En tanto durante los años impares, particularmente aquéllos a cuyo término concluye un período presidencial para dar paso al siguiente, el predominio que el proceso electoral ejerce sobre la vida política y la agenda pública lleva a que todo acto institucional se desarrolle bajo esa impronta, no puede sorprender que la apertura de sesiones ordinarias del Congreso haya sido caracterizada como el lanzamiento de la campaña de Mauricio Macri. Sin embargo, la naturalización de este estado de cosas no debería llevar a pasar por alto su carácter negativo, en tanto agranda no sólo la brecha existente en el seno de la dirigencia sino la que existe entre ésta y el grueso de la ciudadanía.
Como todos los de su tipo, el discurso presidencial ha destacado determinados logros, algunos reales, otros reforzados mediante la exageración, dentro de una selección de temas obviamente orientada a privilegiar aquéllos que permiten al orador desempeñarse con mayor comodidad. La admisión de las dificultades que atraviesan millones de argentinos, aunque pronunciada en un tono sentido, no incluye el reconocimiento de las responsabilidades propias en la forja de ese sufrimiento: es la herencia, es la sequía, es el mundo –aunque curiosamente se trataría de un mundo nunca tan entusiasmado con la Argentina como ahora– y, en otra notable y paradójica vuelta de tuerca, son los cuadernos.
No es nuevo el intento de utilizar esta confluencia de calamidades como excusa, sin incluir, por ejemplo, el aporte de decisiones propias de política económica que incrementaron la exposición del país a cualquier contrariedad, como la bienvenida a los capitales de corto plazo o el endeudamiento acelerado. Más se ha hecho notar el tono confrontativo, no demasiado usual en el orador, reforzado con gestos como el puño crispado: una modalidad que aleja el discurso del mensaje institucional esperable en quien es Presidente de todos los argentinos, incluidos aquéllos que no comulgan con él en absoluto, y lo acerca a la arenga de barricada dirigida a alborotar los ánimos de los propios adherentes.
Desde luego, la contribución de parte de la oposición ha sido igualmente clave para que el acto de apertura de sesiones se desnaturalizara, con una actitud marcadamente hostil que no nació en respuesta a la agresividad desplegada en el discurso sino que había sido llevada al recinto con abierta premeditación. Nadie puede razonablemente pretender una recepción entusiasta al adversario político, pero no debería aparecer como una ingenuidad esperar un comportamiento mínimamente respetuoso –no necesariamente hacia la persona del mandatario, pero aunque sea a la importancia institucional de la ceremonia– y guardar las críticas descalificadoras para las declaraciones posteriores.
En cualquier caso, la jornada del viernes sirvió para confirmar la impresión de que difícilmente durante este año se avance en ninguna iniciativa de fondo para corregir problemas estructurales, de los muchos que necesita encarar el país, porque no habrá manera de consensuar nada en medio de una campaña que se perfila como especialmente virulenta. Aparte de la pérdida de tiempo y acaso de energía que ello signifique, queda la profundización de la idea de que la ambición de los dirigentes políticos supera, por amplio margen, su interés en resolver los problemas de una sociedad que en gran medida, y con buenas razones, ha dejado de creer en ellos.
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No es nuevo el intento de utilizar esta confluencia de calamidades como excusa, sin incluir, por ejemplo, el aporte de decisiones propias de política económica que incrementaron la exposición del país a cualquier contrariedad, como la bienvenida a los capitales de corto plazo o el endeudamiento acelerado. Más se ha hecho notar el tono confrontativo, no demasiado usual en el orador, reforzado con gestos como el puño crispado: una modalidad que aleja el discurso del mensaje institucional esperable en quien es Presidente de todos los argentinos, incluidos aquéllos que no comulgan con él en absoluto, y lo acerca a la arenga de barricada dirigida a alborotar los ánimos de los propios adherentes.
Desde luego, la contribución de parte de la oposición ha sido igualmente clave para que el acto de apertura de sesiones se desnaturalizara, con una actitud marcadamente hostil que no nació en respuesta a la agresividad desplegada en el discurso sino que había sido llevada al recinto con abierta premeditación. Nadie puede razonablemente pretender una recepción entusiasta al adversario político, pero no debería aparecer como una ingenuidad esperar un comportamiento mínimamente respetuoso –no necesariamente hacia la persona del mandatario, pero aunque sea a la importancia institucional de la ceremonia– y guardar las críticas descalificadoras para las declaraciones posteriores.
En cualquier caso, la jornada del viernes sirvió para confirmar la impresión de que difícilmente durante este año se avance en ninguna iniciativa de fondo para corregir problemas estructurales, de los muchos que necesita encarar el país, porque no habrá manera de consensuar nada en medio de una campaña que se perfila como especialmente virulenta. Aparte de la pérdida de tiempo y acaso de energía que ello signifique, queda la profundización de la idea de que la ambición de los dirigentes políticos supera, por amplio margen, su interés en resolver los problemas de una sociedad que en gran medida, y con buenas razones, ha dejado de creer en ellos.

