Lamadrid según pasan los años: crónica de un barrio transformado
Desde los grandes descampados de los ochenta pasando por la vieja cancha de Alumni y el Club de bochas Los Peregrinos, hasta un presente de monoblocks para estudiantes y calles pavimentadas que van hasta el centro
Volví a barrio después mucho tiempo. Un inexplicable impulso de melancolía me había llevado una vez más hasta sus calles para registrar, cámara en mano, los recintos de mi niñez. Quería ver de nuevo las viejas casas de la memoria y las oscuras carnicerías; los negocios de repuesto y los almacenes iluminados por una heladera; los garajes ochentosos y los últimos baldíos que latían en la ciudad al caer la tarde. Y también las calles de tierra que servían de garage para autos en permanente reparación
Pero no encontré nada de eso en aquel invierno del 2012. O mejor dicho, encontré que casi todo había desaparecido. Apenas si quedaban algunas tapias de barro frente al baldío de Alumni, donde en lugar de cancha había una mole de edificios cuadrados. Y de un barrio de clubes apenas si resistía el cartel torcido de “Los Peregrinos”, allí donde los bochófilos tomaban gancia bajo el chirrido de las bisagras al viento; hombres de blanco que me saludaban, tal vez reconociéndome como hijo de bochófilo también.
Pero ya no había baldíos ni autos abandonados en la calle. Y hasta el viejo almacén de "La Lucri” donde comprábamos facturas de crema con Pedro, había devenido en ruina. Y donde hubo fachadas añejas y vecinos conocidos, esa marca registrada del “sur del universo”, ahora había aburridas vidrieras ofreciendo celulares.
Y uno no sabía si llorar o aceptar el nuevo estado de cosas.
Con las pocas fotos que tomé aquella tarde, intenté escribir algo sobre aquel pasado ochentoso que para mí ya era mítico. Pero muy pronto abandoné la empresa. Entendí que el barrio ya no era ese por el que había caminado de chico. Y por ende ya nada tenía para decir.
Ya no era el Lamadrid donde había nacido Pedro y nos habíamos hecho amigos. Ya no era el barrio entre cuyas calles vivimos los últimos días de la infancia colados en polvorientos partidos. Tampoco era el sector popular que aún guardaba el espíritu de los tiempos en que Villa María aún era pueblo. Muy por el contrario. Ahora al barrio había llegado el progreso. Se estaban demoliendo las casas viejas y en los descampados y campitos se levantaban complejos de monoblocks.
Sin embargo no dramaticé mi imposibilidad de encontrar los recintos de la infancia. Me dije “hoy no es el día, volveré pronto y sacaré más fotos”. Y ese “pronto” fueron seis años después.
Lamadrid, invierno de 2018
La semana pasada fue el día señalado. Y no sólo habían volteado las tapias de barro y los garajes de antaño. Hasta el cartel torcido de “Los Peregrinos” con sus bisagras sin aceitar había desaparecido para siempre.
Ahora, el viejo club era una casa abandonada con las sillas de lata dadas vueltas.
Y de los bochófilos del ochenta apenas si quedaban espectros blancos en los patios de la memoria; sábanas flotando en el frío apagado de la tarde.
Esta vez las fotos fueron muy pocas. Apenas tres o cuatro. Entendí que el Lamadrid del presente ni siquiera se superponía con el del pasado en las calles de mi melancolía, sino que decididamente era otra cosa. Una continuidad urbana del centro encadenándose a complejos habitacionales y calles que ahora estaban pavimentadas y conectaban con el centro.
Ya no había despensas iluminadas por la luz blanca de una heladera a gas o por el resplandor azul de un televisor, ese donde “la Lucri” miraba sus telenovelas llorando mientras pesaba un cuarto de bizcochos. Tampoco había un caserío de pueblo alrededor de un viejo estadio de ladrillo abandonado. Ahora sólo quedaba un bloque urbano enclavado en una ausencia. Casi una maqueta irreconocible de aquellos días. Ahora los kioskos se llamaban “drugstores” y las casas de mascotas “pet shops”. Ya no había viejos “chevys” enmascarados con papel de diario en la calle esperando por la chapa y pintura; tan sólo autos de alta gama estacionados en las veredas. Y sólo una faja de tierra (un callejón sin salida, en realidad) me trajo a la memoria una tarde de invierno y el dulce hervor de la leche saliendo por la ventana; una merienda servida por la mamá de Pedro en la calle Gervasio Posadas.
Últimas postales del presente
Cuando tomé la última foto (fachadas cuadradas en una esquina y una chica cruzando el último baldío) pensé que yo era el único ser que sobraba en aquella escenografía; el único elemento sufriente del pasado en una instantánea del presente. Una sombra que había vuelto a buscar ruinas y se había encontrado con bloques de hormigón. Un alma que quiso hacer un pequeño viaje de ida al pasado y sólo consiguió un boleto de vuelta al presente. (Así terminan todas las excursiones al país de la melancolía). En la vereda desierta del ya inexistente club “Los Peregrinos”, un hombre pasó con una bolsa y por cierto que no me saludó. Y a pesar del tremendo viento de junio no escuché gemir ningún cartel.
Ya no había indicios que indicaron que estábamos al sur del universo.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.
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Pero no encontré nada de eso en aquel invierno del 2012. O mejor dicho, encontré que casi todo había desaparecido. Apenas si quedaban algunas tapias de barro frente al baldío de Alumni, donde en lugar de cancha había una mole de edificios cuadrados. Y de un barrio de clubes apenas si resistía el cartel torcido de “Los Peregrinos”, allí donde los bochófilos tomaban gancia bajo el chirrido de las bisagras al viento; hombres de blanco que me saludaban, tal vez reconociéndome como hijo de bochófilo también.
Pero ya no había baldíos ni autos abandonados en la calle. Y hasta el viejo almacén de "La Lucri” donde comprábamos facturas de crema con Pedro, había devenido en ruina. Y donde hubo fachadas añejas y vecinos conocidos, esa marca registrada del “sur del universo”, ahora había aburridas vidrieras ofreciendo celulares.
Y uno no sabía si llorar o aceptar el nuevo estado de cosas.
Con las pocas fotos que tomé aquella tarde, intenté escribir algo sobre aquel pasado ochentoso que para mí ya era mítico. Pero muy pronto abandoné la empresa. Entendí que el barrio ya no era ese por el que había caminado de chico. Y por ende ya nada tenía para decir.
Ya no era el Lamadrid donde había nacido Pedro y nos habíamos hecho amigos. Ya no era el barrio entre cuyas calles vivimos los últimos días de la infancia colados en polvorientos partidos. Tampoco era el sector popular que aún guardaba el espíritu de los tiempos en que Villa María aún era pueblo. Muy por el contrario. Ahora al barrio había llegado el progreso. Se estaban demoliendo las casas viejas y en los descampados y campitos se levantaban complejos de monoblocks.
Sin embargo no dramaticé mi imposibilidad de encontrar los recintos de la infancia. Me dije “hoy no es el día, volveré pronto y sacaré más fotos”. Y ese “pronto” fueron seis años después.
Lamadrid, invierno de 2018
La semana pasada fue el día señalado. Y no sólo habían volteado las tapias de barro y los garajes de antaño. Hasta el cartel torcido de “Los Peregrinos” con sus bisagras sin aceitar había desaparecido para siempre.
Ahora, el viejo club era una casa abandonada con las sillas de lata dadas vueltas.
Y de los bochófilos del ochenta apenas si quedaban espectros blancos en los patios de la memoria; sábanas flotando en el frío apagado de la tarde.
Esta vez las fotos fueron muy pocas. Apenas tres o cuatro. Entendí que el Lamadrid del presente ni siquiera se superponía con el del pasado en las calles de mi melancolía, sino que decididamente era otra cosa. Una continuidad urbana del centro encadenándose a complejos habitacionales y calles que ahora estaban pavimentadas y conectaban con el centro.
Ya no había despensas iluminadas por la luz blanca de una heladera a gas o por el resplandor azul de un televisor, ese donde “la Lucri” miraba sus telenovelas llorando mientras pesaba un cuarto de bizcochos. Tampoco había un caserío de pueblo alrededor de un viejo estadio de ladrillo abandonado. Ahora sólo quedaba un bloque urbano enclavado en una ausencia. Casi una maqueta irreconocible de aquellos días. Ahora los kioskos se llamaban “drugstores” y las casas de mascotas “pet shops”. Ya no había viejos “chevys” enmascarados con papel de diario en la calle esperando por la chapa y pintura; tan sólo autos de alta gama estacionados en las veredas. Y sólo una faja de tierra (un callejón sin salida, en realidad) me trajo a la memoria una tarde de invierno y el dulce hervor de la leche saliendo por la ventana; una merienda servida por la mamá de Pedro en la calle Gervasio Posadas.
Últimas postales del presente
Cuando tomé la última foto (fachadas cuadradas en una esquina y una chica cruzando el último baldío) pensé que yo era el único ser que sobraba en aquella escenografía; el único elemento sufriente del pasado en una instantánea del presente. Una sombra que había vuelto a buscar ruinas y se había encontrado con bloques de hormigón. Un alma que quiso hacer un pequeño viaje de ida al pasado y sólo consiguió un boleto de vuelta al presente. (Así terminan todas las excursiones al país de la melancolía). En la vereda desierta del ya inexistente club “Los Peregrinos”, un hombre pasó con una bolsa y por cierto que no me saludó. Y a pesar del tremendo viento de junio no escuché gemir ningún cartel.
Ya no había indicios que indicaron que estábamos al sur del universo.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.
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