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Un voto castigo a la inversa

El histórico margen de la elección de ayer combina factores propios de Schiaretti con situaciones externas. Una de ellas fue la nula capacidad de la oposición para mostrarse como opción
 
Juan Schiaretti nunca había arrasado en una elección. Siempre fue un candidato de resultados trabajosos, de diferencias acotadas, que parecía trasladar a las urnas su imagen mesurada, sin desbordes, que dificulta esa identificación emocional que suelen provocar los dirigentes carismáticos.

Hasta ayer.

Schiaretti pasó de esa realidad a la realidad del 12 de mayo de 2019, día en que se convirtió en el candidato a gobernador que consiguió la más abultada diferencia con respecto a sus rivales. Sólo Eduardo Angeloz cosechó más votos que él en 1983 pero aquella vez la distancia fue de 16,58 puntos, muy lejos de los 36,27 que el actual mandatario acaba de obtener.

Pero, además, desde la vuedlta de la democracia ningún peronista se había alzado con un caudal de votos tan abrumador; los 54,07 de ayer superan en 2,27 puntos a los 51,8 que De la Sota logró en 2003.

En las dos ocasiones anteriores en que compitió para gobernador se analizó que no había podido captar por completo los amplios apoyos que De la Sota obtenía de la mano de su carisma. Pero llegó a su punto máximo de adhesión, y llevó también al PJ a su cima histórica, justo cuando debió calzarse en soledad el traje de líder del peronismo cordobés, una situación inédita desde 1999.

¿Qué influyó para que Schiaretti obtuviera semejante diferencia, para que, incluso si se contaran juntos los votos de Mario Negri y Ramón Mestre, sacara todavía más de 25 puntos de ventaja? Como siempre, se combinan virtudes propias con defectos ajenos.

Los 54,07 puntos de ayer implican una revalidación de su condición de líder del PJ cordobés. Pero, sobre todo, contienen un reconocimiento a su gestión como gobernante, que aun con el desgaste de 20 años en el poder consiguió mantener a flote y darle una sensación de previsibilidad sin sobresaltos a la provincia en medio de una crisis nacional que parece no tener fin ni horizonte de salida.

También hay que apuntar que diseñó un esquema electoral que supo leer la complejidad del peronismo sin De la Sota y que se preparó como si enfrente fuera a tener a un Cambiemos hipercompetitivo, una realidad que finalmente se esfumó cuando Negri y Mestre hicieron de las suyas.

Por eso tampoco hay que subestimar la enorme contribución que la oposición hizo para que Hacemos por Córdoba debutara como sello, en reemplazo de Unión por Córdoba, con un triunfo tan amplio. Porque lo que se produjo anoche en la provincia fue un fenómeno poco habitual en las elecciones: hubo un voto castigo a la inversa. Normalmente, cuando un electorado decide expresar su descontento, su desilusión, lo hace con respecto a los ejecutivos, a los gobiernos en ejercicio.

Sin embargo, el voto castigo del 12 de mayo se dirigió a la oposición: por su incapacidad para diseñar una propuesta única, para convertirse en un contrapeso del poder, para desterrar sus veleidades personales carentes de votos y construir una opción sólida y creíble. 

A veces, los votantes castigan el amateurismo de la oposición.

Anoche, en un discurso que se demoró a pesar de que el resultado estaba cantado desde temprano, Schiaretti aseguró que no hubo componentes nacionales en el mensaje de los cordobeses en las urnas. No obstante, tampoco puede obviarse que hubo una sangría indisimulable de votos que antes se refugiaban en Cambiemos y ahora encontraron en Schiaretti una opción más confiable. Hubo también una expresión de descontento por la situación económica, por el liderazgo errático y desorientado de Macri, por sus expectativas incumplidas.

El gobernador, que se esforzó en quitarle trascendencia nacional a su triunfo, a la vez se constituyó como un referente de peso dentro de una alternativa que él mismo puso fuera de “la grieta”. Indicó que los cordobeses prefieren la moderación en vez de la fractura, que “algunos creen que puede servir para ganar elecciones pero que no sirve para gobernar y que, a veces, como ahora, ni siquiera para ganar elecciones”.

Un tiro por elevación al macrismo y a su estrategia duranbarbista. Por si hiciera falta más diferenciación, habló de un Estado activo, presente, equilibrador de desigualdades y atacó la creencia de que el mercado es un factor de derrame.

Ya sea por sus definiciones económicas, políticas o ideológicas, Schiaretti dejó en claro que insistirá con una tercera opción en el panorama nacional. Ni kirchnerismo ni Cambiemos ampliado. “No habrá república en Argentina sin el peronismo y no habrá futuro para el peronismo si no es republicano”, definió.

Desde anoche, el gobernador parece haberse transformado en el gran decisor dentro del esquema de Alternativa Federal.

En la oposición, el panorama que deja el desastre es desolador. Negri fogoneó la división porque entendía -y así lo expresó- que era un candidato competitivo que podría poner en aprietos al oficialismo provincial. Y Mestre ensayó una aventura quijotesca que terminó costándole un precio elevadísimo. Salió a pelear contra todo y contra todos a nivel provincial pero su propia ciudad, la que gobernó durante 8 años, ofreció el dato que lo compromete más que ningún otro: allí, donde debería tener su fuerte, no sólo quedó tercero sino que obtuvo un magro 8,96 por ciento de los votos.



Marcos Jure.  Redacción Puntal

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