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Una noche para el repudio y el desenmascaramiento

 
Bueno, llegó la noche de los Óscar y, como desde hace un tiempo, la cuestión de los méritos de los candidatos aparece como relegada a un plano inferior, en un lugar intermedio entre la discusión sobre quién es la peor vestida de la alfombra roja y el desesperado cholulismo de los animadores de la previa. Después de un par de ediciones en las que el centro de la atención y de los comentarios era la casualidad de que todos pero todos los nominados eran rubios de ojos celestes, los académicos de Hollywood apenas si habían empezado a limpiar su imagen demostrando apertura y diversidad cuando se les vino encima el bolonqui de los acosos y abusos sexuales en su industria, frente a lo cual sus esfuerzos para mostrarse sorprendidos y escandalizados deberían haber arrasado con los premios a la interpretación. Ahora el drama está, quizá, un poco devaluado, en tanto pasa por el trascendental objetivo de frenar la caída del rating de la transmisión televisiva, para lo cual se han fijado la meta suprema de no pasar de las tres horas de ceremonia. ¿Lo lograrán? ¿Develar la incógnita será suficiente motivación para que los espectadores aguanten hasta el final, superando, por ejemplo, el efecto soporífero de las sentidas palabras de agradecimiento a sus ignotas familias pronunciadas a toda velocidad por los cuatro tipos que ganan el Óscar a los mejores efectos de sonido? Quizá deberían además enganchar a la gente con verdaderas sorpresas. Por ejemplo, que al adjudicarse el Óscar mientras la pantalla se divide enfocando a los candidatos, en lugar de aplaudir poniendo caras de aprobación, los que quedaron con las manos vacías empiecen a gritar enfurecidos que hubo tongo, puteando a la Academia y al ganador; y que éste, desde el escenario, en vez de “quiero compartir este premio con mis co-nominados, que han realizado trabajos extraordinarios y bla bla” suelte un “la tienen adentro, perdedores”. Después de toda una vida de compartir la gran fiesta del cine luchando por no quedarnos dormidos ante la pantalla, ¿no nos mereceríamos un momento maradoniano como ese?

Pero yendo al fondo del análisis, no son solamente la duración o la previsibilidad las que podrían atentar contra el rating de esta noche. Es que tomando como ejemplo el boicot del campo nacional y popular contra Netflix por la serie de Lanata sobre la corrupción K con la que Netflix jura no tener nada que ver, también la ceremonia de esta noche podría ser tomada como blanco de medidas extremas como esa. Hay norteamericanos que, por lo pronto, quieren hacerle pagar a la Academia las diez nominaciones a “Roma”, porque darle tanto vuelo a una película mexicana parece una provocación a Donald Trump, al cuestionar su aguda visión del mundo a través de la “fake news” deslizada por el guion: que no todos los mexicanos quieren emigrar a los Estados Unidos para robarles los empleos a los yanquis y violar a sus mujeres. Pero la gran favorita también suscita indignación entre los boicoteadores de acá, porque una trama en la que la patrona y la empleada doméstica se llevan bien evoca la imagen característica de la señora bian del barrio bian que sale a protestar a la calle con la mucama de uniforme golpeando la cacerola. La militancia feminista podría además manifestar su enojo porque a la protagonista la pusieron en la tapa de Vogue en versión glamorosa y estilizada, y la militancia antirracista porque con el photoshop también le blanquearon la piel.

También tiene diez nominaciones “La favorita”, que no es la favorita (porque la favorita es “Roma”, como queda dicho), pero en esto de suscitar pasiones encontradas no le va en zaga. La historia de dos cortesanas que compiten por los favores de una reina habrá de ser repudiada por la moderna corriente reaccionaria a la que no le cuadra que las nenas se junten con las nenas, pero también por la comunidad del arcoíris disgustada por la presentación de las chicas como ambiciosas trepadoras. Ambos admirables por la solidez de sus convicciones, que ni siquiera necesitan averiguar algo más sobre la película -y ni hablemos de verla- para formarse un juicio firme y definitivo. Pero la primera corriente, que podríamos caracterizar como “trumpista-bolsonarista-olmedista” está más enojada con la transgresión de “Green book- Amistad sin fronteras”, cuya historia va mucho más allá de lo tolerable por las almas puras aferradas a los valores tradicionales: ¡un negro que contrata a un blanco como chofer y guardaespaldas! ¿Ven? Por lo menos en esa otra porquería de “Roma” la patrona era la blanca y la criada la india, como corresponde. Después se sorprenden de que la gente no tenga más ganas de ir al cine…

En cuanto a la película “El infiltrado del KKKlan”, los trumpistas-bolsonaristas-olmedistas la dejarían pasar, concentrados como están en indignarse contra “Green book”, pero es más que comprensible el boicot promovido por la comunidad negra de los Estados Unidos, cansada de ser relegada permanentemente en los empleos que proporciona la industria cinematográfica. Está bien, en esta contrataron un director negro, pero que en una película sobre la problemática del racismo el papel de infiltrado lo haga un blanco es absolutamente discriminatorio. ¿Por qué el héroe que se introduce en la tenebrosa organización especializada en la persecución, el linchamiento y la incineración de los negros, simula ser un racista odiador, se gana la confianza de los tipos del bonete y las cruces quemadas con el propósito de exponerlos y llevarlos ante la Justicia, no puede ser un héroe negro? Pero ya ven, la discriminación en Hollywood es un cáncer que no cede. Cómo será que Lady Gaga se tuvo que conformar con trabajar en “Nace una estrella” cuando en realidad aspiraba a interpretar a Freddy Mercury en “Rapsodia bohemia”. ¡Más razones para darle la espalda a este espectáculo decadente!

Y como si fuera poco, está “El vicepresidente”, otro golpe artero al campo nac & pop. Parece que al calumnioso libelo que preparan Netflix, Clarín y Lanata se le adelantaron otros esbirros de los poderes concentrados que, con más sutileza que el gordo bocón, atacan a un heroico paladín de las causas populares mediante el perverso mecanismo de la difamación. La trama que habla de un advenedizo outsider de la política que sin que se entienda muy bien de dónde sale se instala como número dos de una fórmula presidencial, y una vez en el sitial de privilegio empieza a prodigar favores a socios, amigos y sobre todo a sí mismo, ni siquiera se molesta en simular su propósito de desacreditar a quien en realidad merecería ser ensalzado. No entendemos qué le pasó a Pablo Echarri y Nancy Duplaá que no salieron a convocar a la resistencia, instando a todos los argentinos de bien que ya habrán cancelado su suscripción a Netflix a darle la espalda a la ceremonia de esta noche, para defender a quien justamente esta semana ha vuelto a ser injustamente enviado a las mazmorras infestadas de ratas de la dictadura macrista. Porque suponemos que no habrán caído en la trampa tendida por el imperialismo y creer que en realidad se trata de la historia de Dick Cheney, el vicepresidente de George W. Bush, sin entender la referencia por elevación a nuestro amado Amado, que no habrá destruido Irak para después reconstruirlo contratando a las empresas de las que era accionista, pero le quiso regalar una fábrica de hacer billetes a una empresa con la que no tenía nada que ver porque nunca conoció a Vandenbroele. Y eso no es todo, habría más películas difamatorias en preparación, como una variante modificada de “Diario de una pasión”, inspirada en los cuadernos del chofer Centeno, y la remake de un clásico de terror: “Sé lo que hiciste el mandato pasado”. Habrá que seguir boicoteando.



Jorge F. Legarda

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