Algunos están desde las cinco de la mañana. Otros desde las siete. El Sportivo Junior’s Club, en el barrio Las Playas, es un salón que ya huele a porotos y maíz, a zapallo y cebolla de verdeo y que más tarde también olerá a chorizo, panceta, mondongo y patitas de cerdo. Es un salón que, mientras tanto, también huele a mates amargos y a criollitos, a pastafrola de batata y a budines de naranja, vainilla y limón. Es una casa que suena a chacareras vestidas por lloviznas embarradas de madrugada. Es una casa despierta. Porque ya están todos: los locales (Junior’s), el Club San Lorenzo, Deportivo Las Playas, la Iglesia Evangélica Pastor Olthoff, la Cooperativa 18 de Septiembre, los centros vecinales de los barrios Industrial, Evita y Los Olmos, el Centro de Educación Popular para la Infancia y la Adolescencia (Cepia), la Academia Sueños de Tradición y el Centro Nuevas Oportunidades. Ya están todos. Ya se desarrolla el tercer campeonato interbarrial de locro.
***
La vestimenta es sencilla: cofia, guantes y delantales. Las instituciones se identifican con banderas que cuelgan de las paredes. No hay luz, excepto una pequeña, al fondo, que quizás sea de emergencia. No hay luz, pero no importa: porque los quemadores son un sol que hierve y alimenta las bocas profundas de las ollas que son revueltas por hombres y mujeres jóvenes y no tanto que, de a ratos, hacen tiempo para fotografiarse.
Dos hombres, enormes, se convierten en cuadro. Están en uno de los rincones. Remueven, despacio, la mezcla: como si todo hubiera terminado, como si conocieran todos los secretos del guiso, como si acariciaran la superficie de un océano que los parió. Afuera, el frío no afloja y varios se reúnen y fuman. Llegan los músicos. Agustín Galván (Río Negro), Ariel Vergara (Catamarca) y Fernando Cheein (Santiago del Estero), la tríada que abrigará una siesta que se deshace con la voz hecha guitarra y con el cuerpo hecho percusión.
***
Un color puede ser lejano. Y así es el gorro de aquel hombre.
—Hace frío. Hace frío. Y hay que caminar —dice mientras avanza lento, como si no existiera el tiempo y con la certeza de que en su bolsa, en la que tal vez lleve una fuente, cargará la porción exacta para un domingo que se resiste a mirar un espejo.
Así llegará el mediodía, casi con cierta pausa. Aparecerán, a contraluz, siluetas encapuchadas y con boinas en busca de esa porción para llenarse las manos y la boca y la panza y los ojos. Y, también, más veloces, se mostrarán los perfiles de niños y niñas que se agolpan en el ingreso, donde un hombre brota, casi de repente, con globos y demás juguetes. Irán y vendrán sobre los mosaicos bordó y anaranjados que, después, quedarán convulsos por la multitud al ritmo de un cuarteto humeante.
***
Apenas pasados algunos minutos de la una de la tarde llega el intendente Martín Gill. Hace una hora que hay luz. El funcionario saludará a los padres, hablará de la fiesta popular y destacará el “trabajo colectivo” y la unión de voluntades para “vivir un día especial”.
Luego se armará una pequeña mesa. El jurado probará el plato de todos los participantes. Se tendrá en cuenta la presentación y el sabor. Galván, Vergara y Cheein subirán otra vez al escenario. Cantarán y habrá aplausos e ilusión en los rostros de los equipos.
Hasta que lo digan: el Centro Vecinal de barrio Los Olmos se coronará campeón. El Centro Vecinal de barrio Evita quedará segundo —como en las dos ediciones previas— y el Deportivo Las Playas tercero.
La tarde no será más tarde. Se parecerá a una noche y la gente no será más gente. Se parecerá más a un fotograma sonriente impreso en la melodía de un domingo de otoño.
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La vestimenta es sencilla: cofia, guantes y delantales. Las instituciones se identifican con banderas que cuelgan de las paredes. No hay luz, excepto una pequeña, al fondo, que quizás sea de emergencia. No hay luz, pero no importa: porque los quemadores son un sol que hierve y alimenta las bocas profundas de las ollas que son revueltas por hombres y mujeres jóvenes y no tanto que, de a ratos, hacen tiempo para fotografiarse.
Dos hombres, enormes, se convierten en cuadro. Están en uno de los rincones. Remueven, despacio, la mezcla: como si todo hubiera terminado, como si conocieran todos los secretos del guiso, como si acariciaran la superficie de un océano que los parió. Afuera, el frío no afloja y varios se reúnen y fuman. Llegan los músicos. Agustín Galván (Río Negro), Ariel Vergara (Catamarca) y Fernando Cheein (Santiago del Estero), la tríada que abrigará una siesta que se deshace con la voz hecha guitarra y con el cuerpo hecho percusión.
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Un color puede ser lejano. Y así es el gorro de aquel hombre.
—Hace frío. Hace frío. Y hay que caminar —dice mientras avanza lento, como si no existiera el tiempo y con la certeza de que en su bolsa, en la que tal vez lleve una fuente, cargará la porción exacta para un domingo que se resiste a mirar un espejo.
Así llegará el mediodía, casi con cierta pausa. Aparecerán, a contraluz, siluetas encapuchadas y con boinas en busca de esa porción para llenarse las manos y la boca y la panza y los ojos. Y, también, más veloces, se mostrarán los perfiles de niños y niñas que se agolpan en el ingreso, donde un hombre brota, casi de repente, con globos y demás juguetes. Irán y vendrán sobre los mosaicos bordó y anaranjados que, después, quedarán convulsos por la multitud al ritmo de un cuarteto humeante.
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Apenas pasados algunos minutos de la una de la tarde llega el intendente Martín Gill. Hace una hora que hay luz. El funcionario saludará a los padres, hablará de la fiesta popular y destacará el “trabajo colectivo” y la unión de voluntades para “vivir un día especial”.
Luego se armará una pequeña mesa. El jurado probará el plato de todos los participantes. Se tendrá en cuenta la presentación y el sabor. Galván, Vergara y Cheein subirán otra vez al escenario. Cantarán y habrá aplausos e ilusión en los rostros de los equipos.
Hasta que lo digan: el Centro Vecinal de barrio Los Olmos se coronará campeón. El Centro Vecinal de barrio Evita quedará segundo —como en las dos ediciones previas— y el Deportivo Las Playas tercero.
La tarde no será más tarde. Se parecerá a una noche y la gente no será más gente. Se parecerá más a un fotograma sonriente impreso en la melodía de un domingo de otoño.

