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Comenzaron a techar la estación de servicio de Alem y San Juan

Tras un año y medio de obras, la YPF más céntrica de Villa María va por el último tramo de sus refacciones

Acaso obedezca al reino de la “causalidad” más que al de la casualidad. Pero lo cierto es que en el día de ayer (acaso el único día en lo que va del siglo XXI) bajó el precio de la nafta y la YPF más céntrica de la ciudad comenzó a techar el playón inmenso. Casi como un símbolo de poder pensar una gasolinera para muchos. No sólo en lo que refiere a precios, sino a sus numerosas plazas.

A las cinco de la tarde de ayer y contra un cielo azul puro, las vigas de fierros ascendían con sogas y tensores, transportadas por un viejo camión Chevrolet escarlata. Y una vez allí, al contraluz de la tarde, ponían una herrería de Torre Eiffel a una de las esquinas más transitadas de la ciudad.

Cascos amarillos contra un cielo azul cobalto

“¡Más allá! ¡Más! ¡Más!... ¡¡¡Ahí nomás!” grita el hombre de casco amarillo al chofer de la grúa. Y la estructura se sostiene en las alturas como un rastin en las manos de un niño. Pero no hay tales manos ni hay tales niños. En su lugar, una cuadrilla de hombres sudados encuadra las estructuras con una soga. Cordeles de barcos para una ciudad mediterránea. Amarras de marinos para obreros que nunca vieron el mar contra un cielo azul cobalto.

Me acerco y saco mi cámara digital, dispuesto a documentar la maniobra.

“¡Cuidádo, Gringo!!!” me grita otro caso amarillo. Y yo agradezco que quien me grite sea un argentino y no un francés, donde los cascos de ese color se pelean con el gobierno a los piedrazos.

Me ubico tras uno de los sogueros y me arrodillo en la plataforma recién pavimentada. Hierve. Mi idea es captar desde el piso las alturas de montaña rusa hacia donde suben las estructuras. Como si quisieran levantar una Torre Eiffel pero de Babel, que llegue hasta el sol.

“¿Para quiénes son las fotos?” me dice un joven playero con voz de pocos amigos. Le explico que son para PUNTAL VILLA MARÍA. Que no es seguro de que se vayan publicar. Que los periodistas siempre salimos con la cámara por si nos chocamos con algo que valga la pena documentar. Y que en este caso valió la pena; ya que siempre se intenta llevar a las páginas las obras más importantes del centro.

“Está bien, sacá tranquilo”, me dice el muchacho. Y se vuelve a los surtidores, a despachar ese combustible que hoy bajó de precio.

Y uno de los obreros me dice:

“Che, Gringo, a este negro no lo pongás en la foto porque se le escapó a la mujer. Y si le da la cana, lo mata... ¿Cómo se lo explicás después a las feministas?”

Tras la broma y las risas, le pregunto al hombre cuánto tiempo lleva la estación en obras. 

Un año y medio después 

“Un año y medio. Pero si todo va bien, en un mes techamos todo. Y capaz en ese mismo tiempo ya habilitan el kiosko y el bar...”

“¿Será porque hoy bajó la nafta? -le pregunto.

“No, eso no tiene nada que ver -me dice- Es pura casualidad”.

Quisiera decirle que en este mundo no hay casualidades, y que si no sabemos encontrar la correspondencia oculta entre dos hechos, es porque no estamos preparados o porque, como escribió Lovecraft, “vivimos en un mar de ignorancia. Y sólo nuestra imposibilidad de relacionar los hechos del universo nos mantiene cuerdos”, porque de lo contrario ya habríamos enloquecido. Pero no quiero mentarle al obrero al sol mis lecturas oscuras, que ya demasiado tiene con el trabajo de subir estructuras y armar un “mecano” tamaño estación de servicio arriesgando ya no la cordura sino la propia vida.

La grúa termina por ensamblar la plancha dentada a la estructura fija; como una torre de antena encastrada en forma horizontal; una suerte de vértebra recta de algún dinosaurio. Seguramente la veremos en pocos días cubierta de un cartel promocionando naftas y  servicios. Ya no su osamenta sino su piel de plástico brillando tras su sangre de luz; suero fotovoltaico de electricidad y energía. Y entonces, desde los coches que pasan por la esquina más populosa de la ciudad, los niños señalarán el nuevo kiosko para tomar una gaseosa, ignorando que un mes atrás, unos hombres de trabajo que arriesgaban sus vidas, lo armaron con esqueletos de fierros y entre risas, como si jugaran a los rastis.

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