Villa María | Cultura

Mujeres enteras y mujeres rotas en las bellas artes de la ciudad

"La postal de aquellas muchachas de antaño no refuta en absoluto la frase de Carina. Muy por el contrario. La confirma. La clave está en el significado (en la modificación del significado) de la palabra “mujer” en los últimos tiempos".
 
Por Iván Wielikosielek  

Hace dos semanas, el museo de la ciudad inauguraba dos muestras bajo un mismo título: “La extrañeza del fragmento”. Era, al decir de su curadora Carina Cagnolo, “un diálogo entre las piezas modernas del Bonfiglioli y algunas del coleccionista cordobés José Luis Lorenzo”. 

Pero lo que llamó poderosamente mi atención fue ver que, entre la veintena de artistas que componían la colección local, apenas si había un solo nombre masculino. Le hice notar el detalle a Carina y ella me dijo: “lo hice a propósito. Casi como un reivindicación a tantos premios que durante años se le concedieron sólo a hombres”. Y tras una breve pausa, mi entrevistada aclaró: “Sin embargo, es innegable que desde los ´90 el arte contemporáneo de la provincia ha tenido preponderancia femenina, al igual que en las universidades y escuelas de artes visuales”. 

Tras despedirnos y cortar el teléfono, me acordé de una vieja foto que aún guardaba en mis archivos. La debo haber copiado en el 2016, cuando la “Emiliano Gómez Clara” de la ciudad cumplía 85 años. En esa foto, se podía ver el curso del año ´36, casi íntegramente formado por mujeres, a excepción de dos muchachos de espaldas que acaso eran sus hijos o hermanitos.

La postal de aquellas muchachas de antaño no refuta en absoluto la frase de Carina. Muy por el contrario. La confirma. La clave está en el significado (en la modificación del significado) de la palabra “mujer” en los últimos tiempos. 

De mil nueve treinta

En esa foto del ´36, las artistas están impecablemente vestidas. Casi de oficinistas “vips” o secretarias. O acaso como para ir al cine en la primera cita. Parecen orgullosas con sus copias “neoclásicas” de figura humana a lápiz que ni siquiera son “del natural” sino que, seguramente, proviene de las tallas en la parte superior. No pareciera haber ningún conflicto interno en ellas ni mucho menos en sus dibujos. Y cada expresión podría traducirse así: “soy la señora de tal y tal y me estoy formando para decorar mi casa y también para ser profesora, para que mi marido tenga a su lado a una mujer culta y no a una ignorante”. Un mandamiento social del que dan fe los mayores y refieren las crónicas de la época.

Y acaso por eso mismo, aquellas mujeres dignísimas dibujaban figuras humanas de muñecos de madera. Quizás buscaban, me digo (y con toda la razón del mundo) tener hijos así de íntegros y rígidos, humanos aunque no demasiado humanos (al menos no tanto como el inconveniente de pintar un modelo desnudo), y que sobre todas las cosas, el fruto filial fuera siempre “representable” como un muñeco articulado; no un mecanismo roto ni un ser inasible de tan desconocido.

La foto que acabo de mencionar (y que fuera una gran gentileza del historiador Héctor Zanettini para con este periodista), paradójicamente fue tomada en el año de la muerte de Lola Mora. Sin embargo, ese no era “el modelo de artista femenino” en la sociedad argentina (y mucho menos en la villamariense) de la época. Y creo que a pesar del fabuloso despegue artístico que tuvo la mujer en el siglo veintiuno, aquel modelo de Lola Mora sigue quedando lejos. Tan lejos como el de Van Gogh para los hombres. Y es que en arte no hay diferencia de géneros ni derechos del hombre o la mujer. Hay, acaso, una sola obligación. Y mejor decirla con estas palabras del filósofo rumano Émile Ciorán: “Sólo es subversivo el espíritu que pone en tela de juicio la obligación de existir; todos los otros, empezando por el anarquista, pactan con el orden establecido". Y esta sentencia maravillosa (por lo verdadera y por lo imperecedera) es tan válida para hombres como para mujeres de hoy y de mañana.

Sin embargo ese “espíritu subversivo” sigue siendo la “rara avis” del arte. Y esto, muy al margen de los uniformes. Uno está cansado de ver (en la ciudad y en el mundo) entre tanta “muchacha punk” y tanto “muchacho revolucionario”, unas ansias incontenibles de “pactar con el orden establecido”. Una necesidad de hacer ruido sólo para ser escuchado por los políticos y que estos los reubiquen en una buena platea de la escena artística. 

Pienso que, más allá de las tachas y banderas, acaso las chicas del dos mil dieciocho no eran tan distintas a las del ´36. Pero sí lo eran en lo que hace al arte verdadero. Porque también en la ciudad se multiplicó “la mujer artista”, gracias a las Lola Mora de este mundo. Y a esta constatación no la tuve al ver la muestra del Bonfiglioli la semana pasada (que por cierto es bellísima). La tuve hace cuatro años atrás, una tarde helada en que tuve que entrevistar a una profesora de Bellas Artes.

Como había llegado temprano a la “Gómez Clara”, di vueltas por los corredores desiertos, viendo tras el vidrio lejanas clases de modelado o pizarrones con ejemplos de diseño. Y así, revisando como en una galería la producción de los alumnos que colgaba en las paredes y entre mucho “lugar común vanguardista” (por decirlo de algún modo) descubrí una perla preciosa. Se trataba de un dibujo a lápiz que no tenía firma ni título pero que igual fotografié. Luego, cuando llegó la hora de la entrevista, le pregunté a la profesora de quién era la obra. “De Agustina Santoni, una chica que cursa el profesorado y le encanta el cómic”, me dijo.

A pesar de la indiscutida influencia de la historieta en aquel grafito (muy especialmente de las viejas revistas “Fierro” ilustradas por Chichoni) era evidente el manejo del lápiz, la expresión, la composición y la figura humana toda que tenía esta chica. El dibujo representaba una escena en donde una mujer como un muñeco articulado miraba hacia atrás, como a la cámara o (mejor dicho) a la propia artista que la estaba creando. La “chica articulada” estaba en una suerte de cementerio o desgüazadero de partes. Y a sus pies había brazos y piernas, pies y codos, cabezas como de maniquíes con los ojos vacíos y torsos de mujeres desarmadas. Y ella misma se estaba desarmando también, “desarticulándose”, sacándose una pierna para tirarla a esa chacharita que hubiera enamorado al mismo doctor Frankenstein. 

No miento si digo que hice aquella nota con la profesora sin dejar de pensar un sólo segundo en el dibujo de aquella chica, que acaso de manera absolutamente instintiva e inconsciente “había puesto en tela de juicio la obligación de existir”. O al menos la “obligación de existir de la mujer en este mundo”; es decir, su obligación “de ser” persona partida y rota en una raza donde sólo la entereza parece estar reservada a los hombres. Pero esta chica había puesto todo eso en el papel sin gritos ni estridencias, sin manifestaciones callejeras, sin pañuelos verdes, sin opiniones en los medios. Tan sólo como lo hacen los artistas de verdad, sean hombres o mujeres. Es decir, mediante la expresión sin filtro de lo que pasa en lo más profundo de su “yo” y se plasma en el papel que verá (como yo en aquella tarde) el más superficial de los “otros”. Esa fabulosa alquimia que no necesita de traducción ni de manuales, ni justificación teórica ni palabras. Hoy, cuatro años después de aquel día, sé que Agustina es una artista consagrada de la ciudad, con varias muestras al hombro. Y yo no quisiera ofenderla publicando este dibujo que acaso ella hoy olvidó o desechó. Pero no puedo evitar hacerlo. No sólo por mi admiración a su arte (y aquella obra en especial) sino también, y sobre todo, porque aquellas palabras de Carina Cagnolo me siguen martillando en la cabeza: “es innegable que desde los ´90 el arte contemporáneo de la provincia tuvo marcada preponderancia femenina”.

Recuerdo que volví a Bellas Artes dos años después de aquel día. Fue para hacer la nota por el 85 aniversario de la institución y el dibujo de Agustina ya no estaba. Sólo había quedado en la memoria digital de mi cámara precaria. Pero cuando entrevisté a Carina por teléfono, aquel dibujo volvió de inmediato a la memoria de mi retina. Y también la foto de las muchachas del treinta. Unas dibujaban seres humanos enteros, pero copiados de muñecos de madera. La otra dibujaba muñecas de madera, pero copiadas de la realidad; de las mujeres que no podían más en este mundo. O copiadas de sus propias ansiedades y preocupaciones, de sus propios deseos y anhelos, de sus propios límites y frustraciones. Y acaso en el fondo, tanto Agustina (verdadera artista moderna) como las profesoras del ´36 (verdaderas damas de antaño) buscaban lo mismo frente al modelo: una figura humana de mujer que no se rompiera jamás. Un modelo para armar de una vez y ya no desarmar nunca, y que sirviera de ejemplo a las artistas de cada día. A todas las mujeres que vinieron y vendrán desde hoy hasta el mañana.

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