras el cierre del hospital, los pasajes se han vuelto oscuros y desolados durante la noche. Y cercanos a la Ruta Pesada, ya no tienen un faro alrededor del cual girar.
Sin aullidos de sirenas
Unas cuadras más allá, en el pasaje Martín Fierro, unos muchachos arreglan motos en un pequeño taller familiar, limpian motores a pincel con las manos engrasadas de nafta o ponen a punto un ciclomotor arruinado. En calle Ushuaia, tres autos duermen en un baldío esperando ser vendidos o desgüazados. Y detrás de cada puerta familiar puede haber un kiosko, una despensita o una peluquería. Eso es el barrio. Un sector de apagados emprendimientos para paliar la ausencia del hospital, el hundimiento de ese fabuloso Titanic que atraía miles de personas por día y ya no está.
De vez en cuando, una mamá joven o un ama de casa pasan con una exigua compra adquirida en un oscuro almacén de Lamadrid o en la ruta. Y uno podría decir que ese barrio de los pasajes es, precisamente, Lamadrid o la ruta. Pero sus vecinos dirán que no. Que ese barrio es el barrio del hospital. Que son una isla de afluentes pequeños; casi un ghetto urbano en medio de una ciudad abierta. Y que quizás cuando se reinaugure el edificio vuelvan a ser lo que fueron alguna vez; un caserío céntrico con mucho porvenir. Ese donde los boliches de antaño miraban al campo y pasaban las vacas de camino a la feria.
Pero el tráfico ha desaparecido de manera tan drástica como misteriosa. Y los chicos pueden jugar partidos enteros sin ser interrumpidos por ningún auto o ninguna ambulancia. Como una isla donde ya no cantaran su canción azul las electrónicas sirenas.
Por su parte, los más ancianos, salen con una silla a la vereda a tomar el breve sol que logra encajonarse entre las calles. Pero la luz dura poco. Porque muy pronto las paredes estrechas dan sombra y los pasajes quedan mirando el punto de fuga del horizonte en sus decrecientes postes de luz. Y se parecen a quillas de barcos que se alejan. Pero los hombres viejos no se meten a sus casas. Y como si disfrutaran de la reciente penumbra, se quedan en el aire del ocaso adaptando sus ojos a la oscuridad por venir. Como acaso hicieron con sus propias vidas. Pero también miran los postes como quillas al contraluz del ocaso bajo una nueva luz ideal. Y acaso vuelven a soñar con el mar y los viejos tiempos. O una vez más se vuelvan a ver de chicos llegando al barrio próspero; entrando por canales que conducen a una isla llena de dones a la cual viene gente de todas partes para comer de sus frutos que curan y restituyen.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.