Pasaron algunos minutos de las 9.30. Las ráfagas de viento golpean los vidrios de la Cámara del Crimen que, a pesar de la presencia de los jurados populares, parece deshabitada. Ellos intercambian algunas palabras, tal vez, sobre el juicio.
Silvina Muñoz, la asesora letrada del imputado, entra a la sala. Deja, como el lunes, su cartera sobre el escritorio. Se retira. Regresa. “Hoy me olvido de todo”, dice, y vuelve a partir.
Segundos después ingresa el acusado, Ricardo Javier Cuello. Todos lo miran. Esta vez parece cansado y al policía que lo acompaña hasta al banquillo de los acusados le saca casi una cabeza y media. Su metro ochenta, llama la atención. Se sienta.
El secretario Guillermo Picco le pide al efectivo que le quite las esposas. El recinto está apenas poblado y el hombre se pierde con un gesto de nostalgia en las manos, en el único ventanal que deja al descubierto la espalda de una ciudad que convalece tras el temporal.
Llega el fiscal Francisco Márquez. Deja los expedientes sobre su pupitre. Revisa su teléfono. No se da cuenta, pero el acusado lo observa con desgano.
Ahora Muñoz conversa con su asistido. Márquez continúa parado. Está callado. Saca el Código Penal y otros documentos. Toma agua. Afuera, el cielo es el una voz en reposo.
Llegan los jueces. Preside el debate René Gandarillas y lo acompañan Eve Flores y Félix Martínez, los vocales.
Los testigos
Como estaba previsto, el proceso comienza con la palabra de los testigos que fueron requeridos por el representante del Ministerio Público Fiscal. “Hagan pasar a Pamela Janet Torres”, dice el Tribunal.
La puerta por donde debe ingresar la mujer está abierta. El público espera. Camina despacio y toma asiento frente a los magistrados.
Márquez comenzó a interrogarla. Primeramente, contó que vivió en Luca y que, desde hace cuatro años, está radicada en Arroyo Cabral, localidad donde sucedieron los hechos por los que se condenó a Cuello.
El último acontecimiento que se leyó en la pieza acusatoria el lunes, corresponde con un episodio que se registró el año pasado en la vivienda que el imputado y la víctima compartían. En esas circunstancias estaban Cuello con Gabriel Morelli, un amigo, y Carina Torres, la damnificada. La Policía fue a la vivienda porque, en principio, alguien hizo un llamado y dijo que en el lugar se oían ruidos y gritos. Al llegar, la mujer minimizó la situación. Una vez que los integrantes de la fuerza se retiraron, Cuello se irritó y le dijo que la quemaría a ella, sus hijos y la casa.
Morelli, que sabía que su amigo no podía estar en el hogar porque ello representaba una violación a una orden de restricción que se le había impuesto, se lo llevó a su hogar. Ambos estaban ebrios.
Luego, llegó la hermana de Carina, Pamela. Ella contó ayer que, al arribar al domicilio, con posterioridad a que ocurriera lo que se describió, decidió trasladarla a su hogar junto a su sobrino, que también se encontraba “en un rincón temblando”. El adolescente que tiene 15 años, según aseguró, “es el que más sufre, estuvo con tratamiento psiquiátrico y Cuello lo ha amenazado”. Y agregó que no le consta que le haya pegado. Previo a que se encaminaran hacia la casa de Pamela, regresó Cuello y les dijo que “arreglarían las cuentas”.
Por otra parte, la mujer relató que, a partir del hecho en el que Cuello intentó ahorcar con una piola a su expareja, nunca le vio “marcas en el cuello” a su hermana. En esta dirección también aclaró que se enteró de ello porque se lo confesó horas después.
En otro punto de su alocución también narró que fue víctima de amenazas por parte de su cuñado. “Voy a usar a tus hijos de escudo”, le expresó el hombre a Pamela en una de las ocasiones.
Otros dos aspectos, que van de la mano con lo que enumeró la psicóloga María Cecilia Pintos el lunes, son los que, a la vez, destacó la testigo. “Mi hermana no denunció por miedo”, disparó. Y antes de abandonar la Cámara, Gandarillas le preguntó: “¿Y ahora cómo está su hermana?”. Ella, en forma concisa, respondió: “La veo bien”.
Le guiñó el ojo y se sentó. Gabriel Eduardo Morelli, amigo de Cuello, fue una de las personas que también estuvo presente en la oportunidad en la que intervino la Policía.
“Somos amigos desde hace 7 u 8 años”, comenzó señalando. E indicó que, habitualmente, se juntaban a tomar en la casa del imputado y hablaban de temas como la pesca porque realizaban esa práctica en el Arroyo San José de la localidad en la que vivían. Y añadió: “Él a mí me hacía divertir”, contó.
Por otra parte, y respecto al caso en el que fueron los oficiales al domicilio, sostuvo que él abrió la puerta, y tras ver a los funcionarios, le dio aviso. Seguidamente, y como ya se precisó, lo llevó hacia su morada porque conocía que pesaba sobre él una orden de restricción.
Asimismo hay que decir que Morelli expresó que nunca escuchó que la haya amenazado a su expareja pero que sí presenció discusiones “normales” vinculadas, por ejemplo, al volumen de la música. “No sé qué sucedía puertas para adentro”, afirmó.
De esta manera, finalizó la etapa de recepción de pruebas. Así, y antes de que se avance con los alegatos, Muñoz solicitó un cuarto intermedio. “20 minutos”, dijo el juez Gandarillas.
Sin embargo, ese plazo se extendió por algo más de media hora. En la sala sólo quedaron los jurados populares. Y en los pasillos de Tribunales, la incertidumbre.
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Segundos después ingresa el acusado, Ricardo Javier Cuello. Todos lo miran. Esta vez parece cansado y al policía que lo acompaña hasta al banquillo de los acusados le saca casi una cabeza y media. Su metro ochenta, llama la atención. Se sienta.
El secretario Guillermo Picco le pide al efectivo que le quite las esposas. El recinto está apenas poblado y el hombre se pierde con un gesto de nostalgia en las manos, en el único ventanal que deja al descubierto la espalda de una ciudad que convalece tras el temporal.
Llega el fiscal Francisco Márquez. Deja los expedientes sobre su pupitre. Revisa su teléfono. No se da cuenta, pero el acusado lo observa con desgano.
Ahora Muñoz conversa con su asistido. Márquez continúa parado. Está callado. Saca el Código Penal y otros documentos. Toma agua. Afuera, el cielo es el una voz en reposo.
Llegan los jueces. Preside el debate René Gandarillas y lo acompañan Eve Flores y Félix Martínez, los vocales.
Los testigos
Como estaba previsto, el proceso comienza con la palabra de los testigos que fueron requeridos por el representante del Ministerio Público Fiscal. “Hagan pasar a Pamela Janet Torres”, dice el Tribunal.
La puerta por donde debe ingresar la mujer está abierta. El público espera. Camina despacio y toma asiento frente a los magistrados.
Márquez comenzó a interrogarla. Primeramente, contó que vivió en Luca y que, desde hace cuatro años, está radicada en Arroyo Cabral, localidad donde sucedieron los hechos por los que se condenó a Cuello.
El último acontecimiento que se leyó en la pieza acusatoria el lunes, corresponde con un episodio que se registró el año pasado en la vivienda que el imputado y la víctima compartían. En esas circunstancias estaban Cuello con Gabriel Morelli, un amigo, y Carina Torres, la damnificada. La Policía fue a la vivienda porque, en principio, alguien hizo un llamado y dijo que en el lugar se oían ruidos y gritos. Al llegar, la mujer minimizó la situación. Una vez que los integrantes de la fuerza se retiraron, Cuello se irritó y le dijo que la quemaría a ella, sus hijos y la casa.
Morelli, que sabía que su amigo no podía estar en el hogar porque ello representaba una violación a una orden de restricción que se le había impuesto, se lo llevó a su hogar. Ambos estaban ebrios.
Luego, llegó la hermana de Carina, Pamela. Ella contó ayer que, al arribar al domicilio, con posterioridad a que ocurriera lo que se describió, decidió trasladarla a su hogar junto a su sobrino, que también se encontraba “en un rincón temblando”. El adolescente que tiene 15 años, según aseguró, “es el que más sufre, estuvo con tratamiento psiquiátrico y Cuello lo ha amenazado”. Y agregó que no le consta que le haya pegado. Previo a que se encaminaran hacia la casa de Pamela, regresó Cuello y les dijo que “arreglarían las cuentas”.
Por otra parte, la mujer relató que, a partir del hecho en el que Cuello intentó ahorcar con una piola a su expareja, nunca le vio “marcas en el cuello” a su hermana. En esta dirección también aclaró que se enteró de ello porque se lo confesó horas después.
En otro punto de su alocución también narró que fue víctima de amenazas por parte de su cuñado. “Voy a usar a tus hijos de escudo”, le expresó el hombre a Pamela en una de las ocasiones.
Otros dos aspectos, que van de la mano con lo que enumeró la psicóloga María Cecilia Pintos el lunes, son los que, a la vez, destacó la testigo. “Mi hermana no denunció por miedo”, disparó. Y antes de abandonar la Cámara, Gandarillas le preguntó: “¿Y ahora cómo está su hermana?”. Ella, en forma concisa, respondió: “La veo bien”.
Le guiñó el ojo y se sentó. Gabriel Eduardo Morelli, amigo de Cuello, fue una de las personas que también estuvo presente en la oportunidad en la que intervino la Policía.
“Somos amigos desde hace 7 u 8 años”, comenzó señalando. E indicó que, habitualmente, se juntaban a tomar en la casa del imputado y hablaban de temas como la pesca porque realizaban esa práctica en el Arroyo San José de la localidad en la que vivían. Y añadió: “Él a mí me hacía divertir”, contó.
Por otra parte, y respecto al caso en el que fueron los oficiales al domicilio, sostuvo que él abrió la puerta, y tras ver a los funcionarios, le dio aviso. Seguidamente, y como ya se precisó, lo llevó hacia su morada porque conocía que pesaba sobre él una orden de restricción.
Asimismo hay que decir que Morelli expresó que nunca escuchó que la haya amenazado a su expareja pero que sí presenció discusiones “normales” vinculadas, por ejemplo, al volumen de la música. “No sé qué sucedía puertas para adentro”, afirmó.
De esta manera, finalizó la etapa de recepción de pruebas. Así, y antes de que se avance con los alegatos, Muñoz solicitó un cuarto intermedio. “20 minutos”, dijo el juez Gandarillas.
Sin embargo, ese plazo se extendió por algo más de media hora. En la sala sólo quedaron los jurados populares. Y en los pasillos de Tribunales, la incertidumbre.




