El inglés que reveló las primeras postales de la Pampa Gringa

Acaba de publicarse “Imágenes de Córdoba. Fotografías de Jorge B. Pilcher. 1870-1890”, un fascinante recorrido de la investigadora Cristina Boixadós por la obra del artista que, además de la Docta, registró las dos Villas

Ochenta años antes que los discos de Los Beatles llegaran a Villa María, un hombre de Liverpool ya había estado en la ciudad. Y traía consigo algo que nadie o casi nadie había visto en 1885. Una cámara que se calzaba sobre un trípode y se tapaba con una manta. Y así, bajo esa sábana de terciopelo y con el artsta disfrazado de fantasma, se producía el milagro. Porque un fogonazo se volvía película sensible en un negativo de vidrio. Y luego, mediante un proceso químico más parecido a la magia, una emulsión de plata revelaba la imagen sobre un papel. Y entonces, aquellas placas de vidrio devenían en ventanas abiertas al pasado. 

Villa María y Villa Nueva acababan de conocer el arte de la fotografía. Pero aquellas postales primordiales recién salen a la luz, en forma de fabuloso libro.

Un pelirrojo en el Ctalamuchita

Pero, ¿quién fue exactamente Jorge Briscot Pilcher? ¿Y cómo es posible que un eximio fotógrafo que trabajó entre 1870 y 1890 en Córdoba haya pasado al olvido? Responder a estas preguntas le demandaron una buena década a Cristina Boixadós.

“No sé exactamente los motivos de su olvido, pero sin dudas hubo muchas mezquindades. Y también la nula valoración por la fotografía de autor que durante más de un siglo predominó en Córdoba. Lo que sí te puedo decir es que después de 20 años como fotógrafo y con muchas vinculaciones con el poder político, Pilcher presenta la quiebra. Y no sólo cierra su casa de fotos sino que posteriormente pierde todo lo que había adquirido: propiedades, terrenos y sus preciosos álbumes. Y vuelve a trabajar en un banco, que era su profesión primera”, dijo la investigadora.

-¿Cómo te documentaste sobre Pilcher, siendo que nadie había escrito sobre él?

-Sólo encontré cuatro renglones sobre Pilcher en un libro de Efraín Bischoff. Así que todo lo que averigué lo hice durante diez años, consultando diarios y documentos de archivos; comunicándome con historiadores del Uruguay y charlando con especialistas en fotografía. Y sobre todo, desempolvando viejos álbumes. Así fui armando el rompecabezas de su vida y poco a poco le fui poniendo nombre y presencia a la obra de ese hombre.

-¿Y cómo llega Pilcher a Córdoba?

-No se sabe a ciencia cierta; sólo se sabe que había nacido en Liverpool en 1841, que a fines de los sesenta trabajaba en un banco montevideano y que se casó con una mujer cuya hermana vivía en Córdoba. Esta última puede ser una de las razones. Lo que sí se sabe es que en 1870 alquila una casa en la calle 27 de Abril, la remoza e instala su estudio.

-Sin embargo, Pilcher no era fotógrafo todavía...

-No. Por eso firma un contrato por dos años con Alejandro Witcomb, un fotógrafo de Buenos Aires que había conocido en Uruguay junto a Christiano Junior. Como ves, se codeó con los mejores fotógrafos de la época. Y eso hace más inexplicable aún su olvido. En la casa de fotos, Pilcher pone la plata y Witcomb la mano de obra. Por eso la casa se llamaba “Witcomb y compañía”. 

-¿Y cuándo empieza a sacar sus propias fotos?

-No de manera inmediata, porque cuando se termina el contrato con Witcomb, él toma a otros fotógrafos. Y tal como infirió el especialista Luis Príamo, en las primeras fotos atribuidas a Pilcher hay muchas manos. Pero a partir de determinado momento, el estilo se unifica. Te diría que eso pasó en 1873, cuando su estudio pasó a llamarse “Fotografía Inglesa”. Pero en 1890 Pilcher quiebra, cierra la casa y pierde todo. Y ya nunca más vuelve a la fotografía. 

-¿Cómo fueron apareciendo sus álbumes?

-Después de mi primer libro sobre los reporteros gráficos de La Voz, empiezo a escribir “Córdoba fotografiada”. Eso fue en el 2005. Y entonces llego a una familia que me deja ver un álbum con el sello “J. B. Pilcher”. Fue una emoción grandísima porque a esos trabajos no los conocía. Y desde ahí lo empiezo a estudiar a fondo.

-Y aparecen las fotos del Dique San Roque…

-Sí, eso fue cuando empecé el libro sobre “La Cañada antigua”. En la sede de “Dipas” (aguas cordobesas) encuentro dos álbumes que decían “Fotografía Inglesa”. Y esos álbumes registraban toda la construcción del Dique San Roque de 1880 y también del Dique Mal Paso. Y al final veo su firma borroneada ¡Eran todas fotos suyas! 

-¿Lo contrataban del gobierno?

-Aún no lo sé con certeza; pero no me extraña que alguien como él, tan cercano al poder político, hubiese conseguido un contrato para fotografiar obras públicas. Y no sólo de la provincia sino del país. Porque también anduvo por Santiago del Estero y San Luis. Pilcher tuvo una vida muy desordenada y escabrosa. Lo veo en la cantidad de propiedades que adquirió y perdió y también en los juicios que le hicieron. Así que todo es posible en el “mundo Pilcher”. Incluso las coincidencias. Porque cuando yo era chica, conocí a una de sus hijas, Estela, que era amiga de mi abuela.

Antorchas de la memoria

-Contáme de tu libro de Ediciones de la Antorcha...

-Es el tomo quince de una colección dedicada íntegramente a la fotografía argentina; y es el primero consagrado a un autor de nuestra provincia. Tuve que seleccionar sólo 90 fotos de las 500 que tengo. Fue una tragedia para mí dejar tantas maravillas afuera. El libro se hizo con la curaduría de Luis Príamo y se ha priorizado el valor artístico sobre testimonial. Según Luis, hay fotos impagables de una gran originalidad. 

-¿Cuál es la importancia de la obra de Pilcher?

-Que además de su calidad estética, sus fotos tienen un valor documental incalculable. Pensá que él está registrando no sólo las principales obras realizadas en Córdoba a fines del siglo diecinueve sino que también da cuenta de una ciudad en permanente cambio; ese momento preciso en que las casas pasan de lo italianizante a lo afrancesado y preparan a Córdoba para el siglo veinte. Y él registra esa transformación como  nadie.

-¿Mirar sus fotos es asomarse por una ventana al pasado?

-¡Por quinientas ventanas! Es muy probable que haya más álbumes suyos dando vueltas por la ciudad o el exterior y que abran más ventanas todavía.

-Me hablaste de una hija de Pilcher que conociste de niña...

- Estela murió en 1980 pero de alguna manera volvió a aparecer en mi vida. Hace diez años, alguien me dijo de una familia que tenía más álbumes. Y tras muchas llamadas me los mostraron. Lo primero que vi fue el retrato de un hombre igual a Estela y que encima era pelirrojo ¡Es Pilcher!, me dije. Y tenía razón. Fue gracias al parecido con su hija, la amiga de mi abuela, que pude reconocer a ese hombre al cual le dediqué tantos años de mi vida.

Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.

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