Hace unos días, en unas cajas donde guardo los papeles que tienen que ver con la historia de la ciudad, recobré una vieja fotografía que supe encontrar en la calle. Se trata de una postal “made in Villa María” cuyo motivo es la Plaza Independencia. La imagen fue tomada, curiosamente, con Rivadavia de espaldas y su inmensa capa de vampiro petrificada de toda ondulación posible; saludando a la parte norte de ciudad y al noreste de su castillo; el por entonces flamante Palace Hotel.
En el obelisco de cemento que lo sostiene en las alturas (y que tiene, según los entendidos, “innumerables elementos masones”) se puede leer en números romanos el año de inauguración: MCMXXVIII (1928). Y a juzgar por el sepia de la fotografía (un sepia cuyos tonos negros aparecen velados por un brillo de grafito) y, sobre todo, a juzgar por los autos estacionados, se adivina que la postal es apenas posterior a 1930, año en que se inauguró el Palace.
Para los buzones del mundo
Me pregunto qué intendente o qué empresario mandó a imprimir esa tarjeta postal; acaso una de las primeras de la ciudad. Me pregunto, también, cuál era el motivo de orgullo de esa plaza ¿La obra arquitectónica en sí? ¿La propaganda política del intendente? ¿La talla producida por dos celebridades del país como los escultores Pablo Tosto y Antonio Gargiulo? ¿La modernidad de una ciudad como pocas había en el interior del país por aquel entonces? No lo sé. De todos modos, la tarjeta nada tiene escrito en el reverso. Nada a excepción del “Post-Card” y “Carte Postale” de rigor, impresas en el mismo sepia de aquellos días.
Me gustaría leer algún día, si fuera posible, lo que escribieron los villamarienses de los años ´30 en esas postales enviadas a otras ciudades o países como una bandada de pájaros que aletean contra el olvido. Quisiera leer el fervor de esas palabras para entender su orgullo y su sentimiento de pertenencia. El modo que tuvieron de apropiarse de una plaza que cruzaban cada día por sus caminos empedrados de ladrillo molido, o en la cual se sentaban al caer la tarde y abrazaban su primer amor Pero jamás le ninguna. (En tiempos en que la filatelia busca permanentemente “motivos de colección” para reinventarse, me atrevo a sugerir el de las postales de la ciudad escritas y firmadas por villamarienses en un intento de armar un viejo rompecabezas: el de la concepción de una ciudad perdida pero cuyo espíritu aún nos configura).
De Parajón Ortiz hacia un horizonte inabarcable
Fuera de toda conjetura postal de parte de este periodista, los datos concretos dicen que la Plaza Independencia, pergeñada en su estado actual durante la intendencia de Eugenio Parajón Ortiz, tenía por objetivo ser inaugurada en 1927, cuando se cumplieran los cien años de la caída del gobierno del primer presidente argentino. Y también proponer (como de hecho el intendente lo propuso) cambiar el nombre de Villa María por el de “Ciudad Rivadavia”.
Sin embargo, tanto la construcción de la plaza como el encargo del monumento demandaron cinco mil pesos, una suma elevadísima por esos tiempos que se consiguió mediante una suscripción popular. Según palabras del propio Parajón Ortiz citadas por el historiador Bernardino Calvo, “este monumento colocará a Villa María en la situación privilegiada de haber sido la primera de la república que se inclinara respetuosamente ante el prócer, rindiéndole el tributo que ha merecido de todos sus ciudadanos”.
Pero la inauguración se demoraría un año. Y la talla de Rivadavia recién sería descubierta el 22 de abril de 1928. Es decir, hace poco más de 90 años.
El monumento vaciado en bronce no sólo fue el primero de Rivadavia en Argentina sino el primero en metal de toda la ciudad (hubieron de pasar 40 años para que se erigiera el segundo, la estatua ecuestre de San Martín contra el río, para el centenario de Villa María).
Vale decir que Rivadavia estuvo clavado casi mil días en medio de la nada. Dos años antes que se levantara el Palace Hotel y el colegio Rivadavia que, tiempo después, se uniría al vecindario.
Acaso su estampa de revolucionario francés o su efigie de poeta ruso (Rivadavia era muy parecido a Pushkin; ambos descendían de africanos y por si esto fuera poco la estatua villamariense es casi una copia de la del poeta en Moscú) hayan servido de inspiración para la creación del primer palacio y del primer secundario.
Pero vuelvo a mirar la vieja postal de la plaza y la ciudad parece otra. Casi no hay árboles excepto una palmera lejana y casi no hay autos excepto dos “cascarudos” frente al viejo municipio. Villa María tiene, en esos momentos, un horizonte inmenso. Casi como la propia llanura. Y lo tiene en todos los sentidos. En el físico y en el metafísico. En el paisajístico y en el de sus incalculables posibilidades de progreso.
Por eso es que alguien ha mandado sacar fotos y convertirlas en tarjetas postales. Pero ¿quién? ¿El intendente? ¿Un empresario visionario? ¿Un estudio fotográfico? ¿Y para qué?
“Para que la imagen de la ciudad se esparza por los buzones del mundo y le hable de sus posibilidades al futuro”, me contesta una voz, también en sepia, que vive en el país de mi melancolía.
Una foto y tres siglos
Así es que en una lluviosa mañana del 2018 y con aquella postal en mis manos estrellada por las primeras gotas, trato de ubicarme en el punto exacto donde se paró aquel fotógrafo hace más de 80 años.
Y cuando disparo con mi cámara de bolsillo, lo que veo en la pantalla no es una postal sino un fotograma común; un encuadre que no es una tarjeta sino apenas una vista convencional de la ciudad. El fotograma de una película cotidiana perturbado por el “ruido visual” de nuevas palmeras entre el prócer y el “palacio” (el actual municipio); con el lejano edificio de la Sociedad Italiana apenas entrevisto y el horizonte carcomido por la dentadura de cemento de los nuevos edificios.
“Igual estoy ante un monumento de casi un siglo que alguna vez se erigió para celebrar un centenario más lejano -pienso. Y luego me digo: soy apenas un mortal en tiempo presente con una cámara ante dos siglos de memoria.
Y al ver los pliegues de la capa del “conde Rivadavia”, he pensado en el bronce ennegrecido y en el viejo busto de Pushkin en Moscú; ese ante el cual Dostoievski pronunció palabras inmortales en 1880, un año antes de morir.
El “click” capta esta imagen que se ha vuelto melancolía pixelada en la lente del futuro. La silueta de un gigante de bronce deslustrado que acaso un día también sea una vieja postal y un recuerdo del mañana. Una excusa para que algún periodista del 2118 escriba una crónica como esta y para un diario como este en una mañana idéntica. Como quien está ante una arquitectura que resume tres siglos o como quien cruza un río que siempre es de tiempo. Un río que no ha dejado de pasar bajo el puente con el rumor del futuro y el brillo opaco de las leyendas.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.
Comentá esta nota
Para los buzones del mundo
Me pregunto qué intendente o qué empresario mandó a imprimir esa tarjeta postal; acaso una de las primeras de la ciudad. Me pregunto, también, cuál era el motivo de orgullo de esa plaza ¿La obra arquitectónica en sí? ¿La propaganda política del intendente? ¿La talla producida por dos celebridades del país como los escultores Pablo Tosto y Antonio Gargiulo? ¿La modernidad de una ciudad como pocas había en el interior del país por aquel entonces? No lo sé. De todos modos, la tarjeta nada tiene escrito en el reverso. Nada a excepción del “Post-Card” y “Carte Postale” de rigor, impresas en el mismo sepia de aquellos días.
Me gustaría leer algún día, si fuera posible, lo que escribieron los villamarienses de los años ´30 en esas postales enviadas a otras ciudades o países como una bandada de pájaros que aletean contra el olvido. Quisiera leer el fervor de esas palabras para entender su orgullo y su sentimiento de pertenencia. El modo que tuvieron de apropiarse de una plaza que cruzaban cada día por sus caminos empedrados de ladrillo molido, o en la cual se sentaban al caer la tarde y abrazaban su primer amor Pero jamás le ninguna. (En tiempos en que la filatelia busca permanentemente “motivos de colección” para reinventarse, me atrevo a sugerir el de las postales de la ciudad escritas y firmadas por villamarienses en un intento de armar un viejo rompecabezas: el de la concepción de una ciudad perdida pero cuyo espíritu aún nos configura).
De Parajón Ortiz hacia un horizonte inabarcable
Fuera de toda conjetura postal de parte de este periodista, los datos concretos dicen que la Plaza Independencia, pergeñada en su estado actual durante la intendencia de Eugenio Parajón Ortiz, tenía por objetivo ser inaugurada en 1927, cuando se cumplieran los cien años de la caída del gobierno del primer presidente argentino. Y también proponer (como de hecho el intendente lo propuso) cambiar el nombre de Villa María por el de “Ciudad Rivadavia”.
Sin embargo, tanto la construcción de la plaza como el encargo del monumento demandaron cinco mil pesos, una suma elevadísima por esos tiempos que se consiguió mediante una suscripción popular. Según palabras del propio Parajón Ortiz citadas por el historiador Bernardino Calvo, “este monumento colocará a Villa María en la situación privilegiada de haber sido la primera de la república que se inclinara respetuosamente ante el prócer, rindiéndole el tributo que ha merecido de todos sus ciudadanos”.
Pero la inauguración se demoraría un año. Y la talla de Rivadavia recién sería descubierta el 22 de abril de 1928. Es decir, hace poco más de 90 años.
El monumento vaciado en bronce no sólo fue el primero de Rivadavia en Argentina sino el primero en metal de toda la ciudad (hubieron de pasar 40 años para que se erigiera el segundo, la estatua ecuestre de San Martín contra el río, para el centenario de Villa María).
Vale decir que Rivadavia estuvo clavado casi mil días en medio de la nada. Dos años antes que se levantara el Palace Hotel y el colegio Rivadavia que, tiempo después, se uniría al vecindario.
Acaso su estampa de revolucionario francés o su efigie de poeta ruso (Rivadavia era muy parecido a Pushkin; ambos descendían de africanos y por si esto fuera poco la estatua villamariense es casi una copia de la del poeta en Moscú) hayan servido de inspiración para la creación del primer palacio y del primer secundario.
Pero vuelvo a mirar la vieja postal de la plaza y la ciudad parece otra. Casi no hay árboles excepto una palmera lejana y casi no hay autos excepto dos “cascarudos” frente al viejo municipio. Villa María tiene, en esos momentos, un horizonte inmenso. Casi como la propia llanura. Y lo tiene en todos los sentidos. En el físico y en el metafísico. En el paisajístico y en el de sus incalculables posibilidades de progreso.
Por eso es que alguien ha mandado sacar fotos y convertirlas en tarjetas postales. Pero ¿quién? ¿El intendente? ¿Un empresario visionario? ¿Un estudio fotográfico? ¿Y para qué?
“Para que la imagen de la ciudad se esparza por los buzones del mundo y le hable de sus posibilidades al futuro”, me contesta una voz, también en sepia, que vive en el país de mi melancolía.
Una foto y tres siglos
Así es que en una lluviosa mañana del 2018 y con aquella postal en mis manos estrellada por las primeras gotas, trato de ubicarme en el punto exacto donde se paró aquel fotógrafo hace más de 80 años.
Y cuando disparo con mi cámara de bolsillo, lo que veo en la pantalla no es una postal sino un fotograma común; un encuadre que no es una tarjeta sino apenas una vista convencional de la ciudad. El fotograma de una película cotidiana perturbado por el “ruido visual” de nuevas palmeras entre el prócer y el “palacio” (el actual municipio); con el lejano edificio de la Sociedad Italiana apenas entrevisto y el horizonte carcomido por la dentadura de cemento de los nuevos edificios.
“Igual estoy ante un monumento de casi un siglo que alguna vez se erigió para celebrar un centenario más lejano -pienso. Y luego me digo: soy apenas un mortal en tiempo presente con una cámara ante dos siglos de memoria.
Y al ver los pliegues de la capa del “conde Rivadavia”, he pensado en el bronce ennegrecido y en el viejo busto de Pushkin en Moscú; ese ante el cual Dostoievski pronunció palabras inmortales en 1880, un año antes de morir.
El “click” capta esta imagen que se ha vuelto melancolía pixelada en la lente del futuro. La silueta de un gigante de bronce deslustrado que acaso un día también sea una vieja postal y un recuerdo del mañana. Una excusa para que algún periodista del 2118 escriba una crónica como esta y para un diario como este en una mañana idéntica. Como quien está ante una arquitectura que resume tres siglos o como quien cruza un río que siempre es de tiempo. Un río que no ha dejado de pasar bajo el puente con el rumor del futuro y el brillo opaco de las leyendas.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.

