“Hay que potenciar un ser humano que no sea manejado por pantallas”
Mirta Pola Rossi, destacada neurosicoeducadora, aseguró que, pese a estar rodeado de máquinas, el hombre debe decidir su destino. Además, manifestó que las personas deben vivir más el presente
La neurosicoeducadora Mirta Pola Rossi habló de las charlas que brinda en distintas partes del país. En “La Entrevista del Domingo” de PUNTAL, sostuvo que “hay que potenciar un ser humano que no sea manejado por pantallas”.
-Recorre permanentemente el país dando charlas y conferencias, ¿cuál es el eje que aborda?
-La base de mis charlas es la educación emocional. Las competencias y habilidades que necesitará el ser humano en la segunda parte del siglo XXI para hacer frente a un nuevo mundo. Hoy estamos educando a chicos de 8 años que en el futuro van a ser presidentes de la Nación. No nos damos cuenta de que esos chicos deben estar formados para el año 2040 y no para el 2020. Estamos hablando de un mundo que casi no conocemos. Esos chicos hoy en día ven a sus padres recibir órdenes de Google Maps y a sus madres comprar zapatos por Mercado Libre. Parece una cuestión menor, pero no lo es. La realidad es que esos chicos van a ser chicos que no se van a poder imaginar que manejemos un auto porque va a ser mucho más seguro que lo maneje una máquina. Es decir, no nos podemos imaginar ese mundo. Tenemos que potenciar un ser humano que esté muy integrado con él mismo, con la sociedad y con los valores y principios que le permitan ser líder de su destino y no ser manejado por pantallas. Estoy escribiendo un libro en el que hablo de la generación centauro. Es decir, de un hombre acompañado por máquinas, pero que decide su destino. Es como el centauro del signo sagitario, que tiene la flecha y él decide adónde va en su futuro. El temor es que no hagamos nada y que estemos frente a una generación de minotauros. Personas que estén en un laberinto del que no puedan salir y que en vez de comer gente coman pantallas y no se den cuenta de que, en realidad, están siendo devorados por las pantallas.
-Está claro que el diagnóstico sobre la excesiva exposición a las pantallas es conocido por todos, sin embargo, no hacemos demasiado por cambiar esa situación…
-Sucede que no se divulga demasiado cómo funciona nuestro cerebro. Si la persona supiera que el uso y el abuso lleva a la adicción, y que cuando se es adicto a algo no sos dueño de tu vida, tendría más cuidado. Falta educación en ese sentido. No se trata de hacer cursos, porque tenemos la posibilidad de formarnos a través de distintas vías. Hay videos que se pueden ver por internet y que nos pueden orientar. Lo que noto es que el hombre se preocupó tanto por su bienestar, por crear un mundo exterior confortable, con máquinas y satélites, que se olvidó de su mundo interior. El conócete a ti mismo es esencial para ver al otro. Es decir, como puedo yo apreciarte y valorarte si no me conozco a mí mismo. Alguien dijo “amarás al prójimo como a ti mismo” y, en realidad, me quiero poco.
-¿Qué pequeñas acciones se pueden llevar adelante?
-Fundamentalmente, educarnos. Debemos estar atentos al presente. Yo digo que tengo “el síndrome Pérez Volpin (periodista que falleció inesperadamente luego de realizarse una endoscopia)”, porque vos podes ser la última persona con la que yo converse hoy. Entonces, lo mejor que puedo hacer es estar presente con vos, en vos y sentir que sos lo más importante que me pasa en este momento. Si hiciéramos eso con cada uno de los seres que tenemos en frente nuestro, si tuviéremos más en cuenta lo que hablamos con nuestros hijos, quizás todo sería diferente. Vivimos un momento inhumano para la humanidad. No es fácil ser humano en el mundo que hemos creado nosotros mismos. Hay falta de vínculos. Hay padres que no tienen conexión con sus hijos, aunque los llenan de objetos. De hecho, el mercado te avisa que tenes que comprar, se ocupa de que vos estés pendiente de lo próximo, pese a que eso no es lo importante.
-También es cierto que el padre que quiere poner un límite es mirado como un “bicho raro”. El niño le dice “lo tienen todos, cómo no lo voy a tener yo”…
-Sí, es cierto. Digamos que no habría que empezar por lo más complejo. El límite puede ser cuántas galletitas come el niño. Pero hoy, le preguntamos al niño qué quiere comer. Si yo en este momento te pregunto si queres “pachuqui” de tomar, me vas a decir que no, porque para vos esa bebida no existe. Al chico le sucede lo mismo, pero con el brócoli porque nunca lo vio. El brócoli puede ser anticancerígeno, muy bueno, pero el chico te va a decir que no porque, si le preguntas, va a optar por lo que come todos los días. Va a elegir milanesas, papas fritas, hamburguesas, pizas, etcétera. El chico siempre quiere comer lo mismo. Es mucho lo que hay que cambiar. Primero, nos tenemos que hacer amigos. El otro tiene que ser alguien que esté conmigo. Hay que rearmar el vínculo docente-padre, que está tan quebrado, por ejemplo. Tenemos que no sentirnos tan mal, no ser tan esclavos de la demanda externa, pero empezar de a poco. Por ejemplo, que el niño te ayude a lavar el auto, que cierre la canilla, que te vea a vos cerrar la canilla mientras te cepillas los dientes.
-¿Cómo se relaciona la escuela con este tipo de situaciones?
-La educación emocional es un problema mundial. El mundo se alejó de su mundo interior, pasa en toda la humanidad. En 2012 estuve en Singapur y a partir de eso tengo un artículo en el que muestro las charlas en las que un profesor universitario destaca que hay demasiadas buenas notas en posgrados universitarios y demasiada poca capacidad en el vínculo humano. Las grandes empresas tienen las mejores personas contratadas, pero notan que, en muchos casos, aquellos que se sacaron 10 en Harvard (Estados Unidos) son incapaces de trabajar con los otros, de cooperar, enfrentar un fracaso o trabajar en equipo. Hoy en día no se puede decir “yo ya aprendí todo, no necesito estudiar más” porque el aprendizaje es constante.
-¿Cuál es la forma de conocer más a nuestro cerebro?
-Hay cursos, pero no es necesario hacerlos para conocernos. Es importante empezar a curiosear. Es decir, la curiosidad es algo que se nos sacó. Se ofrece tanto que no te dejan ni si quiera la oportunidad de que nazca la curiosidad. Hace un tiempo, tuve la oportunidad de presenciar un coro familiar. Luego de que terminaron su presentación, me acerqué y les di las gracias porque me sorprendí y es lindo sorprenderse. Ahora, antes de que te sorprendas ya te ofrecen. Entras a una página web y te ofrecen el hotel más barato y demás. En ese caso, yo prefiero buscar, ver, comparar y decidir un poco más por mi cuenta. Hay muchos videos respecto a cómo conocernos más. La educación emocional para padres va a ser algo que se ofrezca mucho.
-¿Tiene que haber una política de Estado en ese sentido?
-Sí, ya está. No es porque seamos tan lúcidos, es porque lo está haciendo todo el mundo. Estoy por escribir un curso de educación emocional que está en Argentina pero para México, con docentes mexicanos porque México ya adoptó la educación emocional como obligatoria en las escuelas primarias y secundarias. De esta forma, el chico tiene que confrontar con sus emociones y saber qué es la angustia, cuándo es ansiedad, cuándo es tristeza y cuándo es ira.
-Hay muchos que minimizan la importancia de las emociones en las personas…
-Sí, te dicen “no llorés, pará es una pavada”, cuando en realidad somos emociones. La mayoría de los grandes errores nuestros pasan por actuar irasciblemente. Mi abuela decía “contá hasta 10 antes de contestar”. La impulsividad y el atropello nos llevan a un estrés crónico que es mortal. Después te agarra cáncer, pero antes tuviste estrés.
Nicolás Cheetham
Comentá esta nota
-Recorre permanentemente el país dando charlas y conferencias, ¿cuál es el eje que aborda?
-La base de mis charlas es la educación emocional. Las competencias y habilidades que necesitará el ser humano en la segunda parte del siglo XXI para hacer frente a un nuevo mundo. Hoy estamos educando a chicos de 8 años que en el futuro van a ser presidentes de la Nación. No nos damos cuenta de que esos chicos deben estar formados para el año 2040 y no para el 2020. Estamos hablando de un mundo que casi no conocemos. Esos chicos hoy en día ven a sus padres recibir órdenes de Google Maps y a sus madres comprar zapatos por Mercado Libre. Parece una cuestión menor, pero no lo es. La realidad es que esos chicos van a ser chicos que no se van a poder imaginar que manejemos un auto porque va a ser mucho más seguro que lo maneje una máquina. Es decir, no nos podemos imaginar ese mundo. Tenemos que potenciar un ser humano que esté muy integrado con él mismo, con la sociedad y con los valores y principios que le permitan ser líder de su destino y no ser manejado por pantallas. Estoy escribiendo un libro en el que hablo de la generación centauro. Es decir, de un hombre acompañado por máquinas, pero que decide su destino. Es como el centauro del signo sagitario, que tiene la flecha y él decide adónde va en su futuro. El temor es que no hagamos nada y que estemos frente a una generación de minotauros. Personas que estén en un laberinto del que no puedan salir y que en vez de comer gente coman pantallas y no se den cuenta de que, en realidad, están siendo devorados por las pantallas.
-Está claro que el diagnóstico sobre la excesiva exposición a las pantallas es conocido por todos, sin embargo, no hacemos demasiado por cambiar esa situación…
-Sucede que no se divulga demasiado cómo funciona nuestro cerebro. Si la persona supiera que el uso y el abuso lleva a la adicción, y que cuando se es adicto a algo no sos dueño de tu vida, tendría más cuidado. Falta educación en ese sentido. No se trata de hacer cursos, porque tenemos la posibilidad de formarnos a través de distintas vías. Hay videos que se pueden ver por internet y que nos pueden orientar. Lo que noto es que el hombre se preocupó tanto por su bienestar, por crear un mundo exterior confortable, con máquinas y satélites, que se olvidó de su mundo interior. El conócete a ti mismo es esencial para ver al otro. Es decir, como puedo yo apreciarte y valorarte si no me conozco a mí mismo. Alguien dijo “amarás al prójimo como a ti mismo” y, en realidad, me quiero poco.
-¿Qué pequeñas acciones se pueden llevar adelante?
-Fundamentalmente, educarnos. Debemos estar atentos al presente. Yo digo que tengo “el síndrome Pérez Volpin (periodista que falleció inesperadamente luego de realizarse una endoscopia)”, porque vos podes ser la última persona con la que yo converse hoy. Entonces, lo mejor que puedo hacer es estar presente con vos, en vos y sentir que sos lo más importante que me pasa en este momento. Si hiciéramos eso con cada uno de los seres que tenemos en frente nuestro, si tuviéremos más en cuenta lo que hablamos con nuestros hijos, quizás todo sería diferente. Vivimos un momento inhumano para la humanidad. No es fácil ser humano en el mundo que hemos creado nosotros mismos. Hay falta de vínculos. Hay padres que no tienen conexión con sus hijos, aunque los llenan de objetos. De hecho, el mercado te avisa que tenes que comprar, se ocupa de que vos estés pendiente de lo próximo, pese a que eso no es lo importante.
-También es cierto que el padre que quiere poner un límite es mirado como un “bicho raro”. El niño le dice “lo tienen todos, cómo no lo voy a tener yo”…
-Sí, es cierto. Digamos que no habría que empezar por lo más complejo. El límite puede ser cuántas galletitas come el niño. Pero hoy, le preguntamos al niño qué quiere comer. Si yo en este momento te pregunto si queres “pachuqui” de tomar, me vas a decir que no, porque para vos esa bebida no existe. Al chico le sucede lo mismo, pero con el brócoli porque nunca lo vio. El brócoli puede ser anticancerígeno, muy bueno, pero el chico te va a decir que no porque, si le preguntas, va a optar por lo que come todos los días. Va a elegir milanesas, papas fritas, hamburguesas, pizas, etcétera. El chico siempre quiere comer lo mismo. Es mucho lo que hay que cambiar. Primero, nos tenemos que hacer amigos. El otro tiene que ser alguien que esté conmigo. Hay que rearmar el vínculo docente-padre, que está tan quebrado, por ejemplo. Tenemos que no sentirnos tan mal, no ser tan esclavos de la demanda externa, pero empezar de a poco. Por ejemplo, que el niño te ayude a lavar el auto, que cierre la canilla, que te vea a vos cerrar la canilla mientras te cepillas los dientes.
-¿Cómo se relaciona la escuela con este tipo de situaciones?
-La educación emocional es un problema mundial. El mundo se alejó de su mundo interior, pasa en toda la humanidad. En 2012 estuve en Singapur y a partir de eso tengo un artículo en el que muestro las charlas en las que un profesor universitario destaca que hay demasiadas buenas notas en posgrados universitarios y demasiada poca capacidad en el vínculo humano. Las grandes empresas tienen las mejores personas contratadas, pero notan que, en muchos casos, aquellos que se sacaron 10 en Harvard (Estados Unidos) son incapaces de trabajar con los otros, de cooperar, enfrentar un fracaso o trabajar en equipo. Hoy en día no se puede decir “yo ya aprendí todo, no necesito estudiar más” porque el aprendizaje es constante.
-¿Cuál es la forma de conocer más a nuestro cerebro?
-Hay cursos, pero no es necesario hacerlos para conocernos. Es importante empezar a curiosear. Es decir, la curiosidad es algo que se nos sacó. Se ofrece tanto que no te dejan ni si quiera la oportunidad de que nazca la curiosidad. Hace un tiempo, tuve la oportunidad de presenciar un coro familiar. Luego de que terminaron su presentación, me acerqué y les di las gracias porque me sorprendí y es lindo sorprenderse. Ahora, antes de que te sorprendas ya te ofrecen. Entras a una página web y te ofrecen el hotel más barato y demás. En ese caso, yo prefiero buscar, ver, comparar y decidir un poco más por mi cuenta. Hay muchos videos respecto a cómo conocernos más. La educación emocional para padres va a ser algo que se ofrezca mucho.
-¿Tiene que haber una política de Estado en ese sentido?
-Sí, ya está. No es porque seamos tan lúcidos, es porque lo está haciendo todo el mundo. Estoy por escribir un curso de educación emocional que está en Argentina pero para México, con docentes mexicanos porque México ya adoptó la educación emocional como obligatoria en las escuelas primarias y secundarias. De esta forma, el chico tiene que confrontar con sus emociones y saber qué es la angustia, cuándo es ansiedad, cuándo es tristeza y cuándo es ira.
-Hay muchos que minimizan la importancia de las emociones en las personas…
-Sí, te dicen “no llorés, pará es una pavada”, cuando en realidad somos emociones. La mayoría de los grandes errores nuestros pasan por actuar irasciblemente. Mi abuela decía “contá hasta 10 antes de contestar”. La impulsividad y el atropello nos llevan a un estrés crónico que es mortal. Después te agarra cáncer, pero antes tuviste estrés.
Nicolás Cheetham