Damián Ochoa fue el abanderado de la revolución futbolística que se produjo en Hipólito Yrigoyen a partir de los 90.
El “Bicho” jugó 24 años en el “diablo rojo”, es el emblema de Tío Pujio, el jugador del pueblo, y sin dudas uno de los más queridos y reconocidos del fútbol local.
Su carrera está llena de esfuerzo y humildad, porque a su juicio “todo se logra a partir de la superación que uno se proponga. Siempre se puede ser mejor, siempre se puede aprender. En mi caso pretendía ser mejor cada día en base al sacrificio de entrenar y de copiar todo lo bueno de los demás”.
Es un “Bicho” raro. “Es difícil dejar el fútbol. Me escudé en los torneos comerciales, pero entreno igual o más que cuando jugaba. No dejé de entrenar desde que comenzó la pandemia, porque tengo un patio grande, y realizo un circuito de 40 vueltas en 80 metros. Trabajo reacción, velocidad, y ahora salgo a correr y hago pesas”.
Para Ochoa el fútbol es una pasión sin frontera, que no tiene pausas, y toda su vida se encargó de preparar su cuerpo para la alta competencia. “Para mí el fútbol es igual en todas partes. Si querés jugar te tenés que preparar. Cuando vuelva la actividad, no será lo mismo que cuando estábamos con ritmo de competencia, pero tenés que estar entrenado para poder volver a jugar”.
Estimó que no alcanzan las medidas para protegerse del Covid 19, porque “tendríamos que estar con una especie de pecera o escafandra puesta todo el día. Yo trabajo 8 horas por día en Saputo con todas las precauciones y medidas sanitarias. Trabajo junto con otro futbolista Diego ‘Pipo’ Molina”.
Es un ejemplar empleado de Saputo hace 35 años, y un ejemplar futbolista hace 50 años. “A los 4 años ya jugaba al fútbol. Aunque empecé formalmente a jugar en Yrigoyen a los 12. Entreno hoy igual que cuando jugaba en la Liga. Desde chico me gustó entrenar como un loco de la guerra”.
Destaca que “a los 10 años me llevaron a jugar los Torneos Evita. Yo era el suplente que nunca ponían. Reyna era el DT. Gianoni me llevó a otro torneo Evita en Villa Nueva. Tampoco me puso nunca. Eso me llevó a ser un porfiado del fútbol”.
Insistió hasta que “Yrigoyen formó las inferiores y yo me sumé a los 12 años. Oscar Moreno era el DT. Me preguntó de qué quería jugar, y le dije de 11. Era zurdo y me quería hacer el habilidoso. Obvio que no respondí a las expectativas, y me pasaron a jugar de 3. Era el más chico, porque todos tenían por lo menos 14 años. Pude conformarme con ser el último en los trabajos de velocidad que hacía Oscar, pero mi objetivo fue salir primero. Y trabajé para eso”.
Esa capacidad de superación se vio reflejada en que “al final del año, yo era el más veloz. Todo a cuesta de sacrificio. Me acuerdo que en el Mundial ‘78 mi papá tenía un bar, y ver gente que paraba y hablaba en otro idioma, y los autos con banderas que pasaban por la Ruta 9, me entusiasmó. Entendí que quería ser futbolista”.
Recalcó que “a los 15 años me tocó debutar en primera con un grupo de jugadores grandes como Néstor Vicario, Oscar Merani, los Ludueña que me apoyaron mucho. En mi debut contra River Plate me tocó marcar a Sergio Vico, que era tremendo wing, muy veloz. También Ramón Alfonso de Argentino era muy rápido y mi objetivo fue ser más veloz que ellos. Gracias a Oscar Moreno aprendí que practicar permite superarse”.
Un “Bicho” que vuela alto
Yrigoyen tenía grandes jugadores, pero no peleaba títulos. “Aún hoy veo que tengo que mejorar, y que aprender. Por falta de condiciones o suerte, no pude ser futbolista profesional, pero entreno hoy como si lo fuera. Mi única chance fue con Racing de Córdoba, pero no fui cuando me lo propuso ‘Gato’ Bujedo, quien me llevó como refuerzo a Central de Río II”.
Remarca igualmente que “esos partidos contra Alumni en aquel torneo del Interior en el que llegamos a semifinales y perdimos contra Gimnasia y Tiro de Salta, fue lo más cercano que viví al profesionalismo. Por eso también siempre digo que jugar con Yrigoyen un par de torneos del Interior fue único”.
Explica que “ojalá Yrigoyen vuelva a disputar esos torneos, porque ese roce te hace crecer”.
Recalcó que “nadie hubiese pensado cuando le miraba la espalda a todos mis compañeritos y era el último en los trabajos de velocidad, que iba a jugar esos torneos”.
Explicó que “el amor propio y el sacrificio me permiten seguir jugando en la AFUCO con Marín, Cardona y José Olivero, que vivía enfrente a la cancha. Por mis horarios de trabajo, yo entrenaba solo en la cancha, y Olivero me dijo que me veía. Yo llevaba gomas de autos y el utilero Raúl Mondino me ayudaba mucho a repartirlas para hacer trabajos como si fueran conos y también de fuerza. Me hice una barrera soldando un arco roto y aprendí a patear tiros libres. Hice 23 goles de tiro libre, entre ellos el gol a Alem en el primer título que ganó Yrigoyen, y el que le hice a Sportivo en San Francisco”.
Lo que más destaca es que “José Olivero me dijo cuando salimos campeones en la AFUCO, que me había visto entrenar desde la terraza de su casa. Me agradeció, y en realidad yo le agradezco porque él fue testigo de mi esfuerzo”.
Rescató que “yo aprendí que si llovía se entrenaba igual. Por eso una vez en un Provincial con Alem, se largó a llover y le dije al grupo que nadie se iba a ir sin entrenar”.
Explicó que “mil veces entrené 45’ corriendo alrededor de la mesa, o le pedí a mi señora y ahora a mi pareja y mis hijos que me tiraran la pelota para cabecear, para la pierna izquierda y para la derecha. Todos me dicen que estoy loco”.
Defensor de minimizar el error
Damián Ochoa enseña con su esfuerzo y suma anécdotas. “Si me tocaba marcar a Richard Borgogno, ‘Laucha’ Brusa, ‘Bocha’ Páez, ‘Pachi’ Martina, ‘Quique’ Páez o Facundo Basualdo yo sabía que con diferentes características ellos eran cracks en la Liga, y yo tenía que impedirles convertir”.
Agregó que “Alfonso me dejó parado en la primera. Le veía el número porque amagaba y me la tiraba larga. Eso me enseñó a estudiar al rival, y entraba a la cancha concentrado en estudiar al rival para que no me pintara la cara”.
Aclaró que “antes los marcadores de punta teníamos duelos personales con los punteros. Cuando tuve que enfrentar a Alumni me medí con ‘Conejo’ Sigifredo y ‘Perro’ Arbarello. Me fue bien, y si bien ganamos 3 partidos cada uno, Central lo eliminó y jugó la semifinal”.
Sostuvo que “los tiempos cambiaron, y los delanteros se movieron por todo el frente de ataque, y los defensores tuvieron otras tareas además de marcar, que siempre es lo prioritario. Yo terminé de 2, me tiraron para adentro a la fuerza, y me fue gustando cada vez más”.
Analizó que “con 1,70 y zurdo, era todo lo contrario a lo que indica el manual de los números 2. Pero me fui puliendo, y con ‘Chacho’ Peñaloza trabajé y mejoré mucho”.
Bien de abajo
Ochoa describe que aquel pibe que debutó a los 15 en primera enfrentando a River Plate fue creciendo. “El árbitro me cobró penal en el debut. No lo toque a Vico, pero se cayó. Me quería morir. Me acuerdo que Oscar Abate para protegerme me puso de 10 con Colón”.
Acotó que “era un equipazo Colón y no toqué una. Fui un semáforo en luz verde. Con Playosa me envió a jugar a la quinta. Hice un gol y me quedé a ver la reserva. Me llamó para jugar en Primera porque faltó el marcador de punta. Volví a ser 3 y aunque me acalambré, me gané el puesto”.
Explicó que “jugué de 3 siempre, hasta que Venancio Gómez me pidió un día que jugara de 2 contra Alem en ‘La Leonera’. Le dije que estaba loco, pero acepté. Me paré 2 metros atrás de mis compañeros, y tiré el achique. Me encantó”.
Añadió que “después no quise jugar más de 3. Y el único que me puso sin que me enojara en ese puesto fue ‘Gato’ Bujedo en Central. No quería salir más de la cueva, menos cuando formamos esa defensa del pueblo con ‘Nano’ Schiavi, Fernando Róvere y Ale Aguiar. Siempre tener buenos compañeros te hace mejor jugador”.
Sostuvo que “Yrigoyen es el club de mis amores. Me emociona verlo y por eso me costó ir a verlo cuando dejé. Recién ahora me acostumbré a ir a verlo, y con mi hijo últimamente iba seguido. Yo vi a Levis Schiavi, que fue el mejor de todos los jugadores de la Liga. Le he visto jugar en distintos puestos, y pegarle como nadie a la pelota”.
Explicó que “no jugué con Levis Schiavi, pero era el Maradona de la Liga. Su calidad era natural. Pero en Yrigoyen no faltaba calidad, sino entrenar. A veces éramos 4 o 5. Cuando yo propuse elongar, se me reían. Cambió la mentalidad con los profesores Eduardo Bassi y Gerardo Erreguerena. Entendimos que éramos mejores si entrenábamos. Y Peñaloza no guió al título”.

