Un escenario que esquiva la polarización
La contundente victoria del Movimiento Popular Neuquino (MPN) en el primer test del ciclo electoral 2019 no solamente certifica la solidez del modelo político inaugurado hace ya casi seis décadas por la familia Sapag. También evidencia, una vez más, su capacidad de sobrevivir a los intentos de polarización nacional y a reproducir, ya en cabeza de una tercera generación de dirigentes, un estilo político capaz de combinar, en dosis variables, el caudillismo territorial, la visión tecnocrática de largo plazo y la adaptación a las oportunidades que brindan los vaivenes de la política nacional.
La fortaleza del sistema neuquino obedece a varios factores. Se trata de una de las pocas provincias argentinas que han sido capaces de preservar un pluriparti- dismo equilibrado. El MPN gobernará una vez más en minoría, pero será seguramente capaz de articular coaliciones pragmáticas desde hace tiempo consolidadas. El sistema ha resistido las hegemonías y el ejercicio paciente de la negociación, decantado a través de generaciones, asegura hacia el futuro un sistema de frenos y contrapesos que los partidos nacionales se han visto, una y otra vez, obligados a respetar.
La continuidad en la expresión electoral de este equilibrio ha vuelto a asombrar a propios y ajenos. El 39.6 por ciento acumulado por las cinco fuerzas políticas coaligadas esta vez con el MPM suma apenas dos puntos más que su 37.8 por ciento en 2015. El 26.06 por ciento del candidato kirchnerista Ramón Rioseco es tres puntos inferior a su anterior 28.84 por ciento. Y el 15.29 por ciento de Horacio "Pechi" Quiroga está cuatro puntos por debajo del 19.4 por ciento de la elección anterior.
Los espacios están consolidados. Se está ante un escenario dividido, sin ventajas para nadie y con oportunidades para todos.
El resultado principal es sin duda el respaldo obtenido por el oficialismo. Gutiérrez supo remontar a tiempo la grave crisis que siguió a la interna del Movimiento y suturó la fuga hacia Cambiemos de parte de su electorado. Recuperó así en los meses de enero y febrero casi diez puntos perdidos en diciembre, al tiempo que, sobre el final, logró atraer a electores independientes preocupados ante la sorpresiva unificación del peronismo.
Es una victoria clara, sin facturas ni hipotecas hacia el futuro, para un gobierno que deberá afrontar los problemas propios de uno de los espacios económicos más dinámicos de América Latina. Gutiérrez es ya un dirigente con peso propio y su triunfo desmiente las hipótesis de una pretendida decadencia del Movimiento.
El segundo resultado de importancia es la derrota del peronismo unido. Demuestra que la fuerza está obligada a acreditar ante la sociedad muchísimo más que unidad interna. Si bien tanto Rioseco como Martínez lograron desarrollar una campaña solvente, no alcanzaron a colmar las expectativas de un electorado que pide propuestas, equipos e ideas verdaderamente alternativas.
Toda una lección para las diez provincias donde ya existe la unidad y sobre todo para la dirigencia nacional hoy en plena búsqueda de identidad. El electorado pide mucho más que unidad. Es más: una unidad sin contenido puede llegar a verse incluso como una especulación oportunista y de corto plazo. En Neuquén no se plebiscitaba Macri. Se plebiscitaba el modelo de gestión del MPN y lo que se demandaba es una respuesta alternativa de calidad por lo menos equivalente.
Por último, una nota del desempeño decepcionante de Cambiemos. Los resultados marcan un fracaso de una coalición electoral que en casi todos los distritos se debate en una severa crisis de identidad.
El gobierno nacional no entendió el desafío y prácticamente abandonó a su suerte a uno de sus mejores candidatos. No supo entender lo que se discutía en Neuquén y el resultado es demoledor. Si bien es una elección en la que el MPN acertó en su estrategia de blindaje provincial, lo cierto es que el resultado tenía y tendrá implicancias nacionales que deberán ser leídas con un genuino sentido de autocrítica superadora.
Ensayo y error, una aproximación indirecta, son las grandes posibilidades que brinda este largo y accidentado ciclo electoral de 2019 que acaba de comenzar.
Enrique Zuleta Puceiro - Enrique Zuleta Puceiro
Comentá esta nota
La fortaleza del sistema neuquino obedece a varios factores. Se trata de una de las pocas provincias argentinas que han sido capaces de preservar un pluriparti- dismo equilibrado. El MPN gobernará una vez más en minoría, pero será seguramente capaz de articular coaliciones pragmáticas desde hace tiempo consolidadas. El sistema ha resistido las hegemonías y el ejercicio paciente de la negociación, decantado a través de generaciones, asegura hacia el futuro un sistema de frenos y contrapesos que los partidos nacionales se han visto, una y otra vez, obligados a respetar.
La continuidad en la expresión electoral de este equilibrio ha vuelto a asombrar a propios y ajenos. El 39.6 por ciento acumulado por las cinco fuerzas políticas coaligadas esta vez con el MPM suma apenas dos puntos más que su 37.8 por ciento en 2015. El 26.06 por ciento del candidato kirchnerista Ramón Rioseco es tres puntos inferior a su anterior 28.84 por ciento. Y el 15.29 por ciento de Horacio "Pechi" Quiroga está cuatro puntos por debajo del 19.4 por ciento de la elección anterior.
Los espacios están consolidados. Se está ante un escenario dividido, sin ventajas para nadie y con oportunidades para todos.
El resultado principal es sin duda el respaldo obtenido por el oficialismo. Gutiérrez supo remontar a tiempo la grave crisis que siguió a la interna del Movimiento y suturó la fuga hacia Cambiemos de parte de su electorado. Recuperó así en los meses de enero y febrero casi diez puntos perdidos en diciembre, al tiempo que, sobre el final, logró atraer a electores independientes preocupados ante la sorpresiva unificación del peronismo.
Es una victoria clara, sin facturas ni hipotecas hacia el futuro, para un gobierno que deberá afrontar los problemas propios de uno de los espacios económicos más dinámicos de América Latina. Gutiérrez es ya un dirigente con peso propio y su triunfo desmiente las hipótesis de una pretendida decadencia del Movimiento.
El segundo resultado de importancia es la derrota del peronismo unido. Demuestra que la fuerza está obligada a acreditar ante la sociedad muchísimo más que unidad interna. Si bien tanto Rioseco como Martínez lograron desarrollar una campaña solvente, no alcanzaron a colmar las expectativas de un electorado que pide propuestas, equipos e ideas verdaderamente alternativas.
Toda una lección para las diez provincias donde ya existe la unidad y sobre todo para la dirigencia nacional hoy en plena búsqueda de identidad. El electorado pide mucho más que unidad. Es más: una unidad sin contenido puede llegar a verse incluso como una especulación oportunista y de corto plazo. En Neuquén no se plebiscitaba Macri. Se plebiscitaba el modelo de gestión del MPN y lo que se demandaba es una respuesta alternativa de calidad por lo menos equivalente.
Por último, una nota del desempeño decepcionante de Cambiemos. Los resultados marcan un fracaso de una coalición electoral que en casi todos los distritos se debate en una severa crisis de identidad.
El gobierno nacional no entendió el desafío y prácticamente abandonó a su suerte a uno de sus mejores candidatos. No supo entender lo que se discutía en Neuquén y el resultado es demoledor. Si bien es una elección en la que el MPN acertó en su estrategia de blindaje provincial, lo cierto es que el resultado tenía y tendrá implicancias nacionales que deberán ser leídas con un genuino sentido de autocrítica superadora.
Ensayo y error, una aproximación indirecta, son las grandes posibilidades que brinda este largo y accidentado ciclo electoral de 2019 que acaba de comenzar.
Enrique Zuleta Puceiro - Enrique Zuleta Puceiro