La historia de Graciela Ramos es una historia de conversiones, como la de los santos de la antigüedad. Con la diferencia que, antaño, era más común abrazar la fe que tirarse de cabeza a la literatura en los prosaicos tiempos presentes.
Lo cierto es que hasta no hace mucho, esta mujer oriunda de San Francisco, nada tenía que ver con el ejercicio de las letras. Era una empresaria exitosa y podía pasarse días fuera de su casa, lejos de sus hijos y esposo. Hasta que un día...
“Hasta que un día me llamaron del colegio de mi hija. Era para decirme que tenía que llevarla a un psicólogo porque no se concentraba. Ese mismo día la fui a buscar, la abracé y nunca más la solté. Al poco tiempo dejé la empresa y me puse a escribir. Cuando terminé mi primer novela, que fue “Malón de amor y muerte”, tuve tanta suerte que vinieron a comprarme los derechos desde Buenos Aires. Porque en la literatura pasa como en el fútbol. Empezás a tener visibilidad cuando te vas a jugar a Buenos Aires”, comentó.
-Lo cierto es que en muy poco tiempo pasaste a primera. Y hoy con Florencia Bonelli, Reyna Carranza, Cristina Loza y Cristina Bajo, sos de selección.
-Sí (risas). Hay algo genial que pasa entre los escritores cordobeses y es que nos ayudamos mucho. No hacemos el trabajo en forma aislada. Y eso hace que muchos editores de Buenos Aires se interesen. Y es genial que los porteños deban venir a Córdoba a comprarnos nuestras novelas. Ojalá que esto se mantenga en el tiempo.
-¿Escribías antes de abrazar la literatura como oficio?
-Yo escribía desde chica, desde diarios íntimos a decepciones amorosas de la adolescencia. Y siempre fui una apasionada de la historia. Pero lo que hice en estos ocho años fue empezar a editar eso que escribía.
-Por razones familiares.
-Sí. Me estaba perdiendo ver crecer a mis hijos y me salió la tanada de adentro. Hubo mucho trabajo por detrás y tuve que reconstruirme completa para dar ese paso. Gracias a Dios fue con éxito y aquí estoy.
-¿La literatura cordobesa goza de buena salud
-Sin dudas. Pero lo que no está pasando por un buen momento es la industria editorial. Porque hoy un libro cuesta entre 700 u 800 pesos y no es fácil editarlo. Mucho menos comprarlo. Digamos que el precio de las novelas, muchas veces conspira contra un quehacer literario que debiera ser cada día más floreciente en la provincia.
-Tu charla en la Medioteca se llamó “Caminando la historia”. ¿Por qué?
-Porque hablé de algunos hitos de la historia de la provincia. Y en Córdoba, realmente, yo siento que caminamos encima de las huellas de la historia. Y no es una metáfora. En el microcentro de Córdoba al igual que en las sierras, estás pisando las huellas de los conquistadores, los próceres o los indios sanavirones. Y esa constatación es algo que a mí me incentiva un montón.
De La Docta a Varsovia sin escalas
-¿Cómo es el proceso de tus libros? ¿Primero elegís el tema y luego el marco histórico o al revés?
-Al revés. Primero estudio el momento histórico y luego lo cargo de ficción. Por ejemplo, en mi última novela “La boca roja del Riachuelo”, lo primero que hice fue el esqueleto cronológico y luego caminé con mis personajes por esas calles.
-De la mano con las chicas de “La Varsovia” y la “Zwi Migdal”.
-Exacto. Esas chicas que vinieron engañadas al país por esas organizaciones de judíos-polacos para trabajar en los prostíbulos. Hasta que en 1939 Raquel Liberman dio los datos y las organizaciones cayeron; aunque sólo en parte porque por desgracia esto sigue. Otro de los momentos que recreo en la novela fue el de “La semana trágica”, donde murieron un montón de obreros. Me gusta reconstruir momentos históricos que no están muy conversados en sociedad; como hice con la fiebre amarilla en mi novela “Los amantes de San Telmo”.
-Hablás de la trata de personas a principios del siglo pasado. ¿Todo link con el presente no es una mera coincidencia?
-Claro que no. En todas mis novelas hay un link con el presente. Y lamentablemente, este tema también lo tiene. Al punto que cuando presenté el libro en Buenos Aires, justo habían tirado una chica muerta en la calle. Y lo que aprendimos desde esos días terribles lo seguimos haciendo todo el tiempo.
-Si tuvieras que decir un ingrediente que tienen tus novelas, ¿qué dirías?
-Que el denominador común es la inclusión. Porque cuando escribo, lo hago desde el hombre común que se levanta a trabajar cada mañana y no desde los próceres. Me gusta ver cómo repercutían las decisiones políticas y sociales sobre la persona que vive el día a día de la época.
-¿Y si tuvieras que decir algo de Graciela Ramos?
-Te diría que soy una apasionada de la historia y que leo todo el tiempo; al punto que mis hijos me dicen “La Histórica” (risas). Que la lectura salva vidas. Que cada vez que escribo investigo un montón y recorro más. Que soy un poco chapada a la antigua y que desde hace ocho años sigo abrazada a mi hija y aún no la solté. Nada más.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María
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“Hasta que un día me llamaron del colegio de mi hija. Era para decirme que tenía que llevarla a un psicólogo porque no se concentraba. Ese mismo día la fui a buscar, la abracé y nunca más la solté. Al poco tiempo dejé la empresa y me puse a escribir. Cuando terminé mi primer novela, que fue “Malón de amor y muerte”, tuve tanta suerte que vinieron a comprarme los derechos desde Buenos Aires. Porque en la literatura pasa como en el fútbol. Empezás a tener visibilidad cuando te vas a jugar a Buenos Aires”, comentó.
-Lo cierto es que en muy poco tiempo pasaste a primera. Y hoy con Florencia Bonelli, Reyna Carranza, Cristina Loza y Cristina Bajo, sos de selección.
-Sí (risas). Hay algo genial que pasa entre los escritores cordobeses y es que nos ayudamos mucho. No hacemos el trabajo en forma aislada. Y eso hace que muchos editores de Buenos Aires se interesen. Y es genial que los porteños deban venir a Córdoba a comprarnos nuestras novelas. Ojalá que esto se mantenga en el tiempo.
-¿Escribías antes de abrazar la literatura como oficio?
-Yo escribía desde chica, desde diarios íntimos a decepciones amorosas de la adolescencia. Y siempre fui una apasionada de la historia. Pero lo que hice en estos ocho años fue empezar a editar eso que escribía.
-Por razones familiares.
-Sí. Me estaba perdiendo ver crecer a mis hijos y me salió la tanada de adentro. Hubo mucho trabajo por detrás y tuve que reconstruirme completa para dar ese paso. Gracias a Dios fue con éxito y aquí estoy.
-¿La literatura cordobesa goza de buena salud
-Sin dudas. Pero lo que no está pasando por un buen momento es la industria editorial. Porque hoy un libro cuesta entre 700 u 800 pesos y no es fácil editarlo. Mucho menos comprarlo. Digamos que el precio de las novelas, muchas veces conspira contra un quehacer literario que debiera ser cada día más floreciente en la provincia.
-Tu charla en la Medioteca se llamó “Caminando la historia”. ¿Por qué?
-Porque hablé de algunos hitos de la historia de la provincia. Y en Córdoba, realmente, yo siento que caminamos encima de las huellas de la historia. Y no es una metáfora. En el microcentro de Córdoba al igual que en las sierras, estás pisando las huellas de los conquistadores, los próceres o los indios sanavirones. Y esa constatación es algo que a mí me incentiva un montón.
De La Docta a Varsovia sin escalas
-¿Cómo es el proceso de tus libros? ¿Primero elegís el tema y luego el marco histórico o al revés?
-Al revés. Primero estudio el momento histórico y luego lo cargo de ficción. Por ejemplo, en mi última novela “La boca roja del Riachuelo”, lo primero que hice fue el esqueleto cronológico y luego caminé con mis personajes por esas calles.
-De la mano con las chicas de “La Varsovia” y la “Zwi Migdal”.
-Exacto. Esas chicas que vinieron engañadas al país por esas organizaciones de judíos-polacos para trabajar en los prostíbulos. Hasta que en 1939 Raquel Liberman dio los datos y las organizaciones cayeron; aunque sólo en parte porque por desgracia esto sigue. Otro de los momentos que recreo en la novela fue el de “La semana trágica”, donde murieron un montón de obreros. Me gusta reconstruir momentos históricos que no están muy conversados en sociedad; como hice con la fiebre amarilla en mi novela “Los amantes de San Telmo”.
-Hablás de la trata de personas a principios del siglo pasado. ¿Todo link con el presente no es una mera coincidencia?
-Claro que no. En todas mis novelas hay un link con el presente. Y lamentablemente, este tema también lo tiene. Al punto que cuando presenté el libro en Buenos Aires, justo habían tirado una chica muerta en la calle. Y lo que aprendimos desde esos días terribles lo seguimos haciendo todo el tiempo.
-Si tuvieras que decir un ingrediente que tienen tus novelas, ¿qué dirías?
-Que el denominador común es la inclusión. Porque cuando escribo, lo hago desde el hombre común que se levanta a trabajar cada mañana y no desde los próceres. Me gusta ver cómo repercutían las decisiones políticas y sociales sobre la persona que vive el día a día de la época.
-¿Y si tuvieras que decir algo de Graciela Ramos?
-Te diría que soy una apasionada de la historia y que leo todo el tiempo; al punto que mis hijos me dicen “La Histórica” (risas). Que la lectura salva vidas. Que cada vez que escribo investigo un montón y recorro más. Que soy un poco chapada a la antigua y que desde hace ocho años sigo abrazada a mi hija y aún no la solté. Nada más.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María

