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Elda Rodríguez: memorias de la última enfermera del Policlínico

Durante 23 años asistió a los ferroviarios internados. A raíz de una charla en el Museo Sabattini sobre salud pública, recordó sus días en el mítico hospital de Lisandro de la Torre y Santa Fe, hasta su cierre en julio de 1993

Aunque se jubiló hace diez años, Elda aún conserva el consultorio de su casa. Se trata de un cuartito azul de limpieza resplandeciente. No sólo porque allí aún coloca algunas inyecciones a la gente del barrio Ameghino, sino y sobre todo porque es el último bastión que la ata a sus tiempos del Policlínico Ferroviario, ese lugar en donde, según su testimonio, vivió los días más felices de su vida.

La otra razón es que desde muy chiquita quería ser enfermera. Y sin ningún Hipócrates que le tomara juramento, eso fue lo que se prometió hacer por el resto de su vida. Pero si en su infancia en Villa del Rosario alguien le hubiera dicho que se estaba inaugurando el Policlínico Ferroviario de Villa María (corría julio de 1950), ella le hubiera jurado a Hipócrates que estaría allí hasta el fin. Y eso fue, precisamente, lo que hizo.

Historia de una pasión sanitaria

-Me decías que siempre quisiste ser enfermera.

-Yo siempre digo que nací enfermera. Cuando de chiquita mi papá me llevaba al médico, me encantaba el olor del consultorio. Y hoy me sigue pasando lo mismo cada vez que entro a un Hospital.

-¿Cómo es que de Villa del Rosario llegás a Villa María?

-Porque en ese tiempo yo me había ido a vivir a Oliva con mi abuela. Y cuando terminé el secundario, vi que además de Córdoba se podía estudiar en Villa María. Y elegí venirme acá. Viajé todo el ´67, hasta que a fin de año el doctor Ballarino me ofreció trabajo en la Clínica Marañón con dos chicas más. Nos daban la pieza y acepté.

-¿Fueron tus primeras prácticas?

-No, yo ya había trabajado como enfermera empírica. Pero ahí me quedé dos años.

-¿Y el Policlínico?

-Entré en el año setenta. Hasta ese momento jamás había trabajado en la parte pública porque en el hospital había visto mucho maltrato a los pacientes. Pero a la semana siguiente me llamaron y me dijeron que había ganado el concurso. Estuve un mes trabajando en los dos lugares y mirá lo que son las cosas; entré por una suplencia de 15 días como enfermera de piso y me quedé 23 años.

-¿Cuál era la diferencia con la Marañón?

-El nivel social. En la Marañón era gente “copetuda”, pero en el Policlínico era gente simple y humilde. Y a mí siempre me gustó trabajar con los más desposeídos. Ahí conocí a los ferroviarios, que fueron mi familia. Fue mi primera experiencia en la parte pública y me dije: nunca más vuelvo a la parte privada. El Policlínico fue el lugar donde fui más feliz en toda mi vida.

-¿Y cómo estaba equipado?

-Si bien era un hospital chiquito, teníamos de todo: servicio de ginecología y obstetricia, pediatría y guardias médicas las 24 horas. Y hasta nos dimos el lujo de tener  dos urólogos: el doctor Vázquez y el doctor Manavela. También cirugía para niños y adultos con el doctor José Corigliano, haciendo intervenciones de alta complejidad para la época. El doctor Alejandro Gómez estaba en la sala de rayos, había farmacia, laboratorio y odontología con el doctor Olmedo. El Hospital llegó a tener 100 empleados entre médicos, enfermeras, limpieza y cocineros.

-¿Y qué pasaba ante los casos de mayor complejidad?

-Te derivaban directamente a Córdoba, Rosario o Buenos Aires. Muchas veces me ha tocado acompañar enfermos en la ambulancia, algo que siempre me gustó. Siempre llevaba de todo en la conservadora; sangre, sueros, calmantes. Me acuerdo del último viaje a Buenos Aires. Fue en la ambulancia del papá del doctor Veglia y coincidió con la época en que fui mamá.

-¿Hacías turnos rotativos?

-Siempre. Y como de noche no quería dejar solos a los chicos, me los traía conmigo y les armaba dos camas en la primera sala libre que encontraba. Era algo que nos permitían a las mamás que trabajábamos aquí.

El misterio de adiós que siembra el tren

-Hasta que un día de los ´90, el Gobiero dio de baja al ferrocarril.

-Sí. Los ferroviarios no se repusieron nunca de ese golpe; y al día de hoy que los encuentro y vuelven a hablar del tema. Yo tampoco tuve ni tendré consuelo.

-¿Se veía venir al cierre?

-Mirá, desde la época del Proceso en el ´76 que había empezado la oleada de rumores; que algunos decían que el ferrocarril se iba a cerrar y que los trenes eran obsoletos. Pero nosotros no lo creíamos. Yo jamás pensé que eso podría pasar algún día. Sencillamente me parecía mentira. 

-Pero no lo fue.

-No. Y mirá vos, una vez un ferroviario internado me dijo: “Señora, el ferrocarril se cierra. Es un hecho”. Y entonces me imaginé por primera vez que eso podía ocurrir. Después Menem le puso el punto final destruyendo todo y haciendo crecer el gremio de los canioneros.

-¿Cómo viviste ese proceso de deterioro?

-Fue muy parecido al proceso que ahora están viviendo los muchachos de la Fábrica de Pólvora. Empezaron jubilando a la gente que estaba próxima al retiro y no tomaron más personal. A los otros los trasladaron de lugar y tuvieron que dejar mujer y chicos. Como no les alcanzaba para alquilar, muchos dormían en el gabín. Eso produjo un desmembramiento en miles de familias de Argentina. Yo he visto hombres llorar y quebrarse por tanta injusticia.

-¿Y ustedes?

-Nosotros seguimos pero las jubilaciones y los despidos trajeron el achicamiento del personal, no sólo en las estaciones sino en los hospitales. Y cada vez hubo menos aportantes en la obra social. ¿Y cómo mantenés  los hospitales sin aportantes? Después sacaron los trenes sanitarios que iban al Norte y hacían controles y llevaban agua potable. Es algo que todavía no puedo entender. No te imaginás la tristeza que teníamos, lo que significó ver desmoronarse la obra que empezó el doctor Villafañe junto a los gremios de La Unión y La Fraternidad.

-Y hubo carencia de insumos, ¿no es así?

-Al último no había nada. Ni gasas ni alcohol ni algodones. Y me acuerdo de Nelly Bottaro, que ahora está muy enferma en un geriátrico, cuántas veces sacó plata de su bolsillo para comprar un paquete de arroz y hacerle de comer a los internados.

-Hace dos años escribiste “El Policlínico Ferroviario en la Historia de Villa María”. ¿Cómo surgió la idea del libro?

-Fue un día que iba en auto por calle Catamarca y doblé por Lisandro de la Torre sin pensar. Y cuando vi el Policlínico sentí una cosa acá adentro y me dije: “Si yo le debo tanto a este lugar y a todos los ferroviarios, ¿cómo no voy a escribir un libro?”. Estuve 3 años para contar cómo se fue gestando la salud de los ferroviarios. Fue una investigación larga y entrevisté a médicos, enfermeras, cocineras. Don Risieri Bettiol fue uno de los referentes, junto con Alicia Lebón de Pereyra. También entrevisté a usuarios, a gente que había nacido allí.

Triste, solitario y final

-¿Te acordás cómo fue tu último día en el Policlínico?

-Nunca lo olvidaré. Pero te aclaro que es un tema que me hace llorar, ¿eh? Me acuerdo que ese día, el 22 de julio de 1993, el doctor Mosquera que era muy peronista, me decía: “Señora, ¿cómo vamos a perder nuestra conquista social? ¿Cómo vamos a dejar esto en otras manos? Esto no se puede cerrar”.

-Y tuvieron que cerrar.

-Sí. Nos tocó desmontar todo el hospital y hacer el inventario de todo lo que dejábamos; el recuento de todo lo que había desde la cocina y consultorios hasta la puerta de salida. Fue sentarnos con Mosquera y Macagno y anotar. Y luego desarmar todas las camas. No te explico lo que fue desmontar servicio por servicio, en esas habitaciones dónde habíamos pasado media vida, donde mis chicos dormían, donde los ferroviarios se curaban y hablaban conmigo.

Y Elda hace una pausa. Todo parece tambalear en su cuartito azul y entonces, sacándose los anteojos, seca sus ojos con un pañuelo y me sonríe. Y dice: “¿Viste que te dije que iba a llorar?”.

Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.

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